Estimado cursillista:
Hoy somos todos muy sensibles a cuanto se
relaciona con nuestra libertad. La reclamamos con energía porque deseamos
disponer de iniciativa para configurar nuestra vida y decidir nuestro destino.
Al actuar así, procedemos rectamente pues la
libertad constituye un valor.
Para defender nuestra libertad, prestamos
atención a los medios de comunicación social a fin de informarnos debidamente y
situar a los poderes públicos bajo los focos de una vigilancia constante. Pero
¿nos damos cuenta de que tales medios tienen recursos sobrados para
manipularnos y reducir al máximo nuestra capacidad de pensar, sentir, querer y
decidir por nuestra cuenta? Aunque vivamos en un régimen democrático, podemos vivir
sin libertad interior si no sabemos
con precisión
* qué significa manipular,
* quién manipula,
* para qué lo hace,
* qué medios moviliza para ello.
Son los temas que vamos a analizar en este
curso, a fin de descubrir un antídoto contra la manipulación y salvaguardar
nuestra libertad y nuestra dignidad de personas.
Pondremos sumo empeño en este estudio, porque la corrupción de las personas, las
sociedades y la política comienza por la corrupción de los conceptos. Ya
Ortega y Gasset se cuidó de recomendarnos que tengamos sumo cuidado con los
conceptos pues son "los déspotas más
duros que la humanidad padece". Con frecuencia nos vemos dominados por
el poder que tienen ciertos términos, que suelo llamar "términos
talismán". Quedaremos asombrados al advertir hasta qué punto restringen
tales palabras nuestra libertad. Tenía razón el gran pensador Martin Heidegger
al afirmar que "las palabras son a
menudo en la historia más poderosas que las cosas y los hechos".
Impresionado por la devastación que produjo en
Europa, durante los terribles "doce años" (1933-1945), la voluntad
nacionalsocialista de someter a los pueblos, el gran escritor George Bernanos
afirmó en las célebres Conversaciones de
Ginebra (1946) que "el mundo no podrá salvarse más que por los hombres libres". Esa libertad interior es destruida por la manipulación. De ahí que
delatar la estrategia manipuladora es una tarea que todos debemos realizar con
decisión si queremos salvar nuestra condición de personas libres.
Manipular equivale a manejar. De por sí, únicamente son susceptibles de manejo los objetos. Un bolígrafo puedo utilizarlo
para mis fines, desecharlo, situarlo aquí o allí... Estoy en mi derecho, pues
se trata de un objeto. Es una realidad que carece de personalidad propia por no
tener inteligencia, voluntad, capacidad creativa... Puedo, por tanto, poseerla,
dominarla, disponer de ella, suplir su falta de iniciativa con mi capacidad de
elaborar proyectos y realizarlos. Digamos, para entendernos en lo sucesivo, que
pertenece al nivel 1.
Los seres humanos nos movemos en un nivel
superior -el nivel 2- por estar
dotados de inteligencia y de voluntad, y poder orientar la vida conforme a
nuestra propia vocación, al ideal que nos hemos propuesto realizar. Si, al
tratar a una persona, no respeto su
capacidad de iniciativa y la tomo como un ser poseíble, dominable y manejable a
mi arbitrio, conforme a mis intereses, la bajo del nivel 2 al nivel 1, lo
cual supone un envilecimiento injusto.
Esta reducción ilegítima de las personas es la meta del sadismo. Ser sádico no equivale a ser cruel, como suele pensarse. Significa rebajar de rango a una
persona o un grupo de personas para ejercer dominio sobre ellas. Tal reducción
puede llevarse a cabo mediante la crueldad o mediante cierto tipo de supuesta ternura.
1.
Cuando, en los días aciagos de la última
guerra mundial, se introducía a cien prisioneros en un vagón de tren, como si
fueran paquetes, y se los hacía recorrer así trayectos interminables, no se
intentaba tanto hacerles sufrir cuanto reducirlos a estado de envilecimiento.
Al ser tratados como objetos, acababan considerándose unos a otros como
seres abyectos. Tal consideración les
impedía unirse entre sí y formar estructuras sólidas que pudieran generar una
actitud de resistencia. Reducir una persona a condición de objeto es una
práctica manipuladora sádica.
2.
Si una persona acaricia a otra, no para
expresarle el grado de afecto que
siente hacia ella -nivel 2-, sino
sólo para acumular sensaciones placenteras, reduce su cuerpo a mera fuente de
gratificaciones -nivel 1-. Esta
conducta puede parecer tierna, pero
es violenta pues quien la adopta
considera el cuerpo ajeno como un mero
medio para sus fines y lo despoja de su condición básica: ser expresión viva de la persona en la que
está integrado.
Sabemos que, al acariciar a una persona,
ponemos su cuerpo en primer plano, le concedemos un resalte especial. Siempre
que entramos en relación, nuestros cuerpos juegan un papel indispensable en
cuanto nos permiten vernos, oírnos, comunicarnos... Si no se trata de una
comunicación afectiva, el cuerpo
ejerce una función de trampolín para
pasar al mundo de las significaciones que transmitimos. Estamos dos horas
hablando de un tema y otro con una persona. Al final, sabemos lo que hemos dicho,
la actitud que hemos adoptado, los fines que nos han guiado, pero posiblemente
ignoramos de qué color tiene los ojos nuestro compañero de diálogo. Nos hemos visto, pero no hemos detenido nuestra
atención en la vertiente corpórea del otro. No sucede así en los momentos de
trato amoroso. En ellos, el cuerpo de la persona amada cobra una densidad
particular y prende la atención de quienes se manifiestan su amor. Si el amante
acaricia el cuerpo de la amada para mostrar el amor que siente hacia ella como persona, su modo de acariciar tendrá un
carácter y un valor personal -nivel 2-. En este caso, el cuerpo
acariciado adquiere honores de protagonista pero no desplaza a la persona; la
hace presente de modo tangible y valioso.
En cambio, si lo que intenta la caricia es
suscitar meras complacencias sensoriales -nivel
1-, el cuerpo invade todo el campo de la persona. No se ama a ésta; se
quiere el agrado que produce su vertiente corpórea. Ésta presenta las
condiciones de los "objetos": es asible, delimitable, poseíble... Con
razón se habla a veces de la "mujer-objeto" cuando una figura
femenina es exhibida sólo a causa de su belleza corpórea. Se la ofrece a la mirada
como objeto de contemplación
curiosa. Con ello queda reducida a objeto
de posesión, ya que el sentido de la vista es el más posesivo después del tacto.
Los escritores españoles del Siglo de Oro
solían poner en labios del galán que había seducido a una dama esta expresión: "¡La poseí!" Seducir es
poseer, dominar, arrastrar la voluntad de alguien como si fuera un objeto. En
cambio, el que enamora a una persona
no la arrastra; la atrae mediante la presentación de algo valioso. El seductor
halaga con engaños para provocar una adhesión irresistible. Cuando una mujer se
le entrega, no crea con ella una relación amorosa estable; la abandona pronto
incompasivamente y la somete a la frustración de verse burlada. Si alguien se interpone para evitar ese escarnio, el seductor no duda en resolver la situación con el
manejo expeditivo de su espada. En el nivel
1 se pasa sin solución de continuidad de momentos de máxima ternura
aparente a otros de extrema violencia. En realidad, no se da ahí nunca ternura
auténtica, sino reducción implacable de una persona a objeto. La violencia de
tal rebajamiento no queda aminorada con afirmar que se trata de un objeto adorable, encantador, maravilloso, fascinante... Tales adjetivos no redimen
al sustantivo "objeto" de lo que tiene de injusto, de no ajustado a
la realidad, de envilecedor.
A lo largo de este curso veremos otras formas
de rebajamiento de los seres humanos a niveles de realidad inferiores al suyo
propio; por ejemplo, su reducción a meros clientes,
meros consumidores, meros pacientes...
Situar a las personas en planos inferiores al
que les corresponde por su rango natural es una forma de manipulación agresiva que colabora a generar los modos de violencia
registrados en la sociedad actual. Repárese en el hecho de que, antes de atacar
a una persona, a un grupo, a un pueblo, se los reduce a mero obstáculo en el
camino, a "enemigo". Si consideramos a un ser humano como persona
-realidad peculiar que abarca mucho campo y forma una red de interrelaciones de
todo orden-, no tendremos decisión para atentar abruptamente contra él. Este
tipo de decisiones requiere cierto arrojo brutal, y éste sólo es posible cuando
uno simplifica las cosas y deja de lado la riqueza de aquello que tiene
enfrente. Si vemos a alguien como un mero enemigo
a batir, nos sentimos libres para poner en juego todas las fuerzas de
aniquilación.
Tenemos ya esbozado el primero de los cuatro
temas que nos hemos propuesto analizar conjuntamente para que hagan juego entre
sí y nos den luz. El verdadero saber acerca de una cuestión comienza cuando
logramos articular sus diferentes aspectos y advertimos claramente que cada uno
de ellos remite a los otros. En este caso, al conocer lo que implica manipular, nos vemos llevados a precisar
quién manipula, para qué lo hace y de qué
forma.
Manipula el que desea vencer a otras personas sin preocuparse de convencerlas. Si me convences
de algo con razones, no me dominas,
no te elevas sobre mí y me humillas; ambos quedamos unidos bajo la luz de la
verdad. Aceptar una razón porque la veo como válida no me empequeñece y rebaja;
al contrario, me dignifica, ya que perfecciono mi conocimiento de la realidad.
En cambio, si me adhiero a lo que dices sin tener razones para ello, me veo
reducido a una condición gregaria,
entro en el grupo de quienes no piensan ni deciden por su cuenta sino actúan al
dictado de otros.
El manipulador intenta modelar la mente, la
voluntad y el sentimiento de personas y grupos para convertirlos en medios al
servicio de sus fines.
El comerciante que nos orienta en nuestras compras no es un manipulador
sino un guía. Nos ayuda a elegir debidamente y, en la misma medida, incrementa
nuestra libertad y nuestra dignidad personal.
El mercader que es ambicioso sólo ansía
convertirnos en clientes. No se preocupa de que desarrollemos nuestra
personalidad conforme a nuestra vocación y nuestra misión en la vida. Le basta
que aceptemos su "mercancía": compremos un producto, saquemos una
entrada, nos asociemos a un club... Para ello moviliza astutamente diversos
recursos con el fin de que, sin reflexionar, demos por hecho que estamos ante
algo valioso, nos sintamos atraídos espontáneamente hacia ello y nos veamos
llevados a adquirirlo.
La mayor parte de tales recursos se basan en
la proyección de una imagen atractiva
espontáneamente para millones de personas sobre la imagen de aquello que se
quiere prestigiar. Aparece un coche en la pantalla de televisión.
Inmediatamente se desliza por la parte opuesta la figura de una joven
bellísima, que no dice una sola palabra; se limita a exhibirse. De pronto, el
coche empieza a rodar por un paisaje exótico y se oye una voz en off que, con
acento insinuante, nos dice: "¡Entrégate a todo tipo de
sensaciones!". En este anuncio no se nos dan razones para comprar dicho
coche. Se pretende influir en nuestros centros de decisión, seduciéndonos con
una imagen encandilante. Lo que encandila prende la atención, aviva el deseo
pero, a la vez, deslumbra y enceguece. El encandilamiento propio de este tipo
de propaganda constituye una seducción, no un enamoramiento. No se nos muestra
el valor del coche para que nuestra inteligencia y nuestra voluntad se dejen
atraer por él y lo asuman con una decisión lúcida y libre. Se intenta que demos
una adhesión automática.
Notemos que el manipulador suele basar su
eficacia en el arte de provocar reacciones automáticas. Por eso acelera el
ritmo de su discurso a fin de no dejarnos reflexionar. Nos presenta la imagen
de una bella joven duchándose, a la vez que nos hace oír el nombre del gel que
suele usar. Con este simple recurso, ese producto queda orlado automáticamente
de cierto encanto. Cuando vayas a la droguería para surtir tu cuarto de baño,
observarás que tu vista tiende a fijarse en esa marca, que ejerce un especial
conjuro sobre tus sentidos, tu inteligencia y tu voluntad. No lo dudes: estás
siendo víctima de una manipulación. Tu elección no es libre; se halla en buena
medida predeterminada. Compras esa marca de gel seducido, no enamorado. Crees
ser totalmente libre -actuar en virtud de tus preferencias-, pero no lo eres.
Estás siguiendo los cauces marcados por los intereses de un manipulador implacable,
que no ansía tu desarrollo personal y tu felicidad sino su triunfo particular
como profesional del comercio.
3.
Esta misma reducción de las personas a
meros clientes se da también en el mundo de las ideas. Si tengo una forma de pensar e intento arrastrarte con astucias para que te adhieras a ella y la tomes
como propia, me comporto como un manipulador -un demagogo-, no como un guía -un
maestro-. He aquí la temible manipulación
ideológica.
Por ideología,
en sentido restrictivo, se entiende hoy un conjunto de ideas -políticas,
económicas, religiosas...- que ciertos grupos sostienen, no tanto por la
convicción rigurosa de que tales ideas reflejan fielmente la realidad, sino por
motivos sentimentales e intereses de diverso orden. La Historia nos enseña que,
si un modo de pensar es adoptado y mantenido como programa inalterable por un
partido político, se carga de una fuerte dosis de emotividad, pero pierde de
día en día su poder de persuasión. No parece tener más salida que imponerse
coactivamente de modo dictatorial, o
infiltrarse en la opinión pública de forma dolosa, mediante los recursos de la
manipulación.
El que difunde sus ideas y muestra su validez
de forma abierta y sincera no es un manipulador; es un maestro, un guía. Puede
equivocarse, pero su equivocación no constituye un engaño; es sencillamente un error.
Nos interesa sobremanera distinguir
cuidadosamente lo que es manipulación y
lo que es magisterio. Ciertas
personas rehuyen orientar a sus hijos o discípulos hacia los valores por temor
a que ello constituya una manipulación. No necesitan preocuparse. Acercar a un
niño o a un joven al campo de irradiación
de los valores no es una acción seductora que obnubile la mente y embriague
la voluntad. Los valores actúan con discreción. Se hacen valer y atraen,
pero no arrastran. Por eso el
verdadero maestro, fiel al modo de ser de los valores, no fuerza a sus
discípulos a asumirlos y realizarlos; los lleva a su presencia, los sitúa en su
área de influencia para que capten su atractivo y su eficacia.
4.
Para incrementar sus ventas, el mercader manipulador moviliza con
frecuencia las astucias del ideólogo
demagogo a fin de crear un clima
social de consumismo, de presuntuosidad, de afán de embriagarse con la posesión de bienes y con el disfrute de toda clase de
sensaciones halagadoras. Esta complicidad entre las dos formas de
manipulación -la de los mercaderes y la de los ideólogos- contribuye no poco al
descenso de la calidad personal de las gentes: de su capacidad creativa, su
poder de discernimiento, su decisión para tomar iniciativas valiosas...
El mercader que manipula se mueve por afán de
incrementar sus ganancias, triunfar en su profesión y elevar su posición
social. El manipulador "ideológico" tiende a dominar al pueblo de forma
rápida, contundente, masiva y fácil. Quiere someter espiritualmente a pueblos
enteros de forma inapelable, con la facilidad que otorgan los recursos
estratégicos de la manipulación.
Para dominar a un pueblo de esta forma, sólo
se necesita privarlo de su carácter comunitario
y reducirlo a masa. El concepto
de masa es cualitativo, no cuantitativo. Un millón de personas que se
manifiestan en una plaza con un sentido
bien definido y valioso no constituyen una masa, sino una comunidad, un
pueblo. En cambio, dos personas -un hombre y una mujer- que comparten la vida
en una casa pero no se hallan debidamente
ensambladas forman una masa. La masa se compone de seres que están cerca
pero no se complementan. La comunidad es formada por personas que entreveran
sus ámbitos de vida para dar lugar a nuevos ámbitos y enriquecerse. Esta
vinculación de las personas forma un tejido muy sólido y resistente frente a
cualquier ataque del exterior.
La masa se compone de seres que actúan de
forma individualista y no se aúnan entre sí. Una familia, por ejemplo, forma
una masa cuando sus miembros son un mero montón de individuos que viven cerca
pero no se comunican. Su falta de cohesión los hace fácilmente vulnerables.
Esto explica que el medio más rápido y eficaz para dominar a un conjunto de
personas no sea atacarlas desde el exterior sino amenguar en cada una la
capacidad de crear relaciones con las
realidades del entorno.
Ser creativo no es un don que sólo posean las
personas geniales; es la capacidad de establecer modos relevantes de unión con
las realidades del entorno: las personas, las instituciones, las obras de arte,
literatura y pensamiento, las tradiciones, usos y costumbres, los valores de
todo género, el paisaje, el lenguaje, el hogar, el pueblo, la nación, el Ser Supremo...
Si nos unimos estrechamente a este conjunto de realidades, podemos desarrollar
en la vida una acción fecunda en diversos aspectos. A solas, somos incapaces de
realizar la menor acción valiosa.
Para ser creativos en la vida, debemos tener
conciencia clara de esta condición relacional,
dialógica, de nuestro ser. Cada
uno de nosotros vivimos como personas y nos desarrollamos como tales creando
relaciones de encuentro con lo que
nos rodea. Pero el encuentro auténtico nos plantea, para darse, diversas exigencias:
generosidad, veracidad, fidelidad,
cordialidad, voluntad de compartir valores elevados...
Si a una persona o a un pueblo se les lleva a
pensar de tal forma que no ven posibilidad de unirse a las realidades del
entorno de modo fecundo, se destruye de raíz su creatividad, su capacidad de
formar tramas inexpugnables. ¿Cómo es posible suscitar en las gentes esa forma
de pensar? Mediante el abuso del lenguaje, que es -según veremos- el vehículo
viviente de la creatividad.
El lenguaje es un medio para comunicar algo a los demás, pero, en un nivel más
profundo, es el medio en el cual creamos
unidad entre nosotros. A menudo hablamos con personas a las que apenas tenemos
nada que comunicar; lo hacemos para incrementar los lazos de amistad. En
condiciones normales, los seres humanos procedemos del encuentro amoroso que
nuestros padres iniciaron con una palabra de afecto. Venimos, por tanto, de un
tipo de lenguaje tan poderoso que creó una familia y nos llamó a la existencia.
Romano Guardini afirma que, para crear los seres inferiores al hombre, Dios les mandó
existir, y, para crear al ser humano, lo
llamó por su nombre. Nacemos porque somos llamados, y el sentido de nuestra vida consiste en responder positivamente a dicha llamada,
creando nuevas relaciones amorosas. Con razón advirtió Ferdinand Ebner -genial precursor de la actual
filosofía del lenguaje- que no hay otro lenguaje
auténtico que el inspirado por el
amor.
El lenguaje dicho con odio se destruye a sí
mismo, se autodisuelve. Nada hay más grande en la vida humana que el lenguaje,
pero nada más temible debido a su condición bifronte. El lenguaje puede
construir una vida o destruirla, puede ser tierno o cruel, noble o banal,
proclamador de verdades o propalador de mentiras. El lenguaje ofrece posibilidades
para descubrir en común la verdad y facilita recursos para tergiversar las
cosas y sembrar la confusión.
Con sólo conocer tales recursos y manejarlos
hábilmente, una persona poco preparada, pero astuta, puede dominar fácilmente a
personas y pueblos enteros si éstos no están sobre aviso. El manejo estratégico
del lenguaje opera de modo automático sobre la mente, la voluntad y el
sentimiento de las personas antes de que entre en juego su poder de reflexión
crítica.
El tirano -el que quiere vencer sin convencer- no
lo tiene fácil en los regímenes democráticos. Quiere dominar al pueblo, y ha de
hacerlo de forma dolosa para que las gentes no lo adviertan, pues lo que
prometen los gobernantes en una democracia es, ante todo, libertad. En las dictaduras se promete eficacia, a costa de las libertades. En las democracias se
garantizan cotas nunca alcanzadas de libertad aun a riesgo de amenguar la
eficacia. ¿Qué medios tiene en su mano el tirano para someter al pueblo mientras lo convence de que es más libre que nunca?
Este medio es el lenguaje. Para
comprender el poder fascinante del lenguaje manipulador debemos analizar cuatro
puntos: los términos, los esquemas, los planteamientos y los procedimientos.
El lenguaje crea palabras, términos, y en cada
época de la historia algunos de ellos se cargan de un prestigio especial de
forma que nadie osa ponerlos en tela de juicio. Son términos
"talismán", que parecen condensar en sí todas las excelencias de la
vida humana. La palabra talismán de nuestra época es libertad. Todo término
talismán tiene el poder de prestigiar las palabras que se le avecinan y
desprestigiar a las que se le oponen o parecen oponérsele. Hoy se da por
supuesto -el manipulador nunca demuestra nada, da por supuesto lo que le
conviene- que toda forma de censura se opone a todo tipo de libertad. En
consecuencia, la palabra censura está actualmente desprestigiada. En cambio,
las palabras independencia, autonomía, democracia, cogestión... van unidas con
la palabra libertad y quedan convertidas, por ello, en una especie de términos
talismán por adherencia.
El manipulador saca amplio partido de este
poder de los términos talismán. Sabe que, al introducirlos en un discurso, el
pueblo queda intimidado, no ejerce su poder crítico, acepta ingenuamente lo que
se le proponga. Cuando, en cierto país europeo, se llevó a cabo una campaña a
favor de la introducción de la ley abortista, el ministro responsable de tal
ley intentó justificarla con este razonamiento: "La mujer tiene un cuerpo y
hay que darle libertad para disponer de ese cuerpo y de cuanto en él
acontezca". La afirmación de que "la mujer tiene un
cuerpo" está pulverizada por la mejor filosofía desde hace casi un siglo.
Ni la mujer ni el varón tenemos cuerpo;
somos corpóreos. Hay un abismo entre
ambas expresiones. El verbo tener es
adecuado cuando se refiere a realidades poseibles,
es decir, a objetos. Pero el cuerpo humano, el de la mujer y el del varón, no
es algo poseible, algo de lo que podamos disponer; es una vertiente de nuestro
ser personal, como lo es el espíritu. Te doy la mano para saludarte y sientes
en ella la vibración de mi afecto personal. Es toda mi persona la que te sale al encuentro. El hecho de que en la
palma de mi mano vibre mi ser personal entero pone al trasluz que mi cuerpo no
es un objeto. No hay objeto, por excelente que sea, que tenga ese poder. Pues
bien, el ministro intuyó sin duda que la frase "la mujer tiene un
cuerpo" es muy endeble, no se sostiene en el estado actual de la investigación
filosófica, y para dar fuerza a su argumento introdujo inmediatamente el
término talismán libertad: "Hay que conceder libertad a la mujer
para disponer de su cuerpo..." Sabía que, con la mera utilización
de esa palabra supervalorada en el momento actual, millones de personas iban a
replegarse tímidamente y a decirse: "No te opongas a esa proposición
porque está la libertad en juego y van a tacharte de antidemócrata, de
fascista, de ultra". Y así sucedió, efectivamente.
Si queremos ser de verdad libres
interiormente, debemos perder el miedo al lenguaje manipulador y matizar el
sentido de las palabras. El ministro no indicó a qué tipo de libertad se
refería, porque la primera ley del
demagogo es no matizar el lenguaje. De hecho aludía a la "libertad de maniobra",
la libertad -en este caso- de maniobrar cada uno a su antojo respecto a la vida
naciente: respetarla o eliminarla. La "libertad de maniobra" no es
propiamente una forma de libertad humana auténtica; sólo es una condición para ser libre. Uno comienza
a ser libre como persona cuando, pudiendo elegir entre diversas posibilidades,
no opta sencillamente por la que más le apetece en cada momento sino por la que
le permite desarrollar su personalidad de
modo pleno. Y ahora preguntémonos: Una persona que se arrogue una libertad de maniobra absoluta y la utilice en contra del germen de vida que
marcha aceleradamente hacia la plena constitución de un ser humano ¿se orienta
hacia la plenitud de su ser personal? Vivir personalmente
es vivir fundando relaciones comunitarias,
creando vínculos. El que rompe los vínculos fecundísimos con la vida que nace
destruye de raíz su poder creador y bloquea, por tanto, su desarrollo como
persona.
Todo esto se ve claramente cuando se reflexiona. Pero el demagogo, el tirano,
el que desea conquistar el poder por la vía rápida de la manipulación, opera
con extrema celeridad para no dar tiempo a las gentes a pensar, a reflexionar
sobre cada uno de los temas. Por eso no se detiene nunca a matizar los
conceptos y justificar lo que afirma; lo da todo por consabido y lo expone con
términos ambiguos, faltos de precisión. Ello le permite destacar en cada
momento el aspecto de los conceptos que le interesa para su fines. Cuando
subraya un aspecto, lo hace como si fuera el único, como si todo el alcance de
un concepto se limitara a esa vertiente. De esa forma evita que las gentes a
las que se dirige tengan suficientes elementos de juicio para clarificar las
cuestiones por sí mismas y hacerse una idea serena y bien aquilatada de las
cuestiones tratadas. Al no poder profundizar en una cuestión, el hombre está
predispuesto a dejarse arrastrar. Es un árbol sin raíces que lo lleva cualquier
viento, sobre todo si éste sopla a favor de las propias tendencias elementales.
Para facilitar su labor de arrastre y seducción, el manipulador halaga las tendencias innatas de las gentes
y ciega en lo posible su sentido crítico.
Toda forma de manipulación es una especie de malabarismo intelectual. Un ilusionista
hace trueques sorprendentes y al parecer "mágicos" porque realiza
movimientos muy rápidos que el público no percibe. El demagogo procede,
asimismo, con meditada precipitación, a fin de que las multitudes no adviertan
sus trucos intelectuales y acepten como posibles los escamoteos más inverosímiles
de conceptos. Un manipulador proclama, por ejemplo, ante las gentes que les ha
devuelto "las libertades", pero no se detiene a precisar a qué tipo de libertades se refiere: si a
las libertades de maniobra que pueden
llevar a experiencias de fascinación -que despeñan al hombre hacia la asfixia-
o a la libertad para ser creativos y realizar experiencias de encuentro, que
llevan al pleno desarrollo de la personalidad. Basta pedirle a un demagogo que
matice un concepto para desvirtuar sus artes hipnotizadoras.
Del mal uso de los términos se deriva una
interpretación errónea de los esquemas
que vertebran nuestra vida mental. Cuando pensamos, hablamos y escribimos,
estamos siendo guiados por ciertos esquemas:
libertad-norma, dentro-fuera,
autonomía-heteronomía... Si pensamos que estos esquemas son dilemas, de forma que debemos escoger
entre uno u otro de los términos que los constituyen, no podemos realizar en la
vida ninguna actividad creativa. La creatividad humana es siempre dual; exige
nuestra colaboración con las realidades del entorno. Si pienso que todo lo que
está fuera de mí es distinto, distante, externo y extraño a mí, no puedo
colaborar con cuanto me rodea y anulo mi capacidad creativa en todos los
órdenes.
Una alumna me dijo un día en clase con aire
maternal: "No se moleste, profesor;
en la vida hay que escoger: o somos libres o aceptamos normas; o actuamos conforme a lo que nos sale de dentro o
conforme a lo que nos viene impuesto de fuera". Esta joven entendía el
esquema libertad-norma como un dilema. En consecuencia, para ser
auténtica y actuar con libertad interior
se sentía obligada a dejar de lado cuanto le habían dicho de fuera acerca de normas morales, dogmas religiosos, prácticas
piadosas... Con ello se alejaba de la moral y la religión de sus mayores y -lo
que es todavía más grave- hacía imposible toda actividad verdaderamente
creativa.
He aquí el poder temible de los esquemas
mentales. Si un manipulador te sugiere que para ser autónomo en tu obrar debes dejar de ser heterónomo -es decir, no aceptar norma alguna de conducta que te
venga propuesta del exterior-, dile
que es verdad pero sólo en un caso:
cuando actuamos de modo pasivo, no creativo. Tus padres te dicen que
hagas algo, y tú obedeces forzado. Entonces no actúas autónomamente. Pero
suponte que percibes el valor de lo que te sugieren y lo asumes como propio.
Esa actuación tuya es a la vez autónoma
y heterónoma, por ser creativa.
Cuando era niño, mi madre me dijo un día: "Toma este bocadillo y dáselo al pobre
que llamó a la puerta". Yo
me resistí porque era un señor de barba larga y me daba miedo. Mi madre
insistió: "No es un delincuente; es
un necesitado. Vete y dáselo". Mi madre quería que me adentrara en el
campo de irradiación del valor de la piedad.
El valor de la piedad me vino, así, sugerido
desde fuera, pero no impuesto. Al
reaccionar positivamente ante esta sugerencia de mi madre, fui asumiendo poco a
poco el valor de la piedad hasta que se convirtió en una voz interior. Al hacerlo,
este valor dejó de estar fuera de mí
para convertirse en el impulso interno
de mi obrar. En esto consiste el proceso formativo. El educador nos adentra en
el área de imantación de los grandes valores, y nosotros los vamos asumiendo
como algo propio, como lo más profundo y valioso de nuestro ser.
Ahora vemos con claridad la importancia
decisiva de los esquemas mentales. Un especialista en revoluciones y conquista
del poder, José Stalin, afirmó lo siguiente: "De todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio
sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político
será el diccionario". Nada más cierto, a condición de que veamos los
términos dentro del marco dinámico de los
esquemas, que son el contexto en el que juegan su papel expresivo.
Con los términos del lenguaje se plantean las grandes cuestiones de la
vida. Debemos tener máximo cuidado con los planteamientos. Si aceptas un
planteamiento, vas a donde te lleven. Desde niños deberíamos acostumbrarnos a
discernir cuándo un planteamiento es auténtico y cuándo es falso.
En los últimos tiempos se están planteando
mal, con el fin estratégico de dominar al pueblo, temas tan graves como el
divorcio, el aborto, el amor humano, la eutanasia... Casi siempre se los
plantea de forma unilateral y sentimental, como si sólo se tratara de
resolver problemas acuciantes de ciertas personas. Para conmover al pueblo, se
aducen cifras exageradas de matrimonios rotos y abortos clandestinos, realizados
en condiciones infrahumanas... La táctica de difundir tales cifras es un ardid
del manipulador. El Dr. Bernhard Nathanson, director un día de la mayor clínica
abortista de Estados Unidos, manifestó que fue él y su equipo quienes
inventaron la cifra de 800.000 abortos al año en su país. Y se sorprendían al
ver que la opinión pública recogía el dato y lo propagaba con toda candidez.
Hoy, convertido a la defensa de la vida, se siente avergonzado de tal fraude, y
recomienda vivamente que no se acepten las cifras aducidas para apoyar ciertas
campañas.
El
manipulador moviliza diversos medios para dominar al pueblo sin que éste se dé
cuenta. En el siguiente ejemplo yo no
miento pero manipulo. Tres
personas hablan mal de una cuarta, y yo le cuento a ésta exactamente lo que
dicen, pero altero un poco el lenguaje. En vez de comunicarle que tales personas en concreto están
realizando esas manifestaciones, le indico que lo dice la gente. Paso del singular al colectivo. Con ello no sólo le
infundo miedo a esa persona sino angustia, que es un sentimiento mucho
más difuso y penoso. El miedo es temor a algo adverso que te hace frente de
manera abierta y te permite tomar medidas. La angustia es un miedo envolvente. No sabes a dónde acudir.
¿Dónde está la gente que te ataca con su maledicencia? La gente es una realidad
anónima, envolvente, a modo de niebla que te bloquea. Te sientes angustiado.
Esta
angustia es provocada por el fenómeno sociológico del rumor, que suele ser tan poderoso como cobarde, debido su
anonimato. "Se dice que tal
ministro realizó una evasión de capitales". ¿Quién lo dice? La gente, es decir, nadie en concreto y
potencialmente todos.
Otra forma oblicua, sesgada, subrepticia, de
vencer al pueblo sin preocuparse de convencerlo es la de repetir una vez y
otra, a través de los medios de comunicación, ideas o imágenes cargadas de
intención ideológica. No se entra en cuestión, no se demuestra nada, no se va
al fondo de los problemas. Sencillamente se lanzan proclamas, se hacen
afirmaciones contundentes, se propagan eslóganes a modo de sentencias cargadas
de sabiduría. Este bombardeo diario configura la opinión pública, porque la
gente acaba tomando lo que se afirma
como lo que todos piensan, como
aquello de que todos hablan, como lo que se lleva, lo actual, lo normal, lo que
hace norma y se impone. Actualmente, la fuerza del número es determinante, ya
que lo decisivo se resuelve mediante el número de votos. El número es algo
cuantitativo, no cualitativo. De ahí la tendencia a igualar a todos los
ciudadanos, para que nadie tenga poder directivo de tipo espiritual y la
opinión pública pueda ser modelada impunemente por quienes dominan los medios
de comunicación multitudinarios. Una de las metas del demagogo es anular, de una
forma u otra, a quienes puedan descubrir sus trampas, sus trucos de
ilusionista.
La redundancia desinformativa tiene un
poder insospechado de crear opinión, de fundar un clima propicio a toda clase
de errores. Basta establecer un clima de superficialidad en el tratamiento de
los temas básicos de la vida para hacer posible la difusión de todo género de
falsedades. Según Anatole France, "una
necedad repetida por muchas bocas no deja de ser una necedad".
Ciertamente, mil mentiras no constituyen una sola verdad. Pero una mentira o
una media verdad repetida por un medio poderoso de comunicación se convierte en
una verdad de hecho, incontrovertida;
viene a constituir una "creencia", en el sentido orteguiano de algo
intocable, de suelo en que se asienta la vida intelectual del hombre y que no
cabe discutir sin exponerse al riesgo de quedar descalificado. A formar este
tipo de "creencias" tiende la propaganda manipuladora con vistas a
obtener un control soterrado de la mente, la voluntad y el sentimiento de la
mayoría.
El gran
teórico de la comunicación M. MacLuhan acuñó la expresión de que "el medio
es el mensaje": no se dice algo porque sea verdad; se toma como verdad
porque se dice. La televisión, la radio, la letra impresa, los espectáculos de
diverso orden poseen un inmenso prestigio para quien los ve como una realidad
que se impone desde un lugar inaccesible para él. El que está al corriente de
lo que pasa entre bastidores tiene cierto poder de discernimiento. Pero el gran
público permanece fuera de los centros que irradian los mensajes y se deja
seducir por el poder que implica la posibilidad de llegar a los rincones más
apartados y penetrar en los hogares y hablar a multitud de personas al oído,
sin levantar la voz, de modo sugerente.
La práctica del ilusionismo mental a través
del lenguaje -y de las imágenes, que
son de por sí expresivas, por tanto elocuentes- desorienta espiritualmente a
las gentes, les quita capacidad de pensar por propia cuenta y de modo riguroso,
amengua su sensibilidad para los grandes valores, las incapacita en buena
medida para actuar en virtud de criterios internos bien sopesados y
sentimientos nobles, las deja inermes ante la vida, entregadas a un estado de
gregarismo e infantilismo.
La práctica de la manipulación altera la salud
espiritual de personas y grupos. ¿Poseen éstos defensas naturales contra ese
virus invasor? ¿Cabe poner en juego un antídoto contra la manipulación
demagógica?
Actualmente, no podemos reducir el alcance de
los medios de comunicación o someterlos a un control eficaz de calidad. La
única defensa frente al uso manipulador de los mismos consiste en adquirir una
formación adecuada. Tal formación abarca tres puntos básicos:
estar alerta, conocer los recursos arteros del manipulador;
aprender a pensar con rigor y tener agilidad de mente para exigirlo a
los demás;
ejercitar la creatividad en todos los órdenes.
El que conoce los "trucos" del
ilusionista-manipulador amengua el peligro de caer en la red de sus juegos de
conceptos. Si, además, sabe pensar con rigor y utilizar debidamente el
lenguaje, está bien dispuesto para descubrir los fallos tácticos que comete el
manipulador para tergiversarlo todo a su arbitrio. Al vivir creativamente,
comprende por dentro el sentido preciso
de los acontecimientos humanos. El que es fiel a una promesa sabe por experiencia que
la fidelidad no se reduce a mero aguante,
y tiene cierta garantía de no ser seducido por el manipulador que, al verlo en
un momento difícil, le sugiera que no aguante,
que rompa los vínculos establecidos y busque libremente su felicidad. "En efecto -podrá reargüirle-, no estoy destinado a aguantar, sino a algo
superior: a ser fiel, porque la fidelidad es una actitud creadora; debo crear
en cada momento lo que en un determinado momento he prometido crear".
El conocimiento de los ardides del manipulador
es el medio más eficaz para defenderse de sus insidias. A ellos se refiere M.
Ende al hablar de los "hombres grises":
"Los hombres grises sólo pueden hacer su
oscuro negocio si nadie los reconoce (...). ¡Lo único que tenemos que hacer es
cuidar de que resulten visibles! Porque el que los ha reconocido una vez los
recuerda, y el que los recuerda los reconoce en seguida. De modo que no pueden
hacernos nada: seremos inatacables". "El cree (...) que los hombres
grises consideran un enemigo a todo aquel que conoce su secreto, por lo que lo
perseguirán. Pero yo estoy seguro de que es exactamente al revés, que todo
aquel que conoce su secreto está inmunizado contra ellos y ya no le pueden hacer nada".
En nuestros días se está movilizando un
recurso tan eficaz como siniestro para neutralizar la eficacia del antídoto
contra la manipulación. Se trata de la confusión deliberada de las experiencias
de vértigo o fascinación y las de creatividad
o encuentro.
Si adopto en la vida una actitud egoísta,
intento dominar cuanto me agrada para
ponerlo a mi servicio, como fuente de sensaciones placenteras. Figurémonos
que me hallo ante una persona que, por sus excelentes cualidades, me encandila. Encandilar significa dar luz,
pero también cegar. Me deslumbra el agrado de las cualidades de dicha persona,
y ese deslumbramiento me impide tener en cuenta que se trata de una persona y no de un mero haz de
cualidades atractivas. No la estimo en
cuanto persona, con todo lo que implica -capacidad de desear, proyectar,
crear relaciones...-; me fijo exclusivamente en el provecho que puedo sacar del
trato con ella. Esa mirada fija y exclusiva constituye una forma de fascinación o arrastre.
Este apego fascinado a lo que enardece mis
instintos me produce un sentimiento de euforia,
una exaltación súbita, superficial y
pasajera, como una llamarada de hojarasca. Tal exaltación se convierte en
una decepción deprimente al advertir que, por haber reducido dicha persona a objeto de complacencia, no puedo encontrarme con ella, pues el encuentro
exige respeto mutuo, trato en condiciones de cierta igualdad.
Al no encontrarme, freno mi desarrollo
personal, que tiene lugar a través del encuentro. Ese bloqueo, aunque sea
parcial, me causa tristeza,
sentimiento que surge al sentir que me he alejado de mi meta -que es crear
unidad con los seres del entorno- y me estoy vaciando de mí mismo, de lo que
tendría que llegar a ser a través de mi encuentro con cuanto me realiza como
persona.
Si dejo de encontrarme un día y otro, dicho
vacío se torna abismal, y, al asomarme a él, soy presa de esa forma de vértigo espiritual que llamamos angustia. La angustia acontece cuando
nos vemos amenazados por todas partes y peligra nuestra subsistencia.
En caso de que sea incapaz de cambiar mi
actitud egoísta inicial y siga sin poder crear relaciones auténticas de
encuentro, la angustia da lugar a la desesperación,
la conciencia amarga de que he cerrado todas las puertas hacia la realización
de mí mismo. Estoy bordeando mi destrucción como persona, pero no puedo volver
atrás. Pronto acabo sumido en una soledad
de aislamiento, que me asfixia y destruye como ser personal que debe crecer
fundando vida de comunidad.
Sobrevolemos lo dicho: Al principio, el
proceso de vértigo no nos exige nada, nos halaga prometiéndonos una plenitud
inmediata, y al final nos lo quita todo: anula nuestra voluntad de encuentro,
nos enceguece para los valores más altos, amengua al máximo nuestra capacidad
creadora.
Si adopto en la vida una actitud de generosidad, reconozco gustosamente que
no soy un ser privilegiado al que deban servir todos los seres del entorno.
Muchos de éstos son personas y no
pueden ser reducidos a medios para mis
fines. Si sus cualidades me resultan atractivas, considero este agrado como
una invitación, no a poner esa persona a mi servicio, sino a colaborar con ella para realizarnos
conjuntamente mediante la oferta mutua de posibilidades de todo orden. Ese
intercambio de posibilidades da lugar al encuentro, forma de unión constante y
fecunda.
Al encontrarme de este modo, siento alegría por partida doble, pues con ello
perfecciono mi ser de persona y colaboro a enriquecer a quien se encuentra
conmigo.
Si me encuentro con un ser que me ofrece
grandes posibilidades de crecimiento personal, siento entusiasmo, un gozo
desbordante que supone la medida colmada de la alegría. Entusiasmarse significó para los antiguos
griegos estar absorto en lo divino,
es decir, en lo perfecto. El
entusiasmo se enciende en nosotros cuando acogemos activamente unas
posibilidades de actividad creadora tan valiosas que nos elevan a lo mejor de
nosotros mismos. Si asumo un poema o una obra musical de alta calidad, desbordo
entusiasmo pues participo íntimamente en la creación de una realidad perfecta.
Yo configuro esas obras en cuanto me dejo configurar por ellas. Este tipo de experiencias de doble dirección me
llevan a la plenitud de mi vida personal.
Tal ascenso a lo mejor de uno mismo es denominado de antiguo
"éxtasis", salida de sí hacia
lo alto.
Al ver que estoy realizando plenamente mi
vocación de persona, siento felicidad,
es decir, paz interior, amparo, gozo festivo... Toda fiesta procede de un
encuentro y es fuente de luz. Las fiestas resplandecen con luz propia. De ahí
su carácter simbólico y la función primordial que desempeñan en la vida
cultural y religiosa de los pueblos.
En síntesis. El proceso de éxtasis es una
marcha hacia la madurez personal que en principio nos exige todo -generosidad,
apertura a la colaboración,
fidelidad...-, nos promete plenitud personal y, al final, nos la da con creces:
incrementa nuestra capacidad creadora de encuentros y de vida comunitaria, afina
nuestra sensibilidad para los grandes valores, nos permite realizar nuestra
vocación y nuestra misión.
Estos dos procesos son totalmente opuestos por
su origen, su desarrollo y sus consecuencias. Hoy, sin embargo, se tiende a
confundirlos a fin de proyectar el prestigio secular de las experiencias de
éxtasis sobre las de vértigo y ocultar el riesgo que implica entregarse a las
distintas formas de fascinación aniquiladora. Con ello se intenta que las
gentes, sobre todo los jóvenes, confundan la euforia del vértigo con el entusiasmo
del éxtasis, y se rindan al halago de las experiencias que nos prometen todo al
principio para privarnos al final de la capacidad creadora de encuentros.
Si caemos en esta artera trampa, no pondremos
en juego las dos últimas medidas del antídoto contra la manipulación -pues
dejaremos de pensar con rigor y vivir creativamente-, y quedaremos
inermes frente a las insidias de los manipuladores.
Observamos a menudo que personas de distintas tendencias admiten que
debemos ser más exigentes respecto a la calidad de los alimentos espirituales
que se facilitan a los jóvenes a través de los medios de comunicación y los
espectáculos. En cuanto advierten que esa exigencia
debe traducirse, para ser eficaz, en alguna forma de censura, suelen negarse a firmar cualquier manifiesto en el que
figure esta palabra. ¿A qué se debe este reparo casi automático a vincular el
propio nombre al término censura?
A diario se utilizan expresiones como ésta: "Hay que
incrementar el control de los
alimentos, de los medicamentos, de los talleres mecánicos, de las condiciones
sanitarias de los hospitales..." ¿Por qué profunda razón utilizar el
término "control" está bien visto y, en cambio, mostrarse partidario
de la "censura", aunque sea de forma restringida y bien matizada, le
deja a uno fuera de juego en la sociedad actual?
Contemple atentamente diversos anuncios comerciales. Advertirá que, a
menudo, no se indica nada concreto acerca de los objetos presentados.
Sencillamente, se pone su figura en contacto con otras que irradian atractivo
sensorial y provocan exaltación psicológica. Analice si se habla a su
inteligencia y su libertad, o, más bien, se intenta halagar sus apetencias
instintivas.
Bibliografía
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