Como vimos en la primera lección, a las
personas y a los pueblos se los manipula para adquirir dominio sobre ellos e
incrementar el propio poder: poder político, económico, cultural...
Actualmente, se intenta dominar a personas y pueblos de forma masiva y fácil.
Dominar a las personas individualmente resulta muy lento y -aunque parezca
extraño- es más difícil que sojuzgar espiritualmente a todo un pueblo a la vez.
Para conseguirlo, basta reducir los grupos sociales a meras "masas".
Saber de modo preciso cómo se realiza tal reducción nos da luz para comprender
mil fenómenos de la vida actual.
La reducción de un grupo social a mera masa se
logra con relativa facilidad mediante un tipo solapado de asedio interior. Si se cerca a un grupo humano y se lo acosa desde fuera, se le insta a cerrarse
sobre sí e incrementar la cohesión de sus miembros. La resistencia que éstos
ofrecen a dejarse vencer resulta prácticamente invencible. Invencible, porque las personas cohesionadas entre sí forman una estructura, una unidad constelacional, en la que todos los elementos se hallan
entretejidos, se sostienen unos a otros, instauran un orden vivo, flexible,
resistente. Al estar dotada de tal energía y solidez, la comunidad humana
resulta inexpugnable, pues las diversas formas de hostilidad exterior no hacen
sino potenciar las virtualidades defensivas de la misma.
Todo tirano, toda persona o grupo afanoso de
poder a cualquier precio percibe claramente que lo más eficaz, aunque no lo más
rápido, es sustituir el asedio exterior
por el interior. Éste consiste en desvincular a tales personas de cuanto
fomenta su poder creador. Una persona creativa funda modos elevados de unidad
con otras personas, con instituciones, con el pueblo y el paisaje, con obras
culturales, con diversos valores... Estos modos relevantes de unión crean
tramas de vida comunitaria y otorgan a ésta tal firmeza que la hacen
impermeable al acoso exterior. Ahora bien. Esa eficacia creativa pende de la
vinculación del hombre con las realidades del entorno. Y esta vinculación es
proyectada, sostenida e incrementada merced a la capacidad de descubrir los
valores, entusiasmarse con ellos y asumirlos activamente en la propia vida como
impulso, sentido y meta de la misma.
La pregunta es ahora ésta: ¿De dónde arranca
esa sensibilidad del hombre que le hace abrirse a la revelación de los valores,
escuchar su apelación, volverse receptivo a la misma, vibrar con su excelencia,
sobrecogerse ante su grandeza? Procede de su actitud inicial de generosidad, que lo dispone para
realizar experiencias de éxtasis o de
encuentro.
Para tornar al hombre insensible a los
valores, debilitar sus convicciones éticas, ahogar sus ideales y amenguar al
máximo su capacidad de fundar modos valiosos de vida comunitaria, la vía regia
-siniestra pero eficacísima- es fomentar en las gentes las experiencias de vértigo. Éstas exaltan al principio,
prometen una conmovedora y rápida plenitud, y vacían al hombre por dentro. La impresión de ser succionado por el vacío
que experimentamos al vernos privados de cuanto nos lleva a plenitud constituye
el vértigo espiritual.
El proceso de vértigo deja al hombre sin
defensas interiores frente a las diferentes formas de seducción que moviliza el
manipulador. Por eso el fomento de las experiencias de vértigo es la forma radical de manipulación, la raíz de
todas las demás, la que las hace posibles y rentables.
Nadie en una democracia debiera ignorar que el
fomento de las experiencias de vértigo o fascinación y la concesión de amplias
libertades para realizarlas significa un incremento de la libertad de maniobra en cada persona pero es, a la vez, el medio
más expeditivo para someter los pueblos a servidumbre espiritual.
Si el hombre se abre espontáneamente a las
realidades que le rodean, aprecia su valor y escucha sus invitaciones a
colaborar, tiende por ley natural a formar agrupaciones, comunidades,
sociedades. A medida que vive de forma comunitaria, advierte que, al hacer
juego con otras realidades, descubre y acrecienta el sentido de ellas y el de
sí mismo, y todos conjuntamente hacen surgir realidades nuevas de gran valor. Ello
le insta a seguir perfeccionando la unidad creada e instaurar formas nuevas de
unión. De este modo, el ser humano se va perfeccionando al tiempo que colabora
a perfeccionar a quienes entran en relación de trato con él.
Cuando nos encaminamos por esta vía creadora
de unidad, adquirimos una energía espiritual creciente, la que se deriva del
modo de vivir comunitario. El que deseee desmantelar esta vida comunitaria no
tiene más que una vía: cambiar nuestra orientación, conseguir que no nos
dirijamos hacia los valores y su realización en la propia vida, sino hacia la
reclusión en nosotros mismos y nuestras apetencias individuales, de forma que
nos acostumbremos a elegir en cada momento con vistas a obtener gratificaciones
inmediatas, no en función del ideal de la
unidad.
Este cambio de orientación decide el paso del éxtasis al vértigo, de la construcción
a la destrucción. El manipulador
dispone de astucia suficiente para persuadir a las gentes de que la saciedad que les procuran en principio
las experiencias fascinadoras equivale a la plenitud
personal que sólo pueden otorgarles las experiencias de encuentro. Para
realizar esta tergiversación destructiva, el demagogo manipulador no tiene
razones que aducir. La razón está en contra suya. Por eso prescinde de la razón,
y procura astutamente que nadie la ponga en juego de modo lúcido. Para ello
·
fomenta un estilo de pensar y de hablar
superficial, banal, incoherente, no ajustado a cada uno de los modos de
realidad;
·
tacha de no progresista, anticuado y
retrógrado a quien se cuida de pensar y expresarse de modo preciso;
·
propaga a través de mil ardides una
actitud hedonista ante la vida, que sigue la ley del menor esfuerzo y provoca
la entrega a experiencias de fascinación o vértigo que enceguecen para los
valores;
·
ataca como irreal y fantasmagórica la
convicción de que la vida humana auténtica sólo se configura cuando se persigue
un gran ideal.
Estas medidas y otras afines no tienen sino
una meta: dar un giro total a nuestra
vida y llevarnos a la autodemolición
espiritual. Sopesemos bien esta observación, porque es una clave para
entender mil fenómenos preocupantes de la vida actual y tomar medidas eficaces
en orden a conservar nuestra libertad
interior, es decir, nuestra capacidad
de elegir en virtud de un ideal sumamente valioso.
Si consigue el demagogo que las personas que
integran una comunidad -familia, escuela, colegio profesional...- operen ese
cambio, la vida comunitaria de las mismas pierde cohesión, se disuelve y se
convierte en un montón amorfo de individuos aislados: una mera masa. La vida masificada se opone a la
vida comunitaria.
Una comunidad
es un conjunto de personas que comparten
convicciones éticas sólidas, ideales elevados, aficiones creativas. Cuando
una persona colabora con otra a realizar algo valioso, establece con ella un vínculo sólido, fuerte, íntimo. La
participación en lo valioso se traduce en comunión
personal. La comunión es un modo de unidad muy hondo que supera
notablemente en calidad a toda forma de yuxtaposición tangencial, por intensa
que ésta pueda parecer.
Es inmensamente útil para nuestra formación
comprender bien en qué consiste la unidad y sus diferentes modos. Hemos
destacado el modo altísimo de unidad que es la comunión interpersonal. Para lograr esta forma de unidad, debemos participar en algo que tenga un gran
valor. Tal participación exige apertura de espíritu hacia todo lo egregio y una
actitud de generosidad y humildad que evite la crispación del yo en sí mismo.
Las diferentes personas se aúnan a través del
común aprecio a algo relevante que las atrae y suscita su admiración
desinteresada y su voluntad de participar activamente en ello, asumiéndolo como
impulso de su obrar. Esta orientación espiritual hacia lo que ofrece
posibilidades creativas acrecienta el amor auténtico. Bien dijo Saint-Exupéry
que "amarse no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en una misma
dirección". El amor más profundo se genera cuando la mirada común se dirige hacia
algo muy valioso.
Ahora comprendemos perfectamente por qué la
tarea del manipulador es procurar de forma solapada que cada persona no se
enamore de los valores, en los que puede participar a una con otras personas,
sino de su propia figura, y muera anegado en las aguas al intentar agarrarla y
poseerla, como sucede en el mito de
Narciso. El hombre preocupado sólo de sí mismo se destruye como persona al
intentar poseerse, ya que 1) el afán de poseer
se opone a la voluntad de colaborar, que está en la base del encuentro, y 2)
las formas de encuentro que nos desarrollan como personas exigen nuestra
vinculación a realidades distintas de nosotros. Ahora bien. Un conjunto de
personas bloqueadas dentro de sí e incapaces de crear relaciones de encuentro
no constituyen una comunidad sino una masa.
Por estar invertebrado, falto de estructura,
todo grupo humano masificado carece de fuerza cohesiva, de dinamismo y
capacidad de resistencia. Es, por ello,
muy vulnerable a todo intento de disolución. De ahí que el tirano -la
persona o grupo que desea vencer al pueblo sin convencerlo- procure disolver
las diferentes comunidades y grupos que integran la sociedad. A menudo intenta
legitimar esta labor masificadora con el pretexto de que el
"corporativismo" debe ceder el puesto al "igualitarismo".
Confunde estratégicamente igualdad y desintegración, la retirada de privilegios y la anulación
de las estructuras.
En general, puede afirmarse que toda persona o
grupo afanoso de poder tiende a destruir en la sociedad las formas de encuentro
y de unidad más valiosas. Esa destrucción es una palanca poderosa para la
conquista arrolladora de los pueblos.
Conviene sobremanera advertir que actualmente
se está llevando a cabo una forma de revolución solapada y radical, consistente
en derruir por dentro las instituciones y comunidades. El medio para conseguir este propósito destructivo es enfrentar a
comunidades e instituciones con una marea de individualismo insolidario.
Esta actitud desarraigada crea paulatinamente un clima adverso a toda forma de auténtica creatividad y unidad. Es un
clima
·
de permisividad,
que reduce la unión matrimonial a una mera opción entre varias formas de
cohabitación posibles;
·
de pluralismo
ideológico, que anula la unidad espiritual en los centros escolares;
·
de igualitarismo
revanchista, que inspira actitudes de resentimiento hacia quienes
pertenecen a una institución o clase altamente cualificada;
·
de lucha
de clases, que disuelve por dentro la unidad de grupos en principio bien
estructurados;
·
de desarme
moral, que fomenta la entrega a experiencias de vértigo, que no fundan
unidad porque hacen imposible el encuentro.
Este clima individualista fomenta
unilateralmente la libertad de maniobra.
El manipulador entorna los ojos y considera esta forma de libertad como la
única y la modélica, e intenta que los demás practiquen ese mismo tipo de reduccionismo. Si lo consigue, mina de
raíz su voluntad de fundar modos valiosos de unión y vinculación. Con ello pone
las bases para dominarlos.
Pero ¿es posible que las gentes acepten
semejante tergiversación? Lo es si adoptan la actitud egoísta y posesiva que el
demagogo manipulador presenta como propia de las personas dueñas de sí mismas,
autónomas y plenamente libres.
Conviene sobremanera meditar el mito de Narciso, que, como todos los grandes
mitos, es fuente de sabiduría. Narciso se enamora de su propia imagen, que ve
reflejada en las aguas de una fuente, y se deja fascinar por ella y quiere
poseerla. Arrastrado por su voluntad de dominio, se lanza al agua, es llevado
por la corriente y perece ahogado. Al buscarse a sí mismo, el hombre se deja
seducir por su propia figura. La persona seducida queda empastada con la
realidad seductora, al modo como el ahogado se fusiona con el agua que lo
anega. El anegamiento de Narciso en las aguas que lo atraen mediante el señuelo
de su encantadora y arrebatadora figura es la "imagen" simbólica de
la asfixia lúdica, la incapacidad de
hacer juego y vivir creativamente.
Si se queda a solas consigo mismo, sin abrirse
a las realidades del entorno, el hombre se cierra en sí, no puede hacer juego y
se asfixia, se da jaque mate a sí mismo. Fijar la mirada en la propia figura no
fomenta la auténtica "vida interior", que implica una relación
creadora con realidades valiosas. Al contrario, saca al hombre de sí, lo
enajena, le impide llevar vida normal. La vida normal del hombre, aquélla a la
que se siente llamado por su
naturaleza, es vida de interacción, comunicación, entreveramiento con todas las
realidades circundantes, sobre todo con las que le ofrecen posibilidades de
realizar acciones fecundas, llenas de sentido.
Al plegarse sobre sí y polarizarlo todo en
torno al propio yo, el hombre provoca un cortocircuito
en su vida personal. Esta interrupción de la corriente que todo lo une y
vivifica supone una especie de embolia
que paraliza la vida humana y rebaja al hombre a un estado casi vegetativo.
Nada ilógico que la experiencia de mirarse fijamente al espejo con una actitud
de absoluto relax le haga sentirse a uno extraño
a sí mismo y produzca un sentimiento de horror,
porque altera la marcha normal de las cosas"
"Yo recuerdo -escribe Unamuno- haberme
quedado alguna vez mirándome al espejo hasta desdoblarme y ver mi propia imagen
como un sujeto extraño, y una vez en que estando así pronuncié quedo mi propio
nombre, lo oí como una voz extraña que me llamaba, y me sobrecogí todo como si
sintiera el abismo de la nada y me sintiera una vana sombra pasajera. ¡Qué
tristeza entonces! Parece que se sumerge uno en aguas insondables que le cortan
toda respiración y que, disipándose todo, avanza la nada, muerte eterna".
Al mirar de forma fascinada la figura del
propio rostro en el espejo, nos fusionamos con ella, no conjugamos la cercanía y la distancia y no entramos en relación de presencia con ella. Por eso no captamos su sentido y nos vemos como
alejados de nosotros mismos, extraños
y ajenos, de modo que, al oír nuestra voz, nos parece provenir de fuera de
nuestro yo. Esta incapacidad de reconocernos en nuestra voz y nuestro rostro
suscita en nuestra ánimo un sentimiento de tristeza
tan grande como amplia es la distancia a la que creemos hallarnos de
nuestra plenitud personal.
Sartre, en La
náusea, expone de forma sobrecogedora que, al querer unirnos excesivamente
con nuestra propia figura, la deformamos hasta el punto de que desaparece como
tal: "Acerco mi cara al espejo hasta
tocarlo. Los ojos, la nariz y la boca desaparecen: yo no queda nada
humano". Al llevar al límite la inmediatez meramente física con una
realidad y no mitigarla con ninguna forma de distancia de perspectiva, no podemos conocerla, porque no captamos
su conjunto, la relación que tiene con otras realidades, el juego que hace en
su situación. Ello explica que, vistas de esa forma, las realidades del
entorno, incluso las más familiares, se desdibujen y adquieran un aspecto
extraño y temible:
"Veo una carne insulsa que se expande y
palpita con abandono. Los ojos, sobre todo, vistos de cerca son
horribles..." "...El conjunto me da una impresión de algo ya visto
que me embota: me deslizo lentamente hacia el sueño" "Lo que me
despierta bruscamente es que pierdo el equilibrio. Me encuentro a horcajadas
sobre una silla, aturdido todavía".
Louis Lavelle acertó a destacar en su obra L´erreur de Narcisse el hondo significado
del mito narcisista. Narciso quiere mirar su figura en las aguas de una fuente
que mana sin cesar y, al no aquietarse, no devuelve nítidas las formas. La meta
del enamorado de sí mismo es convertir la vida
bullente en mero espejo.
"Narciso
es un espíritu que quiere darse a sí mismo en espectáculo. Comete el pecado
contra el espíritu de querer tomarse a sí mismo como toma los cuerpos; pero no
puede llegar a ello y aniquila su propio cuerpo en su propia imagen. Esta
imagen lo atrae y fascina: lo aparta de todos los objetos reales y no tiene al
fin ojos sino para ella".
"El
crimen de Narciso es el de preferir, en definitiva, su imagen a sí mismo. La
imposibilidad en que se halla de unirse a ella no puede producir en él más que
desesperación. Narciso ama un objeto que no puede poseer. Pero desde que ha
comenzado a inclinarse para verlo, es la muerte lo que deseaba. Alcanzar la
propia imagen y confundirse con ella, esto es morir".
A mi entender, el error de Narciso consiste
radicalmente en autonomizar la vertiente sensible de su persona, fijar la
mirada en la mera figura y obstinarse
fascinadamente en fundirse con ella.
Este apego al halago inmediato frena insalvablemente el impulso que eleva al
hombre a las experiencias extáticas.
Ello explica que Plotino, preocupado en su Enéada primera, apartado sexto, por
conseguir la purificación que permite elevarse extáticamente a la fuente de
toda belleza, haga alusión expresa al mito de Narciso:
"... Al ver las bellezas corpóreas, en
modo alguno hay que correr tras ellas, sino, sabiendo que son imágenes y
rastros y sombras, huir hacia aquélla de la que éstas son imágenes. Porque, si
alguien corriera en pos de ellas queriendo atraparlas como cosa real, le pasará
como al que quiso atrapar una imagen bella que bogaba sobre el agua, como con
misterioso sentido, a mi entender, relata cierto mito: que se hundió en lo
profundo de la corriente y desapareció. De ese mismo modo, el que se aferre a
los cuerpos bellos y no los suelte se anegará, no en cuerpo sino en alma, en
las profundidades tenebrosas y desapacibles para el espíritu (...). Huyamos,
pues, a la patria querida, podría exhortarnos alguien con mayor verdad".
Con esta última cita de la Eneida (II, 140) de Virgilio, Plotino
sugiere que el auténtico hogar del
hombre debe ser buscado como una meta. Es la meta de las experiencias de éxtasis o encuentro. Queda ello de manifiesto cuando aclara a continuación
que el hombre ha de huir de los halagos sensoriales que amenazan con secuestrar
su libertad.
Recordemos el drama personal de Samuel
Beckett, Premio Nobel de Literatura. Luchó bravamente en las filas de la
Resistencia francesa contra los nacionalsocialistas, y celebró con entusiasmo
el día de la liberación. Poco después advirtió que la Europa libre era objeto
de una invasión interior, de
apariencia pacífica y benéfica, pero mucho más peligrosa y difícil de vencer
que la invasión exterior que había padecido.
La imagen desolada que ofrece el hombre cuando
es anegado por una oleada de frivolidad que lo despeña al grado cero de
creatividad en todos los órdenes fue plasmada certeramente por Beckett en Esperando a Godot. Resulta escalofriante observar que en esta obra apenas sucede nada,
pero presenta un carácter trágico
porque los protagonistas son incapaces de actuar y hablar con un mínimo de
sentido. En la actualidad, las formas más temibles de violencia no son las
espectaculares, las que muestran a las claras todo su horror; son las que minan
de forma paulatina y subrepticia la capacidad creadora del hombre y lo dejan a
merced de los afanosos de poder.
Si queremos ser en alguna medida libres,
debemos saber con toda precisión de qué modo se lleva a cabo la manipulación
ideológica. Lo veremos en la lección siguiente.
Dos hermanas jóvenes imponían en su familia su deseo de ver las
películas más eróticas que ofrece la televisión. Ni con súplicas ni con enfados
lograron sus padres modificar su actitud. Pero, un buen día, una de ellas
cambió de canal al comenzar una escena subida de tono. En el primer corte
publicitario, la madre se dirigió a ella y le dijo: "Estábamos viendo otra
cosa, ¿no?". La joven contestó: "Sí, pero a partir de ahora mi
hermana y yo nos negamos a ver esos subproductos. No queremos que nos dominen tan
fácilmente". Posteriormente, confesaron a sus padres que habían oído a un
conferenciante explicar la relación que hay entre la oferta de subproductos culturales que destruyen de raíz la
creatividad y el dominio espiritual
de las personas.
A base de las indicaciones hechas en esta
lección, ¿podría Vd. explicar a unos jóvenes cómo se realiza ese proceso de
destrucción? Intente mostrarles que la oferta al pueblo de productos excitantes
pero poco o nada creativos no lo hace más feliz pero sí más fácilmente dominable.
1.
Piense detenidamente si ha fundado en su
vida formas de unidad que merezcan el nombre de comunión. Analice los modos de unidad que suele crear a diario con
unas realidades u otras, y calibre su valor.
2.
Observe cómo la ruptura de la unidad
suele estar provocada por la tendencia egoísta al individualismo, y cómo las formas de unidad que instauramos no
tienen, a veces, una calidad mayor debido a nuestra falta de generosidad.
3.
Es muy útil aclarar las cuestiones
anteriores a base de ejemplos concretos, tomados de la experiencia diaria o de
obras literarias. Admire, en principio, la unidad que el protagonista de la
obra de Ernest Hemingway El viejo y el
mar sabía establecer entre él y los seres infrapersonales que le rodeaban
-el mar, los peces, los pájaros...-, y, seguidamente, compárela con el tipo de
unidad que implicaba la relación amistosa que tenía con Manolín, el muchacho al
que había enseñado a pescar. Recuerde cómo el buen anciano, derrotado por los
tiburones, volvió exhausto a casa y "notó lo agradable que es tener
alguien con quien hablar en vez de hablar sólo consigo mismo y con el
mar". "Te he echado de menos", le dijo al chico.
4.
Analizar cuidadosamente el texto del
poema dramático Yerma, de Federico
García Lorca, y precisar el tipo de unidad que se creó entre la protagonista
-Yerma- y su marido Juan. ¿Pudo responder la tragedia final a un fallo en la
relación mutua de los esposos? ¿Ofrece la obra algún dato concreto que permita
sospecharlo?.
5.
¿Qué tipo de unidad fundó Juan Salvador
Gaviota, en el relato homónimo de Richard Bach, cuando volvió a la
"bandada de la comida" que lo había rechazado y compartió con las
gaviotas indolentes el arte de volar que él había aprendido solo y con gran
riesgo?