El que plantea una cuestión con una táctica no
dirigida a descubrir la verdad sino a dominar a quien piense de forma distinta
juega con ventaja porque escoge el terreno de la lucha y dispone sus efectivos
del modo más conveniente para sorprender y cercar al adversario ideológico.
Si aceptamos un planteamiento demagógico, nos
enredamos desde el principio en la maraña de confusiones que teje el
manipulador para confundirnos. Aunque superemos a éste en preparación
intelectual, seremos dominados ampliamente por él. De ahí la necesidad de poner
en forma nuestra capacidad de captar al vuelo desde el primer momento los signos que delatan el carácter
manipulador de un planteamiento.
El manipulador suele plantear los temas de
forma parcial, unilateral, y precipitada.
1.
El que quiere dominar a cualquier precio,
sin dar razones que convenzan por su coherencia y luminosidad, reduce la
cuestiones planteadas a los elementos que favorecen la solución que él
defiende. Al plantear, por ejemplo, la cuestión del divorcio, presenta con tintes dramáticos un aspecto de la misma: el
hecho de que existen "matrimonios rotos" y es necesario que la
sociedad les ayude. Deja de lado, sin embargo, los daños que el divorcio pueda
causar a los hijos y el grave deterioro que, debido a las leyes divorcistas,
sufra la idea del matrimonio como una forma de vida estable y fecunda en orden
a promover la unidad de los esposos y dar vida y educar a nuevos seres.
El que piensa con rigor no admite un
planteamiento que deje de lado algún dato esencial de cada problema. Si tolera
esa amputación inicial, será llevado fácilmente a donde tal vez no quiera
llegar.
Actuar con rapidez aparece hoy a una mirada desprevenida como una
actitud positiva porque la imagen del campeón deportista que rompe marcas
gravita sobre la imaginación del hombre actual, sobre todo de los jóvenes, y
constituye una especie de telón de fondo sobre el cual son proyectadas y valoradas las
acciones de la vida cotidiana. Muchos jóvenes conducen por las calles la
motocicleta o el coche con aire deportivo, emulando a sus héroes de los
circuitos profesionales. Esta superposición de imágenes -la de una acción
realizada con rapidez y la del velocista que sube al podio de campeón- orla de
prestigio no sólo a los tipos de actividad que se realizan rápidamente porque
lo requiere su naturaleza sino también a aquellos cuyo modo de ser exige un tempo reposado. De esta forma se
glorifica la precipitación -que es un
modo de celeridad inadecuada-, el ilusionismo
-que utiliza la rapidez para deslumbrar y hacer posibles los juegos de
manos-, las explosiones revolucionarias -que
actúan de modo súbito y avasallador, con el fin de arrollar el pasado histórico
y edificar el futuro sobre el terreno calcinado-.
Esta triple glorificación de la prisa se basa
en la confusión de dos modos diversos de temporalidad: la del reloj y la de la
mente.
·
El tiempo que el deportista intenta
recortar al máximo es el tiempo objetivo del reloj, el que mide el movimiento
de los astros y sirve de algún modo para cronometrar los cambios realizados por
el hombre.
·
El tiempo propio de las actividades
mentales -sobre las que quiere actuar el manipulador- es un ritmo determinado por el hombre en el proceso
mismo del pensar, que no es un mero decurso temporal sino una actividad
creadora regida por una lógica interna. Imprimir un ritmo desorbitado a este
proceso equivale a someter a la persona pensante a la arbitrariedad de quien impone
esa celeridad desde fuera, sin tener en cuenta las exigencias internas del
pensamiento. Marcar un ritmo es decisivo en la táctica deportiva porque
significa llevar la iniciativa en la elaboración de las jugadas. Fijar al
pensamiento un ritmo tal que haga imposible pensar y razonar debidamente
implica dejar al hombre fuera del juego intelectual y someterlo a una dirección
exterior.
Es decisivo en estrategia no someterse al
ritmo del adversario. De ahí el riesgo que entraña la actitud pasiva de quienes
se inhiben ante los problemas y se mantienen a la expectativa, limitándose a
"verlas venir". Esta cómoda posición es presentada a veces por los
responsables como una actitud prudente,
pero, vista con la debida perspectiva, constituye la peor forma de temeridad, pues equivale a plantear la
batalla en el terreno del enemigo, que quiere batirse en clima de
precipitación. Al precipitar el modo de pensar, se puede desplazar al
adversario con la energía tosca del empellón. En cambio, si se adopta el tempo adecuado al recto pensar, suele
vencer solamente el que aduce razones más sólidas.
Conviene insistir en la idea de que el
pensamiento es una actividad propia de un ser vivo, es una manifestación vital
y, en consecuencia, plantea las exigencias propias de su tipo peculiar de
vida. Entre ellas figura el ajuste al ritmo adecuado. Un árbol no crece a
borbotones; un animal no se reproduce con ritmo de fábrica; un hombre no piensa
con velocidad de computadora. El pensar tiene su ritmo, y éste presenta
diversos matices según la rapidez mental de cada uno y su grado de formación.
Para mostrar de modo concreto las distintas
fases del planteamiento demagógico de un tema, aludiré a un caso bien conocido
del lector actual: la defensa de la ley
despenalizadora del aborto. No es mi intención aquí abordar el estudio de
este delicado tema, sino indicar algunos defectos de forma en el planteamiento que a veces se hizo del mismo. Es un
análisis metodológico más que doctrinal. Por supuesto, cualquier
persona o grupo puede sostener la idea de que es lícita la práctica
-restringida o general- del aborto si es
capaz de presentar razones que avalen su opinión. No es aceptable, en
cambio, sostener tal posición sobre la mera base de argumentos falaces y
recursos estratégicos que no resisten una mínima revisión crítica. Sólo si
adoptamos todos una actitud de absoluta honradez en los planteamientos, podemos
caminar hacia una meta convergente: el hallazgo de una verdad común.
Se propone una cuestión compleja de modo unilateral, destacando sólo los aspectos
que favorecen la opinión que uno desea imponer, y se procede con suficiente rapidez para que las gentes no adviertan
la mutilación que se ha operado. En el caso de la campaña a favor de la ley
despenalizadora del aborto suele destacarse en principio la vertiente sentimental: unas jóvenes se encuentran
con un embarazo no deseado y necesitan ayuda y comprensión. Se carga el acento
sobre el aspecto humano y lastimero del problema, exagerando si es posible las
cifras de personas afectadas y la magnitud de su desgracia. Se recurre, en casos, a anécdotas más o menos trucadas para revestir
todo el asunto de una capa de dramatismo.
Este descenso a la arena de lo concreto anecdótico es un recurso estratégico
muy eficaz en países más proclives al contacto humano que a la soledad de la
reflexión. Los pueblos poco cultivados en el análisis racional de los problemas
tienden a convertir las anécdotas en elementos de juicio.
Una vez conmovido el ánimo de las gentes por
la presentación efectista del problema humano, se pasa súbitamente, con
celeridad estudiada, a la presentación de las soluciones que se quiere proponer
e imponer. Se soslayan otros aspectos no menos importantes de la cuestión
debatida, por ejemplo el hecho de que, según la ciencia actual, la fecundación
de un óvulo constituye el primer momento del proceso de gestación de un ser
humano -o de varios-, de suerte que no sólo estamos ante el problema planteado
a la madre por un embarazo indeseado sino también ante la necesidad de no
exponernos a cometer una acción gravemente injusta.
Los proabortistas subrayan, de ordinario, el
hecho de que todavía la ciencia y la antropología filosófica no han sabido
determinar el momento en que puede afirmarse con toda propiedad que existe vida humana individual. Es cierto, pero
de ello no se deriva concesión alguna a favor del aborto. Desde antiguo se
sostiene que en caso de duda ha de favorecerse a la parte más débil. "In
dubio pro reo", se decía. Nuestra ignorancia acerca de los procesos
genéticos debe traducirse en prudencia, a fin de no cometer errores que puedan
ser calificados de atentados contra la
vida humana. El que haya dificultades para determinar el comienzo de la
vida personal individualizada no
indica que se dude de la condición humana
del proceso de gestación desde el instante en que se unen las células masculina
y femenina. El proceso de configuración de nueva vida que se inicia con un
ritmo sorprendente en tal momento da lugar a seres humanos si no es interrumpido por causas naturales o artificiosas.
De aquí se deduce que, si se quiere proceder
con un mínimo de rigor, deben ser los proabortistas quienes han de sentirse
obligados a probar que no existe vida humana
en el embrión o en el feto que desean someter a manipulaciones abortivas. El
que no es partidario de tal ingerencia está, obviamente, eximido de tal deber
pues su actitud es, por principio, de respeto absoluto al proceso de gestación en
todas y cada una de sus fases.
Como sucede siempre que se manipula, se tiende
también en la cuestión del aborto a simplificar el asunto, reduciéndolo al
aspecto que favorece la propia posición y las conclusiones que se desea sacar y
sancionar. Al hijo se lo deja relegado a un olvido estratégico. Sólo interesa
resaltar el grave problema de la madre, y a quienes cuestionan la ley abortista
se les atribuye expeditivamente una falta total de humanidad, sin atender a las
razones que puedan aportar. El temor a semejante acusación, tan gratuita como
severa, explica la existencia de muchas conductas medrosas en el tratamiento de
tan delicado asunto.
Una vez propuesto el problema de forma unilateral y precipitada, es fácil fundamentar en bases falsas la solución que
se intenta darle sin despertar demasiadas sospechas. En el caso de la ley
despenalizadora del aborto, las bases -en esquema- se redujeron a la frase
siguiente: "La mujer tiene un
cuerpo y debe poseer libertad para disponer de él y de cuanto en él
acontezca". Hoy día, estas proposiciones no son susceptibles de la menor
justificación. Quienes las proponen se ven incapaces de proceder en plan serio
y ofrecer razones sólidas que avalen su punto de partida. La filosofía más
penetrante de los últimos setenta años ha pulverizado todo empeño de considerar
el cuerpo humano como un objeto poseíble. Ningún antropólogo bien formado
filosóficamente se arriesga a escindir el cuerpo y el espíritu y aplicar el
verbo tener a la peculiar relación que guarda el ser humano con su cuerpo. El
verbo tener es utilizado aquí de forma extrapolada; se lo aplica a un tipo de
realidad que se halla en un plano superior a las realidades poseíbles, únicas a
las que está ajustado. Sólo se tiene aquello que se puede poseer. Afirmar que
la mujer tiene un cuerpo delata una tosquedad intelectual penosa. Supone un
modo de pensar desajustado, tosco, basto, primitivo, elemental, falto de toda
finura metodológica. Si los mejores pensadores dialógicos, personalistas,
fenomenológicos y existenciales tuvieran hoy noticia de que sobre tal frase se
intenta montar una ley que tiene una incidencia grave en la vida de los seres
humanos, se sentirían mortalmente decepcionados porque les llevaría a temer que
elaboraron en vano su ingente obra intelectual.
Ante la imposibilidad de ofrecer una
fundamentación auténtica, los promotores de la ley proabortista recurrieron a
una fundamentación trucada mediante los recursos de la estrategia del lenguaje,
a fin de presentar sus tesis como plausibles. En primer lugar, introdujeron el
término talismán "libertad" para crear un clima atractivo, luminoso,
abierto a una tarea tan positiva como es facilitar posibilidades a un ser
humano cercado por dificultades angustiosas. En este clima de expectación,
nadie espera encontrarse con algo reprobable, adustamente negativo, y no se
pone alerta. Sin embargo, el rasgo negativo se produce: el demagogo no duda en
rebajar la condición del cuerpo humano interpretándolo como algo poseíble. Para ello practica una vez más
el ilusionismo mental, la
prestidigitación. Con toda rapidez pone ante los ojos de la gente el aspecto objetivista que presenta el cuerpo
humano, que es mensurable, asible, delimitable, ponderable, situable en el
tiempo y en el espacio, y a la vez sugiere la idea de que este cuerpo, dotado
de tales condiciones, es un mero objeto.
He aquí la manipulación, porque un objeto
propiamente dicho, un objeto poseíble, como es un bolígrafo, un trozo de roca,
una silla, un leño -es decir: una parte de un árbol desgajada del mismo y
desvitalizada- ostenta las propiedades antedichas, pero de ahí no se puede
inferir que toda realidad que esté dotada de ellas se reduzca a mero objeto. El
cuerpo humano es una vertiente del ser
personal, como lo es el espíritu -si se me permite hablar en estos términos
gruesos, para entendernos rápidamente-. Tan personal es mi cuerpo como mi
espíritu. Y lo personal no es objeto de posesión y dominio. Por fortuna, ni la
mujer ni el varón tienen cuerpo. Son corpóreos. De modo semejante, es
impropio afirmar que se tiene esposa; se es
marido de una mujer. No se tiene un
hijo; se es padre o madre de una
criatura.
Que no se trata de una cuestión baladí -mero
juego "bizantino" con palabras- se advierte al considerar que la
fundamentación de una ley tan comprometida como ésta se apoya en la
tergiversación de los verbos ser y tener. Si destaco el aspecto objetivista del ser humano -lo que en
lenguaje vulgar se denomina su parte corpórea-
y dejo de lado el hecho de que este aspecto no es sino una vertiente del
conjunto personal humano, puedo
afirmar con aparente lógica que el
cuerpo es un objeto y el hombre tiene un cuerpo. Pero, a poco riguroso
que sea, debo reconocer que he cometido el atropello de tomar la parte por el
todo, lo que significa un envilecimiento del ser humano, una reducción
ilegítima de un conjunto a una de sus vertientes.
Este acto de violencia pasa inadvertido a buen
número de personas a las que impresiona el hecho de que el demagogo introduzca
un elemento que parece elevar a la mujer a una alta cota de dignidad. Al
considerar el cuerpo como un objeto, la mujer puede disponer a su arbitrio de él y de cuanto en él suceda. Disponer
implica libertad, libertad de maniobra.
De aquí se desprende el cuidado que debemos
poner en no dejarnos fascinar por lo que resulta atractivo y plausible a una
mirada desprevenida e ingenua. Estos elementos deslumbrantes tienen por función
encandilar al oyente a fin de que no repare en los escamoteos realizados. Si
nos resistimos a tal encandilamiento y reflexionamos, descubriremos que no es
legítimo afirmar que "la mujer tiene
un cuerpo", y lo mismo el varón. Cabe decir que el ser humano tiene un cuerpo en el sentido de que
puede realizar con él algunas de las acciones que lleva a cabo respecto a los
meros objetos: verlo, tocarlo, golpearlo, acariciarlo, limpiarlo, pesarlo... No
puede, en cambio, ser objeto de posesión
el cuerpo humano en cuanto forma parte integral de un ser personal que abarca mucho campo de forma difusa, posee
libertad, poder de iniciativa, intimidad, capacidad de abrigar convicciones de
diverso orden y atender a ideales. Ensamblado en este conjunto inaprehensible
que es la persona, el cuerpo humano desborda los límites de la figura que presenta a los sentidos y se
manifiesta como imagen de una
realidad que es inagotable porque está llamada a superar en todo momento los
logros ya obtenidos.
Esta necesidad de ir ampliando el horizonte de
la visión resalta cuando realizamos un gesto en el que interviene el cuerpo
como medio expresivo. Si te doy la mano y aprieto la tuya para indicar aprecio,
puedes retener la atención en los datos puramente objetivos y fijarte en el
grado de presión a que someto tu mano, o en las condiciones de calor, humedad y
firmeza que presenta la mía. Pero, al hacerlo, no dejarás de reconocer que
estás reduciendo a uno solo de sus planos un acto humano tan complejo como es el saludo. Mi mano -o mejor: todo mi
cuerpo, como elemento que sirve a mi persona de medio en el cual te encuentro y
saludo- no se reduce a temperatura, humedad, presión: es mi persona entera manifestándose a través de algunas de sus
vertientes. Precisamente por
ello, todo gesto realizado con el cuerpo y dirigido a un cuerpo reviste un
valor personal. Considerar el cuerpo
humano como mero objeto susceptible de posesión constituye un empobrecimiento
injustificable del hombre como persona.
Resulta, en consecuencia, del todo
injustificable filosóficamente que los movimientos feministas, llamados por
vocación a defender los derechos de la mujer, insistan en el derecho de ésta a disponer de su cuerpo. Lo hacen,
obviamente, con el fin de lograr una ganancia inmediata: la de presentarse como
adalides de la "liberación" de la mujer. La fragilidad de su posición
es delatada rápidamente por ellas mismas al rechazar la reducción de las
jóvenes bellas a meras figuras atractivas y su utilización como medios para
operaciones de propaganda comercial. Si una persona acepta que tiene cuerpo y puede disponer de él, queda expuesta a toda
clase de manipulaciones interesadas por parte de otros. El interés es el vínculo que une los actos de arbitrariedad de la
mujer y los actos de los demás.
Una medida coherente, bien fundada, hubiera sido
aplicar la segur a la raíz de los atropellos que se desea delatar y combatir: la reducción de la mujer a cuerpo, y la del cuerpo a objeto poseíble y disponible.
Pero este planteamiento radical les
parece a los espíritus avanzados excesivamente "conservador". Es poco
apto para realizar los malabarismos mentales y morales al uso. Sin embargo, es
la única vía adecuada para penetrar en el secreto del hombre, ese ser complejo,
el más portentoso del universo según el coro de la Antígona de Sófocles.
Cuando uno se esfuerza en analizar las
cuestiones con un mínimo de justeza, se pregunta cómo es posible que en
nuestros días se tomen decisiones cruciales para la vida de la sociedad sobre
bases ridículamente endebles e incluso falsas, dejando de lado cuanto la investigación
filosófica ha descubierto y destacado durante el último siglo. La respuesta,
lamentablemente, es desconsoladora. La eficacia de la actividad demagógica
arranca de la frivolidad, de la superficialidad en el uso de los términos y
esquemas, de la inconsistencia de los planteamientos, de la táctica de cerrar
los ojos a lo real y a toda la labor llevada a cabo por los buscadores de la
verdad. Para el que se ha propuesto introducir a ultranza una ley no
justificable por razones bien fundadas es más rentable limitarse a movilizar la
táctica de aplicar a la vida personal términos sólo adecuados a las realidades
infrahumanas.
Un tipo de manipulación semejante se está
dando respecto a dos cuestiones en las que se halla también en juego la vida
humana: el suicidio y la eutanasia. En una emisión radiofónica se
planteó recientemente este último tema con la siguiente pregunta:
"¿Tenemos derecho a morir libremente?" Poca preparación se requiere
para advertir que en esa breve frase se hallan hábilmente conjugados dos
términos o locuciones talismán:
"libremente" y "tener derecho". Tener derecho a algo significa disponer
de libertad para realizarlo. Ya estamos inmersos en el radio de acción del
vocablo talismán por excelencia: "libertad". A lo largo de la emisión,
con sus diversas preguntas y respuestas, se puso de relieve que se pretendía
fundamentar la supuesta libertad para
disponer de la vida -la propia y la ajena- en el hecho de que el hombre tiene vida y debe poder disponer de ella a su arbitrio. Ni una
vez se aludió siquiera a la necesidad de distinguir entre poseer algo como objeto y haberlo
asumido como un don. El hombre recibe la vida, la asume, se siente centro
de iniciativas, responsable de lo que
hace porque puede responder a las
apelaciones del entorno. Pero sentirse como un ser responsable, activo, capaz
de tomar opciones no equivale a considerarse dueño de la propia vida, como se es señor de un objeto.
Nos acecha aquí una forma de reduccionismo que envilece el concepto
mismo de vida humana. No todo lo que el hombre hace es un mero producto que pasa a engrosar el acervo
de sus posesiones. Un hijo no es producto de una acción; es fruto de un encuentro personal. Por eso
desborda a los mismos que se han encontrado y reciben el nombre de progenitores, no de productores. De forma semejante, no todo lo que uno es puede ser considerado como objeto de posesión. Yo soy un ser viviente,
personal, pero no cabe decir que tengo
vida, si tomo el vocablo tener en
sentido riguroso, como debe hacerse al tratar un tema en el que juegan ciertos
vocablos un papel decisivo.
Lamentablemente, estas reflexiones que
acabamos de hacer cuentan poco para quienes se dejan seducir por la fuerza emotiva que albergan los términos talismán, sobre todo cuando son
manejados con habilidad estratégica.
Una vez propuesta y fundamentada una cuestión
de modo estratégicamente unilateral, el demagogo se cuida de exponer su
pensamiento de tal forma que no queden al descubierto sus trucos. Moviliza para
ello los recursos estratégicos del lenguaje. Entre ellos resalta el de
tergiversar el sentido de ciertos vocablos y locuciones.
En principio, se evita hablar de
"aborto", ya que este vocablo presenta un sentido peyorativo, entre
otras razones porque muchos abortos involuntarios son causa de preocupaciones,
peligros y penas. Esta circunstancia dota a este vocablo, al hilo del tiempo,
de un matiz negativo. Al decir "interrupción voluntaria del embarazo"
-o bien, de modo todavía más impersonal, frío y críptico: I.V.E.-, se hace
aparecer el acontecimiento del aborto desde una perspectiva totalmente
distinta. No se alude a ser personal
alguno cuya vida esté en juego. Se trata solamente de interrumpir un proceso.
El término interrumpir parece en
principio inofensivo, y resulta adecuado para ejercer una función amortiguadora
del efecto repulsivo que produce la agresividad expresada por el término
"asesinato". El mero interrumpir
algo no da lugar de ordinario a un suceso irreparable.
El vocablo "interrumpir" alude más bien a un acontecimiento pasajero, que no afecta al núcleo
esencial de un proceso humano. Se ha comenzado algo y se detiene la marcha. Si
ambas acciones se realizan voluntariamente,
queda a salvo la libertad de la persona responsable, que es el bien supremo en
una sociedad que concede honores de talismán al vocablo "libertad".
He aquí, cómo, sin entrar en discusión, sin
aportar razones, sin esforzarse en plantear el tema con rigor, mediante un
simple cambio de palabras se ha conseguido situar un tema tan complejo y grave
como el del aborto en un plano de aparente
neutralidad ética. Una persona poco advertida creerá hallarse ante una
cuestión vulgar de la vida cotidiana, ante la cual se puede optar de forma
libre y despreocupada: "¿Qué cadena de la TV elijo?" Da igual, ya que
puedo cambiar sobre la marcha. No me planteo mayor problema, ya que se trata de
una elección sin importancia, éticamente neutra en principio, nada comprometedora
para nadie.
Se ha operado aquí, obviamente, una reducción
ilegítima de la significación de un acontecimiento humano, pues no estamos
ante una mera interrupción de un proceso de gestación, sino ante una intervención violenta que anula la vida
de un ser nuevo, distinto de quienes lo engendraron. El hecho de que tal acción
sea realizada de forma voluntaria no
indica que la misma sea libre, si
entendemos la libertad en sentido riguroso. Precisamente porque no se siente
libre interiormente para emprender tal acción, el hombre moviliza la táctica
del reduccionismo con el fin de paliar la violencia que late en el fondo de su
conducta. Al reducir algo de valor, se prepara el terreno para llevar a cabo
una agresión sin causar mayores sobresaltos.
Uno se pregunta a veces cómo es posible que en
naciones extremadamente sensibles a todo cuanto signifique cuidado de la
naturaleza, mimo a los animales, exquisitez en el trato social, se lleven a
cabo múltiples agresiones violentas a la vida humana naciente sin que ello
provoque una conmoción popular. El que arroja un papel al suelo, tira una
piedra a una ardilla que trepa por un árbol, pisa por descuido a un perro en el
autobús es considerado como un ser incivil y mirado con desprecio. Al mismo
tiempo, en hospitales espléndidamente dotados por el erario público se para en
seco cruelmente una vida que bulle de virtualidades y avanza con rapidez y
energía sobrecogedoras hacia la configuración plena de una persona humana -o
más de una- y el pueblo no se considera rebajado en su alta cota de civismo. Esta paradoja hiriente se explica -aunque no
se justifique- por el poder que tiene el lenguaje de trasmutar el sentido
profundo de los acontecimientos.
El escamoteo que acabo de señalar se realiza
dentro del radio de acción de otro truco ilusionista de mayor alcance: el
denominar, de modo pulcramente académico, "planificación familiar" a
lo que en muchos casos no pasa de ser una actitud de egoísmo individual compartido. Ya sabemos -y, en este punto, toda
comprensión y ayuda será siempre escasa- que a veces existen dificultades
insalvables que hacen recomendable espaciar los nacimientos o incluso
evitarlos. Pero no es menos sabido que el clima actual de hedonismo y ambición
convierte a veces en dificultad insoluble
lo que en otros tiempos se consideraba simplemente como una invitación al
sacrificio, la entrega y la dedicación. Cuidar un niño quita a los padres libertad de maniobra para realizar una
serie de pequeños proyectos diarios sumamente atractivos. Una persona
rectamente formada se cuida muy bien de no confundir una renuncia con una represión,
un sacrificio con una anulación de la personalidad. Renunciar
a una parte de nuestra libertad de
maniobra para realizar en la vida algo tan elevado como es dar vida y
educación a un nuevo ser personal, con todo lo que éste implica, no equivale a
cercenar nuestra auténtica libertad y nuestra posibilidad de realización como
personas.
El afán de dominio y el ansia de disponer de
todo que caracterizan al hombre actual inspiran una actitud de aversión
inconfesada al niño y de afición al animal. Un animal, por despierto que sea,
no evoluciona, no llega a mayoría de edad, no tiene capacidad de exigir un día
ciertos derechos, no tiene pretensiones de independencia. En buena medida, es
una realidad manejable, poseíble, canjeable. Con él no hace falta dialogar,
intercambiar opiniones, guardar los debidos respetos. Los diálogos con los
animales son, más bien, monólogos. En cambio, el ser humano reclama desde el
primer momento una actitud de respeto, colaboración, atención a su desarrollo
futuro. (Recuérdese que los mejores biólogos -pensemos, por ejemplo, en A.
Portmann- subrayan en la actualidad que el embrión y el feto no pueden
entenderse debidamente si no se tiene en cuenta su condición humana). Este trato deferente,
auténticamente dialógico, exige al adulto la renuncia a la voluntad de dominar,
de disponer de las realidades del entorno con el tipo de libertad con que se
manejan los objetos. Tal existencia implica toda una conversión espiritual, un
cambio de mentalidad y de actitudes, pues en la actualidad existe la tendencia
a confundir los intereses individuales
con la quintaesencia de la vida personal.
A la hora decisiva de proponer soluciones, los
demagogos se amparan en la tendencia de la mayoría de los seres humanos a
buscar remedios tajantes, rápidos y concretos, palpables y controlables, como
es controlable y manejable un proceso mecánico. Estas condiciones se dan en las
técnicas del aborto.
Las personas afectadas por la presentación
sentimental -incluso a veces melodramática- del problema (fase 1ª), serenadas
al advertir que el cuerpo humano es un objeto susceptible de dominio, posesión
y disposición (fase 2ª), están dispuestas a retirar sus escrúpulos, demoler sus
barreras intelectuales y morales, y aceptar como un mal menor la solución
drástica del aborto, visto edulcoradamente como una mera forma de interrupción
de un proceso que debe ser regido por las leyes de la "planificación
familiar" (fase 3ª). Con esta serie de medidas tácticas, el demagogo
consigue a) "desdramatizar" la cuestión del aborto planteándola en un nivel en el que son
perfectamente posibles diversas opciones; b) evitar el envilecimiento que
supone participar en un acto de violencia; c) dar una justificación racional a
dicha participación.
Conviene subrayar aquí un dato decisivo para
comprender la estrategia de la manipulación del hombre. El ser humano normal
rehuye verse envilecido a sus propios ojos. Tolera las agresiones externas con
mayor serenidad que el acoso interior de la propia conciencia. De ahí su
interés por buscar algún tipo de razones que justifiquen racionalmente sus
modos de conducta. La forma de justificarse ser totalmente falsa, pero el
manipulador -como buen ilusionista- se cuida de ocultar esa falsedad con alguno
de sus múltiples recursos tácticos.
Esta eficaz operación de cosmética espiritual
la realiza el demagogo sin haberse detenido a mostrar, y menos a demostrar,
en forma fehaciente que la solución propugnada por él es la mejor y la única
posible. Lo da sencillamente por supuesto, y lo hace de modo contundente y
autosuficiente para dar impresión de seguridad. Expresarse sin la menor
vacilación y apoyar el discurso en incisivos ataques a los adversarios -reales
o fingidos, en todo caso debidamente caricaturizados- es un arma estratégica de
primer orden porque incrementa al máximo la fuerza de convicción ante públicos
poco o nada cualificados. De ahí el nulo interés de los demagogos por elevar el
nivel cultural del pueblo y la calidad de sus experiencias espirituales. Puede
parecer, en casos, que el tirano fomenta la cultura popular. Analicemos con
rigor el tipo de cultura que promueve, y advertiremos que se trata de
experiencias de vértigo que amenguan
e incluso anulan el poder creador de las gentes.
No es ilógico sino perfectamente acorde a las
técnicas de la manipulación que en la campaña a favor de la ley proabortista se
eludiera el análisis de algunas vías de solución que resuelven el problema de
la madre satisfactoriamente, no provocan un enfrentamiento moral con el derecho
del niño a nacer, y abren horizontes de felicidad a matrimonios carentes de
hijos. Me refiero a la vía de la adopción.
A un pensamiento riguroso le resulta difícilmente explicable que en países
donde existen largas listas de espera para adoptar niños se insista únicamente
en la práctica del aborto como solución viable, se ponga en movimiento todo un
mecanismo oneroso de asistencia médica a las madres deseosas de abortar, se
promulgue una ley que vulnera las convicciones morales y religiosas de buena
parte de los ciudadanos y se rehuya elaborar una ley de adopción ajustada a las
circunstancias. Sólo se atiende a las razones -con frecuencia, especiosas-
aducidas para justificar la decisión de algunas mujeres a favor del aborto. Se
promueve con ello una libertad de
maniobra que no conduce a la felicidad de nadie. Al mismo tiempo se desoyen
las voces de quienes cifran su felicidad personal en la entrega de por vida a
un niño adoptado como hijo.
Tal incongruencia viene inspirada por el
olvido total del principal protagonista de este drama: el niño. No resulta fácil entender que personas tan sensibles
-según propio testimonio- a los derechos humanos dejen fuera de juego a aquél
cuya vida se halla en peligro debido precisamente a la orientación que ellos
mismos han dado al problema. Esta actitud no se explica sino por la necesidad
estratégica de plantear de forma unilateral
las cuestiones a fin de polarizar la atención de las gentes en un solo punto y
hacer posible una solución parcial: en este caso, la concesión a la madre de
una absoluta y drástica libertad de maniobra.
Al sobrevolar el procedimiento seguido por los
proabortistas, uno entra necesariamente en sospecha de que el planteamiento
sentimental-melodramático es puramente táctico y el verdadero propósito de la
ley no consiste tanto en resolver problemas humanos perentorios cuanto en
operar, a la larga, una transformación
radical de la actitud ética de las gentes.
Los recursos básicos para plantear una
cuestión de forma manipuladora -la "unilateralidad" y la
"precipitación"- son movilizados, asimismo, en otros intentos de
dominar al pueblo demagógicamente. Reseñemos dos, por vía de ejemplo, para
ayudar al lector a poner alerta su sensibilidad frente a este tipo de
atropellos solapados y arteros.
Las encuestas se realizan, en casos, de tal
manera que en la pregunta va prefijada la respuesta sin que los afectados lo
adviertan. Este ocultamiento resulta factible debido al desequilibrio que
existe entre la posición del encuestador y la del encuestado. A éste le conmina
aquél a responder inmediatamente, sin tomarse tiempo para reflexionar. El
encuestador, en cambio, tiene holgura para planear su estrategia y disponer sus
medios tácticos.
Un encuestador que pregunta a los transeúntes
a bocajarro si son partidarios de la censura tiene todo hecho actualmente para
recibir una respuesta negativa. Más de uno se sentirá incluso ofendido por la
pregunta. Hoy día se da por supuesto comúnmente que la censura es un
procedimiento aversivo y despreciable, porque los manipuladores se han cuidado
durante años de inculcar a las gentes la idea de que la censura se opone frontalmente a la libertad. Evitaron, por razones tácticas, distinguir formas
diversas de censura y de libertad, e investigar si es posible que alguna forma
de censura no sólo no se oponga a la libertad
creativa del hombre sino que la haga posible. Nada extraño que la sociedad
actual haya dejado el término censura fuera
de juego, por considerarlo como opuesto al término libertad y a los vocablos que, por afinidad con él, adquirieron el
carácter de "talismán".
Esto nos permite advertir que, con frecuencia,
los grupos poderosos recogen en las encuestas la forma de pensar que ellos
mismos han inoculado en el pueblo a través de los medios de modelación de las
mentes que les facilita el arte de manipular.
Una pregunta propuesta en un plano inadecuado
lleva a contestar de forma desajustada. Si una persona bien preparada se niega
a responder -para no caer en la trampa- e intenta reformular la pregunta, suele
irritar a quien se la ha planteado. "Aquí quien pregunta soy yo",
exclaman indignados algunos entrevistadores, sin caer en la cuenta de que
tienen derecho a guiar la conversación pero no a despeñar al entrevistado por
un barranco de incongruencias.
En una conversación radiofónica, alguien
preguntó a un renombrado cantante si le había sido rentable haber dedicado la vida a la ópera. "Por supuesto
-contestó el artista-. En mi carrera he tenido más satisfacciones que
decepciones. Me gano la vida haciendo lo que me gusta, ¿qué más puedo
pedir?" A ojos vistas, esta respuesta insuficiente es acorde a la
precariedad de la pregunta. Se habla en la entrevista del sentido que tiene para cada persona la profesión elegida. En tal
contexto, el término "rentable" resulta equívoco, debido a su
connotación económica y a su matiz interesado. Entendido en sentido lato, este
vocablo puede emplearse como sinónimo de gratificante, capaz de llenar una
existencia y compensar los esfuerzos y sacrificios realizados. El cantante pudo
muy bien interpretar que se le preguntaba si la vida consagrada al arte musical
operístico había respondido a sus expectativas y le había ofrecido
posibilidades para desarrollar su existencia del modo que él había previsto y
anhelado. La respuesta, sin embargo, se movió en el plano del puro interés individualista.
Se hubiera podido esperar de una persona tan
cualificada que aludiera al carácter creativo del arte musical, a las
oportunidades que ofrece de contribuir a elevar el nivel cultural de los
pueblos, enseñándoles a no quedar presos de las sensaciones auditivas, superar
el plano de lo meramente agradable y ascender al reino donde surgen los modos
más logrados de belleza. No se adentró en este campo extraordinariamente
sugestivo sin duda porque tomó el término "rentable" en su acepción
más restringida y mostrenca, la que prevalece en la mente de quien considera la
profesión como un medio al servicio de los propios intereses, no como una forma
de diálogo fecundo y enriquecedor con toda la realidad en torno. No dudo que
esta concepción del arte es compartida por el artista en cuestión. Si no la
dejó patente en su respuesta, fue debido, con toda probabilidad, al efecto
succionante que producen los planteamientos inadecuados.
Atendamos a esta clave: Uno de los secretos del
éxito en la vida de relación con los demás es estar alerta respecto al modo
como plantean las cuestiones, bien sea en un libro, bien en una conversación,
conferencia o discurso. Si aceptamos la perspectiva escogida por ellos sin
revisar -siquiera someramente- su adecuación al tema propuesto, seremos presa
fácil de los manipuladores, aunque les superemos en formación de corte
académico. El planteamiento desajustado nos arrolla con la fuerza de la lógica
y nos envuelve en un cúmulo de errores en cadena.
En una especie de encuesta radiofónica de gran
audiencia, se intentó clarificar hacia qué estado, soltero o casado, se
inclinaban los oyentes. La pregunta fue planteada de modo escueto y drástico:
"¿Es rentable casarse?" De nuevo volvió el término
"rentable" a orientar las contestaciones por la vía del sentimiento y
el interés. Resultó en extremo penoso oír algunas respuestas, totalmente
inadecuadas a la categoría personal de quienes las daban. Una conocida
periodista y escritora manifestó con tono exultante que ella había optado por
la vida de soltera porque siempre había sido partidaria de una libertad total,
y se sentía contenta de no haber tenido que soportar a nadie a su lado. En el
plano del puro interés individualista, el concepto de libertad se depaupera hasta límites de miseria espiritual. Ser libre se reduce -en esta
perspectiva- a no tener que ajustar nuestro ritmo vital al de un ser
complementario llamado a enriquecernos. En dicha emisión quedó patente que, si
se responde a una pregunta mal formulada, se equivoca uno siempre,
independientemente de lo que diga. Poco importaba, en el caso concreto de esta
emisión, que orientemos nuestras preferencias hacia un estado u otro. Si lo
hacemos sólo en atención a los intereses de nuestro yo encapsulado en una actitud
centrípeta, nos equivocamos de forma ineludible.
Los planteamientos desafortunados dañan a la
opinión pública, aunque de por sí no comprometan ninguna opción u opinión.
Provocan el descenso de las gentes a un plano de superficialidad, de poca exigencia
en el tratamiento de las cuestiones, y cierran la vía al esclarecimiento
verdadero de las mismas. Por otra parte, dado que sólo la verdad nos hace
libres, esta forma imprecisa de formular los temas nos aleja del ámbito en que
florece la auténtica libertad personal. Si ante una opción tan rica de
posibilidades de diverso orden como es contraer matrimonio, me limito a
investigar qué provecho sacaré de ello y qué relación habrá entre las ventajas
y los perjuicios que me acarreará, puedo estar seguro de que mi libertad de
elección está lejos de haber alcanzado la madurez correspondiente a un ser
personal.
Invito al lector a leer atentamente el testimonio dado públicamente por
el Dr. Berhard Nathanson, director durante un tiempo de la clínica abortista
más activa de Estados Unidos y convertido a la defensa ardiente de la vida en
el instante en que contempló, asombrado, la película de una intervención
abortista. Queda patente en estas manifestaciones que su planteamiento inicial
del problema que suponen los embarazos indeseados no se basó en el análisis
fiel de la realidad sino en una serie de recursos efectistas destinados a
persuadir a las gentes de que la práctica del aborto era la única solución
posible y debía, por tanto, ser socialmente aceptada.
"Yo fui uno de los fundadores de la
organización más importante que ´vendía´ el aborto al pueblo norteamericano.
(...) Nos sirvieron de base dos grandes mentiras, la falsificación de
estadísticas y encuestas que decíamos haber hecho, y la elección de una víctima
para achacarle el mal de que en Norteamérica no se aprobara el aborto. Esa víctima fue la Iglesia Católica (...). Cuando más tarde los pro-abortistas usaban
los mismos eslóganes y argumentos que yo había preparado en 1968, me daba
muchísima risa, porque yo había sido uno de sus inventores y sabía muy bien que
era mentira".
"Falsear las estadísticas. Es una táctica
importante. Nosotros decíamos, en 1968, que en América se practicaban un millón
de abortos clandestinos, cuando sabíamos que éstos no sobrepasaban los 100.000,
pero esta cifra no nos servía y la multiplicamos por diez para llamar la
atención. También repetíamos constantemente que las muertes por aborto
clandestino se aproximaban a las diez mil cuando sabíamos que eran doscientas
nada más, pero esta cifra resultaba demasiado pequeña para la propaganda. Esta
táctica del engaño y de la gran mentira, si se repite mucho, acaba
por ser aceptada como verdad"
El autor deja al descubierto algunos de los
procedimientos manipuladores seguidos en la campaña proabortista. En la lección
siguiente analizaremos algunos de ellos. Adviértase desde ahora la eficacia
siniestra que encierra la táctica de dar con todo descaro la cifra exacta de los abortos que se realizan de
modo clandestino. Esta incoherencia
era demasiado palmaria para que el gran público no se percatara de que se
trataba de un montaje interesado. Sin embargo, aunque nos resistamos a creerlo,
el hecho es que tal falsedad fue aceptada y difundida con una espontaneidad
proporcional a la contundencia con que era propalada por sus inventores.
Es sorprendente el poder que tienen para
imponerse a la opinión pública las cifras elevadas cuando son redondas e
impresionantes y encuentran una persona de prestigio que las ofrece con arrojo.
En España, el conocido novelista José María Gironella acuñó sin vacilación la
cifra de un millón de muertos al
hablar de las víctimas de la guerra civil de 1936. A su parecer, en dicha
contienda perecieron unas 500.000 personas a manos de quienes carecían de
auténtica vida humana. Si sumamos los muertos físicos y los espirituales,
ascienden a un millón. Los historiadores más solventes han demostrado, sin
embargo, que la cifra total de muertos fue inferior a 400.000. Pese a ello,
multitud de personas siguen dando por hecho que dicha contienda se cobró un millón de vidas...
Resulta humillante para la razón humana
constatar una y otra vez que los razonamientos y demostraciones de los
entendidos tienen mucho menor peso ante la opinión pública que las astucias de
los manipuladores. Con frecuencia, las gentes bien formadas desprecian tales
ardides por su baja calidad en todos los órdenes, y estiman que no vale la pena
concederles la menor atención. Se equivocan, porque la capacidad de arrastre -no de persuasión intelectual- que muestran es proporcional a su carácter
burdo, simple, incluso a veces zafio.
¿Podría Vd. señalar algunas actividades
actuales -programas televisivos, artículos periodísticos, anuncios
publicitarios...- que causan sonrojo a cualquier persona medianamente culta
pero seducen a las multitudes?
2.
Analice la forma en que suelen plantearse
temas tan complejos como el divorcio, el aborto, la eutanasia..., y vea si se
tienen en cuenta los diversos aspectos que cada uno presenta.
·
Con frecuencia, al defender la necesidad
de una ley divorcista, se deja de lado la posible repercusión negativa del
divorcio sobre los hijos.
·
Cuando se propugna una ley abortista,
suele destacarse el derecho de las madres a disponer de su cuerpo, pero no el
derecho del no nacido a vivir.
·
Los que desean que se legalice la
eutanasia subrayan la necesidad de reconocer la libertad del hombre para regular su vida y su muerte; pero no
aclaran a qué tipo de libertad se refieren. Hablan confusamente de libertad, y, como este vocablo goza hoy
de un prestigio indiscutible -por su condición de "talismán"-, dan a
entender a las gentes que los legisladores deben permitir a los ciudadanos
determinar libremente los límites de
la vida.
Esta manera de proceder ¿busca la verdad y,
por tanto, el bien auténtico de todos, o implica una forma injustificada de
manipulación?