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PrólogoEn una historia acelerada como la que hoy se vive, no cabe definir como novedad un fenómeno que se intuye en 1945, comienza su desarrollo a fines de los años sesenta y estalla en 1993, hasta llegar a constituirse en la actualidad juntamente con otros aspectos de la informática en un verdadero medio de comunicación social, con todas las grandezas y miserias que sabemos conllevan estos últimos. A estas alturas, acerca de Internet, sería fácil aventurar que se ha dicho todo. O casi todo. Y en cambio queda mucho por decir y mucho terreno por desbrozar, especialmente en lo que respecta a su anatomía y su fisiología, especialmente del crecimiento, las cuales están todavía en gran parte por hacer [1]. Un fenómeno arrollador y de enorme complejidad como el que nos ocupa ha llevado y sigue llevando, de manera creciente consigo la redacción de cientos de libros y de miles de artículos. En gran parte son resultado de un análisis global o de los varios aspectos de la red y están dirigidos a especialistas y al gran público, tanto desde el punto de vista global como en cada una de sus valencias (comunicativa, económica, cultural, educativa, lúdica, etc.), pero todos estos estudios, en su conjunto, parecen de alguna manera participar de lo caótico de un fenómeno necesitado, sobre todo, de orden y sentido. Es la vida misma la que dicta que sean el individuo y la sociedad quienes acusen directamente las consecuencias. El hombre de hoy, personas y grupos inmersos en la atmósfera de globalización que el presente vive, está corriendo verdaderos riesgos y no es el menor el de verse arrastrado por una vorágine que diluya su identidad histórica, espiritual y cultural, transforme arbitrariamente o peor aún, destruya su escala de valores. Estos estudios a los que hemos aludido, nos aparecen como dispersos, desordenados y lejanos, de manera que difícilmente ayudan e inciden en la madura reflexión de individuos y grupos sociales, los cuales muchas veces no saben qué pensar y de qué manera conjugar su cultura, personalidad, libertad y madurez personal o colectiva con la comunicación moderna en todas sus facetas. Quiero dejar aparte las reacciones de pánico o de aceptación ciega que se dan ante cualquier novedad en materia de comunicación y que suelen definirse como de «apocalípticos» e «integrados». A los estudios y artículos, publicados en los medios convencionales, hay que añadir los que la red misma produce y que son resultado de un autoanálisis y, a veces, autocrítica. El conocidísimo «profeta» de la comunicación contemporánea, Marshall McLuhan no recuerdo en que obra suya, pero no creo equivocarme nos recuerda que la tecnología electrónica favorece y estimula la unidad y el interés en conocer y por tanto el crecimiento y el desarrollo. En el fondo no hace más que repetir el «ABC» del pensamiento de la Iglesia católica en materia de comunicación en general y de comunicación social, en particular, que ve en dicha comunicación y en sus medios: razón y ocasión de unión de todos («comunión») y de «progreso»[2]. La Iglesia es optimista porque es «experta en humanidad» como decía Pablo VI y cree indefectiblemente en la capacidad que el hombre posee para transformar la novedad en alimento para su propio crecimiento. Sería ingenuo ignorar los riesgos de «deshumanización» en esa realidad nueva que debiera configurar precisamente una humanidad renovada y de mayor madurez. Riesgos a los que las agencias de sentido (familia, escuela, iglesia, etc.) deben hacer frente con sentido de responsabilidad inabdicable. Un discípulo y colaborador de McLuhan (Gilbert Seldes) nos facilita un esquema útil y que, en general, nos parece válido acerca de las características de la electrónica y de Internet: Requiere un mínimo de educación. Muchas veces se experimenta en compañía. Se consume en dosis abundantes. Se difunde rapidísimamente. Es muy difícil un análisis, una observación ulterior. Su producción puede ser muy cara, pero para el consumidor es muy asequible. Se crea para la mayoría. Son afirmaciones bastante certeras, sencillas y con mucha trastienda. Aunque sutiles son quizás la razón de que uno de los mayores teóricos de la negatividad de estos medios afirme que los mismos «hablan más al cuerpo que a la mente»; sería como decir que potencian más nuestros reflejos que nuestra reflexión y por tanto su función sería prioritariamente deshumanizante. ¿Será ello verdad? ¿Es que debemos resignarnos a un proceso, más o menos lento y progresivo, de deshumanización? Nosotros, repito, somos y deseamos seguir siéndolo optimistas: el humanismo cristiano nos obliga a ello. Creemos que toda realidad, como toda moneda, tiene una cara y una cruz. No somos ingenuos y sabemos los riesgos que la vida encuentra, y también sabemos que la mayoría de las veces repito se puede hacer de necesidad virtud y que los peligros son reconducibles. Lo que quisiera es dar a entender, sin pretensiones de voluntarismo, que todo avance o progreso científico y técnico es polivalente y que el hombre posee en sí la capacidad de extraer toda la positividad del mismo, y, si es el caso, de reconducirlo al servicio de la humanización, para el bien de los individuos, de los grupos armónicos y de la sociedad entera. Pero esto no se improvisa. Hacen falta voluntades y esfuerzos grandes que sepan separar el trigo de la paja, analizar, poner orden, saber mostrar «el rostro humano» de un fenómeno colosal que es el paradigma de la fase histórica que se abre. Ésta es la razón por la cual el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales haya querido dirigirse al Ámbito de Investigación y Difusión María Corral, cuyos probados servicios al permanente esfuerzo de construcción de un humanismo cristiano no se discuten, para que hurgara en esta realidad semi-nueva, recordara la responsabilidad que corresponde a las agencias de sentido antes aludidas y ayudara, serenamente, a transformar el caos en esperanza. Fruto de esta provocación es el SOI (Servicio de Observación sobre Internet) y una pequeña muestra de su aplicación es este mismo libro. El actual desarrollo de Internet sigue planteando muchos problemas. La red, que es sin duda un formidable instrumento para la difusión de la información, la promoción de los valores y la extensión del sentido participativo, está todavía en manos de muy pocos; son muchos todavía los excluidos de las potencialidades educativas, sociales e incluso comerciales de la red. Otros problemas contemplan aspectos éticos, otros los derechos de autor, y un largo número de etcéteras. A todos ellos el SOI contribuye y contribuirá a dar una respuesta competente y serena. Una muestra está en los artículos que siguen. ¡Gracias SOI! ¡Gracias a todo tu excelente equipo de colaboradores! Y muchas felicidades por los cien primeros boletines recientemente alcanzados y por los que seguirán. Enrique Planas Consejo Pontificio para
las Comunicaciones Sociales. [1] La idea inicial, de lo que luego sería Internet, parece haberla tenido el profesor Vannevar Bush, vicedirector del Instituto Tecnológico de Massachussets; no pudo realizarse parece ser que por falta de «tecnología». Encontró los medios de financiación necesarios hacia finales de los sesenta en la Advanced Research Progets Agency (ARPA), agencia de investigación vinculada al «establishment» militar estadounidense, la cual, en 1969, tomó la decisión clave de actuar el primer nudo de una red sin autoridad central. Internet vio sus primeras realizaciones en un terreno prioritariamente científico y cultural en 1981 gracias a Ted Nelson, con el proyecto Memex. Un joven estudiante norteamericano, Marc Andreesen, ya en 1993, realiza y difunde gratuitamente Mosaic, el primer programa que consiente «transmitir» y «ver» textos e imágenes y con ello permite y provoca la expansión mundial del fenómeno). [2] (Cfr. Communio et progressio, 1). |
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