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SANTO TOMÁS FRENTE AL DUALISMO MANIQUEO
Hace algunos años, estando vigente la polémica que precedió
y siguió a la Encíclica Humanae Vitae de Paulo VI -que
reafirmó la enseñanza tradicional sobre los fines del matrimonio-,
los partidarios de que se reconociese la licitud moral de métodos artificiales
de anticoncepción daban por superada y removida la moral matrimonial
contenida en la Encíclica Casti connubi de Pío XI y en
sucesivas alocuciones de Pío XII en aquella misma línea, y que
fue confirmada, precisamente, por aquella Encíclica de Paulo VI.
Argumentaban en contra de la enseñanza tradicional, que señala
como fin primario del matrimonio la procreación y educación
de los hijos y afirma que la unión íntima y la entrega personal
de los esposos por el amor conyugal son un fin que, por su misma esencia,
se ordena a la generación de los hijos. ¿No hay en esto -se
preguntan algunos- un contagio de mentalidad maniquea, con su horror al cuerpo
como algo constitutivamente malo? ¿No se considera, así, la
unión sexual como algo sólo tolerable en orden a la generación?.
Si tenemos presente lo que hemos leído en Santo Tomás en la
Aportación anterior, "Naturaleza humana y generación",
en la que vimos una afirmación tan clara de la dimensión positiva
y perfectiva de la felicidad humana, del deleite de la unión de los
sexos -que Santo Tomás reconoce hubiera sido más intenso en
estado de inocencia que en el estado de naturaleza caída- podremos
sospechar que nos desorientamos si nos dejamos arrastrar por malentendidos
semejantes.
La hostilidad maniquea al matrimonio es una de tantas actitudes proféticamente
denunciadas por el Apóstol Pablo: "El Espíritu abiertamente
dice que, en tiempos posteriores, apostatarán algunos de la fe dando
oídos a espíritus engañosos y a doctrinas de demonios,
inducidos por la hipocresía de algunos impostores... que proscribirán
el matrimonio" (Iª Tim. Cap. 4, 1-3).
Hay que recordar lo que fue el maniqueísmo y cuáles era sus
criterios y actitudes en materia sexual, si lo hacemos, podremos constatar
que, en el corazón mismo de su prohibición del matrimonio estaba
la hostilidad a la generación humana. San Agustín, convertido
a la fe cristiana después de haber experimentado la actitud de los
maniqueos, expresa su indignación contra su hipocresía: a sus
adeptos, a quienes no prohibían la unión con mujeres, les enseñaban
a conocer los tiempos en que se podía proceder a la unión con
la mujer sin "riesgo" de generar hijos:
"¿No sois vosotros quienes consideráis que la generación
de los hijos es un pecado mucho más grave que la unión de los
sexos, ya que por la generación el alma queda ligada a la carne?...¿No
sois vosotros quienes nos aconsejabais que nos abstuviésemos del comercio
sexual durante el período en que la mujer es más apta para engendrar
para evitar que el alma quedase así atada a la carne? Las nupcias unen
al hombre y a la mujer por causa de la generación de los hijos... no
es un matrimonio donde se procura que la mujer no sea madre, por lo cual,
ciertamente, prohibís las nupcias y no podéis defenderos de
este crimen que ya fue profetizado de vosotros por el Espíritu Santo"
(De moribus ecclesiae catholicae et de moribus manicheorum, Lib. II,
párrafo XVIII).
El texto de San Agustín nos patentiza que la "carne" a la
que no querían ligarse los maniqueos significa, precisamente, la naturaleza
humana creada por Dios y que la libertad del espíritu que querían
mantener evitando la generación de los hijos estaba definida por la
hostilidad a la naturaleza y a sus leyes. La "libertad del espíritu"
en que querían mantenerse los maniqueos era el enfrentamiento al carácter
natural del amor con que los padres aman a los hijos que han engendrado.
Que tal era la orientación de la antítesis entre "espíritu"
y "naturaleza" en los maniqueos se nos hace patente en la argumentación
de San Bernardo frente a los primeros cátaros, cuya hipocresía
denuncia con estas palabras inequívocas:
"Fingen creer que no hay impureza sino en el matrimonio, cuando sólo
el matrimonio hace que el coito no sea torpe" (Sermón sobre el
Cantar de los Cantares nº 56, "De los errores de los herejes").
Los testimonios de San Agustín y de San Bernardo nos revelan una mentalidad
enfrentada a la naturaleza creada por Dios y a la Ley natural grabada en el
corazón del hombre. La "libertad del espíritu" se
ejerce en el enfrentamiento y hostilidad al orden puesto por Dios en el universo.
Que tal es la intención profunda de lo que llamamos "maniqueísmo"
se hace comprensible si atendemos tal como fue históricamente en la
secta fundada por Manes: se trata de una de tantas gnosis o "herejías"
que los Santos Padres frecuentemente distinguían del llamado "error
judío".
Éste consistía en reafirmar de tal manera la vigencia de los
Libros del Antiguo Testamento que se desconocía la novedad del Evangelio:
el carácter propio de la gracia redentora. Mientras los judaizantes,
que se llamaban a sí mismos "ebionitas", consideraban al
Mesías como un mero hombre y reducían a un horizonte terreno
el Reino Mesiánico, los herejes gnósticos rechazaban la venida
de Cristo en carne (cfr. Iª Iohannes 4, 2-3). Rechazaban el Antiguo Testamento,
los Libros de Moisés y todas narraciones referentes al Dios Creador
y Legislador, del que blasfemaban como tiránico y opresor. Entre las
gnosis, las hubo que daban culto a quienes, en el Antiguo Testamento, se habían
opuesto al Dios de Israel, Creador y Legislador: había entre ellos
adoradores de la serpiente del Paraíso ("ofitas"), adoradores
del fratricida Caín y también de los sodomitas (que por su pecado
contra naturaleza habían sido maldecidos y castigados por el Dios de
Israel).
Marción, en quien culmina este enfrentamiento antitético -su
principal obra lleva el título de Antítesis- caracterizaba
el Dios del Antiguo Testamento como omnipotente, tiránico y belicoso,
mientras que el Dios que había enviado a Jesucristo no tiene otra obra
sino el liberar al hombre, con Su bondad, frente al Dios de Israel.
Por el Adversus Haereses de San Ireneo, el Adversus Marcionem
de Tertuliano, y por todo lo que podemos conocer de los escritos de los gnósticos,
descubrimos en ellos una mentalidad común, dualística y antitética,
que muestra el parentesco de las gnosis, que toman forma de "herejía
cristiana", respecto de un tipo de concepciones filosóficas con
milenios de existencia que van tomando expresiones distintas según
la situación cultural y las concepciones religiosas entre las que se
manifiestan.
En este tipo de filosofías no se busca un principio unitario, sino
una o varias parejas de principios entre sí enfrentados. Se trata de
una dialéctica sin movimiento de superación sintética
de estos opuestos, que tienen un carácter fundante y absoluto. No se
busca, para explicar la realidad, un "elemento" unitario, sino una
pareja de "co-elementos" cuya correlación consista, precisamente,
en una oposición antitética insuperable. He aquí algunas
parejas afirmadas por los pitagóricos (v. Aristóteles Metafísica,
libro alfa, 986 a, 22-27): lo determinado y lo indeterminado; lo impar y lo
par; lo uno y lo múltiple; la derecha y la izquierda; lo masculino
y lo femenino; lo estático y lo en movimiento; lo recto y lo curvo;
la luz y las tinieblas; el bien y el mal; lo cuadrado y lo oblongo.
"Absolutizando" oposiciones en distintas regiones del ente y de
distinto carácter -contrarias, privativas, correlativas y aun contradictorias-,
esta actitud mental de la que han surgido "religiones" como el taoismo
(poniendo el yin y el yang) o el zoroastrismo (divinizando la luz y las tinieblas)
resurge en diversas situaciones culturales y así modernamente, por
ejemplo, la hallamos en el existencialismo sartriano (con el ser y la nada,
en la que la nada es lo que posibilita la libertad por ser, precisamente,
como "un agujero" en el ente).
Absolutizadora de lo inmanente y ambiciosa de una explicación omniabarcante
de la naturaleza y de la historia, esta mentalidad atraviesa hoy múltiples
dimensiones de la conciencia histórica y de la vida social, y la hallamos
presente en las "antítesis" que se expresan en el "conflicto
de generaciones" (en la familia y en el ámbito educativo), la
hostilidad y enfrentamiento de los "géneros" (con el machismo
y el feminismo), los conflictos revolucionarios entre estamentos y clases
sociales. Lo bueno y lo malo ha sido visto en lo burgués y lo noble,
después lo será entre el proletario y el burgués, aunque
no debemos tampoco olvidar que la misma antítesis entre lo bueno y
lo malo invertirá con frecuencia su sentido para encontrar expresiones
literarias que hablan de "las flores del mal" o recuerdan que "haciendo
el bien se puede hacer daño".
Las mentalidades "maniqueas" entienden el mal (contradiciendo la
doctrina de la Sagrada Escritura y en la Tradición cristiana, en especial
la doctrina de San Agustín y la de Santo Tomás), olvidando su
carácter privativo, como algo consistente y substancial, activo y eficiente
en cuanto tal, pero, por lo mismo, impotente para afectar al bien y, por la
especial dialéctica de antítesis sin superación, esta
mentalidad lleva por sí misma a reiteradas inversiones del sentido
de los opuestos. El pensamiento se instala en un monismo que no niega, sino
que se opone a la pluralidad, o se instala en un pluralismo que, por no fundarse
en un principio unitario del que participa, es un perpetuo combate contra
la unidad.
Esta mentalidad (la hipócrita radicalidad "moralizadora"
de las actitudes maniqueas) en que parece desarrollarse históricamente
el misterio de anomía de que habla San Pablo (II Tess., 7), o el espíritu
de seducción profetizado en la primera carta de San Juan (I Ioh., 6),
tiene como característica el olvido o negación explícita
del libre albedrío humano y divino. El contemporáneo lenguaje
alude constantemente a la permanencia inmutable de las actitudes "inmovilistas"
que supone, precisamente, no capaces de cambio, mientras absolutiza la positividad
del movimiento. En el torbellino de su dialéctica sin superación
de opuestos se ejercita en llamar malo a lo bueno y a lo bueno malo, en llamar
luz a las tinieblas y a las tinieblas luz y, por la conexión y continuidad
profunda entre la verdad, el bien y la belleza, esa anárquica mentalidad
viene a proclamar lo que las brujas en la tragedia McBeth: "Lo
hermoso es feo y lo feo es hermoso".
La hostilidad rebelde contra lo bueno viene posibilitada por aquella caracterización
que pone lo bueno en línea con lo estático, lo cerrado o lo
cuadrado, o lo determinado, es decir, no se conoce un bien difusivo de sí
mismo, donador por amor efusivo y participación en perfecciones en
los grados de ser, sino que lo bueno es constitutivamente incapaz de comunicarse
y de ofrecer posibilidades y aperturas. Lo bueno sería visto como inerte
y hostil a la vida.
Ya se comprende que, en el sofisma implícito que inmoviliza y priva
de comunicación a lo determinado y estable, se piensa siempre a partir
de cerrados univocismos que impiden, precisamente, toda participación
de perfecciones en la finitud y la multiplicidad. Insistamos en que la analogía
fue el camino recibido de Aristóteles y llevado a plenitud por Santo
Tomás que permite a nuestro lenguaje referirse al Dios Uno y eterno
como Viviente, como Amor efusivo, comunicador del bien participado en sus
criaturas. Un Dios pensado como el ente uno de Parménides no puede
ser comprendido como donador de perfección y bien a otros entes múltiples
y finitos. El Dios dominador de Marción no puede ser redentor por amor
misericordioso.
Francisco Canals Vidal
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