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UNIDAD
SEGÚN SÍNTESIS
VII. El
pensamiento racional al servicio de la Revelación
La
utilización de verdades filosóficas en la argumentación de la doctrina
sagrada, que Santo Tomás afirma con tanta decisión y claridad, es
realizada por él constantemente. No para realizar en esta ponencia siquiera
en esbozo, un desarrollo que abarque el entero edificio de su doctrina
sagrada, sino para llamar la atención sobre algunas corrientes de su
pensamiento en las que la filosofía contribuye muy decisivamente a la
elaboración del raciocinio teológico o en las que la Revelación misma
orienta e impulsa adquisiciones racionales que no hubieran podido ser
realizadas en otro contexto, formularemos algunas proposiciones. Su numeración
debe sólo servir para facilitar las referencias, pero no pretende, en este
caso, indicar un encadenamiento sistemático, que no es el objetivo de este
trabajo.
Será
oportuno recordar las palabras de Pío XII: "Lo conocido con certeza
por la filosofía antigua y por la cristiana ... no ha sido expuesto por
ningún otro Doctor de un modo tan lúcido, tan claro y perfecto ... ni
ninguno lo ha sintetizado en un edificio tan sólido como Santo Tomás de
Aquino" (Discurso a la Universidad Gregoriana, de 17 de julio de 1953;
AAS nº 45, 1953, pp. 684-686).
1.
"Yo soy Quien soy". Las
palabras dichas a Moisés por Yahvé, referidas en Éxodo 3, 14 ("Yo
soy Quien soy") sirven
de apoyo, en el sed contra, a la
afirmación de la existencia de Dios en S. Th. Iª, Qu. 2, artº 3º; y
también para probar que el nombre más propio de Dios es "El que
es" es, de nuevo, aportado el texto de Moisés. Tenemos, pues, un punto
de partida misterioso, trascendente y ambientado en el llamamiento a confiar
en la economía providencial de Yahvé en el punto de partida de lo que sería,
en la escolástica, la cuestión de la esencia metafísica de Dios.
Las
discusiones modernas sobre el sentido de este texto no invalidan lo afirmado
en el Catecismo (nº 213):
"La
revelación del nombre inefable, "Yo soy El que soy", contiene
esta verdad: sólo Dios ES. La traducción de los setenta y, seguidamente,
la Tradición de la Iglesia ya vieron este sentido al nombre divino: Dios es
la plenitud del Ser, de toda perfección. En cambio, todas las criaturas han
recibido de Él todo lo que son y todo lo que tienen, sólo Dios es Su
propio ser, y Él es, por Sí mismo, todo lo que es" .
En
la tradición tomista, la interpretación dada por Santo Tomás en S. Th. Iª,
Qu. 3, artº 4º, viene a culminar en el luminoso comentario de Domingo Báñez:
"Aunque
el mismo "ser", recibido en una esencia compuesta de sus
principios esenciales, sea especificado por ellos, sin embargo, por ser
especificado, no recibe perfección alguna, sino que más bien es deprimido,
y desciende a ser, de algún modo, por cuanto ser hombre o ser ángel no es
perfección absoluta.
Y
esto es lo que, frecuentísimamente, clama Tomás, y que lo tomistas no
quieren oír: que el "ser" es la actualidad de toda forma o
naturaleza, y que no se halla en cosa alguna como receptivo y perfectible,
sino como recibido y como perficiente de aquello en lo que es recibido; sin
embargo, el ser mismo, en cuanto que es recibido, es deprimido y, por
decirlo así, imperfeccionado"
2.
La caracterización del ser como acto permite a Santo Tomás, asumiendo la
doctrina de la escala de perfección de los seres recibida del Pseudo
Dionisio Areopagita afirmar la pertenencia a la perfección del acto
subsistente de ser de las perfecciones del vivir y del entender:
"Aunque,
si lo consideramos en su propio concepto, el ser es más perfecto que la
vida, y la misma vida más perfecta que la sabiduría, sin embargo, el
viviente es más perfecto que el que sólo es ente, porque el viviente también
es ente, y el sapiente es ente y viviente. Así, pues, aunque ente no
incluya en sí viviente y sapiente, porque no es necesario que todo lo que
participa del ser lo participe según todo el modo del ser, sin embargo, el
Ser mismo de Dios incluye en Sí la vida y la sabiduría, porque ninguna de
las perfecciones del ser puede faltar en el que es el Ser mismo
subsistente" (S. Th. Iª, Qu. 18, artº 2º,
ad tertium).
La
doctrina de Santo Tomás sobre el acto de ser como lo perfectísimo de todo
y lo constitutivo de la actualidad de toda forma, y lo determinante de la
escala ascendente de las perfecciones en las distintas regiones del ser,
escapa de los univocismos genéricos que sumergirían en lo horizontal de la
inmanencia las perfecciones del ser, del vivir y del conocer. La más
profunda manera de caracterizar la vida es desde la actualidad del acto de
ser, y la más perfecta y profunda comprensión de todo el orden del conocer
se da, precisamente, desde la afirmación de que el conocer es el vivir
propio de los entes que participan del ser de un modo más perfecto que los
no vivientes.
En
la comprensión de la Palabra revelada
"Yo soy Quien soy" alcanzamos, así, a entrever y a afirmar en
el misterio de Dios la plenitud de vida del que vive por los siglos de los
siglos, y también comprendemos que el propio Aristóteles caracterizase
como "vida eterna y divina" la actualidad pura de la intelección
que se entiende a sí misma.
3. "Mi corazón y mi carne
exultaron en el Dios vivo"
(Salmo 83, 3). Las fervientes palabras
del salmista son alegadas por Santo Tomás como argumento para demostrar que
Dios es viviente. Demostrada antes la inmutabilidad divina con argumentación
aristotélica- basada en que todo lo mutable es compuesto y se da en lo que
se mueve composición de potencia y acto, argumentación que se subsume bajo
la autoridad del Profeta Malaquías 3, 6: "Yo
soy Dios y no cambio"- las objeciones que dificultan la afirmación
sobre la vida divina se apoyan en aquella inmutabilidad. "Los vivientes
se mueven a sí mismos y a Dios no le compete el movimiento, luego tampoco
le compete el vivir". La
respuesta de Santo Tomás es:
"Hay
un doble género de acciones, las que permanecen en el agente y aquellas por
la que éste ejerce su acción en otro. Las acciones transeúnte son perfección
de lo movido, pero las que permanecen en el operante son acto del operante.
El término de movimiento se les aplica en el sentido diverso y análogo.
Las acciones inmanentes en el operante no son propias de lo que existe en
potencia, sino de lo que existe en acto" .
Acciones
como el entender pertenecen al ser del que entiende y, en Dios, hemos de
afirmar que son constituidas por el ser mismo de Dios. Por esto, Dios, por
lo mismo que es ser subsistente, es idénticamente su vivir y su entender y
amar.
Si
nos quedásemos en la aceptación de la objeción que el propio Santo Tomás
se plantea ignoraríamos que la quietud física es una determinación del
ente móvil y el movimiento en él siempre un acto de lo potencial que
adquiere el acto. La permanencia del acto en cuanto tal es totalmente
heterogénea con la quietud física. Si olvidáramos esto, confundiríamos
toda perseverancia en una convicción con la fijación de una idea obsesiva
y la persistencia en el propósito casi como una inercia enfermiza.
4.
Porque Dios es viviente en plenitud infinita es eterno. Por ser Dios
entender subsistente idéntico con su acto de ser, no podemos poner en él
transcurso sucesivo: donde la acción es el agente mismo, es necesario que
todo permanezca simultáneamente.
"Por
ello la vida divina no es sucesiva, sino totalmente simultánea, porque su
ser mismo infinito es vivir y obrar perfecto"
(Iª C.G. cap. 99). De esta eternidad de la vida divina es de la que estamos
llamados a participar en la bienaventuranza perfecta los ángeles y los
hombres.
5.
"Sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mat. 5, 48). "Bueno
es el Señor para los que esperan en él, para el alma que le busca"
(S. Th. Iª, Qu. 4, artº 1º y Qu. 6, artº 1º).
Si, etimológicamente,
perfección sugiere acabamiento de algo realizado, lo perfecto en cuanto tal
nombra la plenitud de la actualidad y del ser. Porque Dios es El que es, es
omniperfecto e infinitamente perfecto. Lo bueno es lo perfecto y lo
atribuimos a todo ente como una propiedad trascendental, que todo ente, en cuanto que tiene
ser participa, de algún modo, de perfección. La trascendentalidad del bien
es, en Santo Tomás, también la remoción de cualquier hipótesis errónea
y perversa que atribuya un carácter absoluto, subsistente y esencial a lo
malo en cuanto tal. El mal no es principio, ni substancia, el mal es
privativo. En los entes compuestos y finitos se puede dar como
accidentalmente causado, como se da la enfermedad como privación de salud,
o la pecaminosidad como deficiencia en la ordenación de los actos de los
sujetos libres creados a su propio bien y al bien del universo.
6.
Pero si bueno es lo
perfecto, como deseado en cuanto que todas las cosas apetecen su perfección,
con anterioridad fundante el bien primero y frontal ha de ser definido como
difusivo de sí mismo. Nuestro maestro Ramón Orlandis mostraba que lo que
fundamenta y orienta e impulsa con su atractivo de fin último a toda
potencia a participar de su acto, a todo ente personal a buscar su
felicidad, a toda operación a intentar realizar la perfección de lo
obrado, a todo sujeto cognoscente al conocimiento de la verdad, que es el
bien del sujeto cognoscente, es la comunicabilidad y participabilidad
ejemplar y final de Quien es acto puro e infinito. Así la bondad de Dios,
que no obra por indigencia ni necesidad alguna, sino sólo intenta comunicar
participativamente a las criaturas su propio bien es el motivo de la creación
y el fin del universo. San Agustín notaba que Dios no busca su gloria para
Sí mismo, sino para nosotros, a quienes aprovecha conocerle y amarle.
7.
Pero
erraría el pensamiento humano que postulase la necesidad de esta comunicación,
como si fuese una exigencia ontológica de la bondad divina. Hemos visto que
Santo Tomás se refiere al eterno Don, que es el Dios dado, la tercera
persona de la Trinidad, el Espíritu Santo como Amor personal eterno, como
Aquel cuyo conocimiento por la fe nos libra del error emanatista de un
descenso escalonado y necesario a partir del bien primero.
En
la espiración eterna del Amor personal se nos revela el sentido pleno de la
afirmación bíblica de que Dios es Amor.
8.
"En el principio era el Verbo ... en Él estaba la Vida, y la Vida era
la Luz de los hombres"
(Ioh. 1, 1). La revelación cristiana tiene, a la vez, su punto de partida y
su culminación al comunicarnos Jesús, el Cristo, el Enviado de Dios Padre,
que "Yo y el Padre somos una misma cosa". Y de Quien habla así de
Sí mismo afirma el Evangelista: "En el principio era la Palabra, y la
Palabra era junto a Dios, y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria cual la del Unigénito
del Padre, lleno de gracia y de verdad". "Nacido del Padre antes
que todos los siglos". De
Quien habla así el Evangelio profesamos creer que es Vida eterna, de la
misma naturaleza que el Padre, nacido del Padre.
San
Agustín afirmó que por lo mismo le llamamos Verbo que Hijo. Subsumiendo a
la Palabra revelada la reflexión sobre la vida íntima del espíritu
humano, que San Agustín entendió ser imagen de la divina Trinidad, se llegó,
por Juan de Santo Tomás, a poner en claro como un presupuesto filosófico
de la teología trinitaria, la naturaleza locutiva de la vida de la
inteligencia.
Esquemas
inadecuados y apoyados en argumentaciones "accidentales" y que no
alcanzan a contemplar la naturaleza del espíritu en su ser y en su vida íntima,
contraponen de tal modo el verdadero conocimiento, que se reduce a la inmediatez intuitiva, al lenguaje mental, que todo el orden del juzgar por conceptos queda radicalmente descalificado como falto de referencia viva a la realidad. Es obvio que, si concediésemos como válidas las objeciones
que se apoyan en tales perspectivas, "no habría más de qué
hablar". Todo aquello de que se habla o escribe es, por definición,
inconexo con lo real o existente. La vaciedad de un lenguaje vacío sería
la propia del lenguaje, y no habría que esperar nunca de la palabra humana
una referencia significativa por la que pudiese ser en verdad expresiva de la
verdad de las cosas que son y de la verdad del ser o del deber ser de la
vida humana. Ninguna normatividad ética o jurídica, por más que se
quisiese expresar con claridad y coherencia, podría tener nada que decir,
ni para el conocimiento de la realidad ni para el deber ser de la acción
humana.
Que
el conocimiento intelectual es, por su esencia, locutivo y el lenguaje en
que se enuncia el lugar propio de la verdad como lo manifestativo y
declarativo de lo que es, es algo indudable e inequívocamente afirmado por
Santo Tomás de Aquino. Recordemos, por ejemplo, algunos lugares, tal vez
demasiado poco atendidos: lo entendido, en quien entiende, es la "intentio
intellecta" y el "verbum".
"Lo entendido, o la realidad entendida, se comporta como algo
constituido y formado por la actividad del entendimiento, ya sea el concepto
o la enunciación".
Juan
de Santo Tomás, al establecer en su curso teológico los presupuestos filosóficos
de la generación del Verbo, escribió:
"El
acto por el que el objeto es formado es la intelección; porque el
entendimiento, entendiendo, forma su objeto, y formándolo lo entiende,
porque, simultáneamente, al entender, forma el objeto, y es el objeto
formado y entendido, como si la vista, viendo, formase lo que ve, a la vez
vería y formaría el objeto visto" (Curso teológico, disp. 32,
artº 5º, nº 13).
Este
extraordinario texto, auténtica y fiel exposición del concepto que Santo
Tomás tiene del conocimiento intelectual, hace posible una revisión
radical del sentido de lo que Kant llama "revolución copernicana"
y de la génesis del idealismo trascendental. Tiene, por lo mismo, una
importancia decisiva en el plano de la fundamentación ontológica del
conocimiento. A nosotros, ahora, nos interesa constatar la continuidad con
que esta metafísica del
entendimiento es integrada por Santo Tomás en la comprensión teológica
del nacimiento eterno del Verbo de Dios, de la misma naturaleza de Dios que
lo genera.
Y
esta comprensión de la esencia del conocimiento, en el que quien entiende
emana de sí la palabra con la que habla de lo que entiende, como emana el
acto del acto, como el esplendor de la luz, y como la razón entendida del
entendimiento en acto, la asume Santo Tomás en la comprensión
del misterio de la eterna generación del Verbo, es obvio por cuanto
afirma que:
"Es
necesario que Dios exista en Sí mismo como lo entendido en el que entiende.
Pero lo entendido en el que entiende es la "intentio" entendida y
la palabra. Así, pues, en Dios, que se entiende a Sí mismo, es el Verbo de
Dios como el Dios entendido. Por esto se dice, en Ioh. 1, "la Palabra
era junto a Dios" (IV C.G. cap. 11).
9.
"Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza".
La síntesis elaborada por Santo Tomás de Aquino, con la admirable
continuidad en que viven en ella, plenamente integradas con lo recibido de
Aristóteles, las aportaciones de San Agustín, quedaría siempre
incomprendida si no se advirtiese el puesto central que en ella tiene la
metafísica del espíritu que el gran Doctor elaboró en su tratado
De Trinitate que contiene, con la etapa más decisiva en la elaboración
de la teología sobre la Santísima Trinidad en Occidente, también una
profunda y originaria entrada reflexiva sobre la vida del espíritu humano.
San
Agustín juzgó la mente, el alma humana comprendida en su dimensión de
interioridad y espiritualidad, como la imagen de la vida divina trinitaria.
El tema se desarrolla en etapas distintas, de las que a nosotros nos
interesa atender especialmente a dos, que interpretamos según la doctrina
que Ambroise Gardeil, O.P. expuso en su estudio L´Estructure
de l´âme et l´experiènce mystique.
La
mente o espíritu tiene tres dimensiones en su mismo ser: mens, notitia,
amor. Estas tres dimensiones son, en el espíritu, lo que el modus, species
y ordo en toda realidad en cuanto buena. Lo bueno es algo que tiene ser, y
lo tiene concretado y delimitado por sus causas materiales y eficientes, que
tiene esencia, por la que difiere de cualquier otra realidad, y que tiene
ordo y pondus, orden y peso, inclinación a adquirir aquello a que tiende si
está todavía en potencia para ello y también a comunicarlo en la medida
que ya posee un acto en perfección.
Lo
que el modo, especie y orden es en todo ente es la mente -la substancialidad
espiritual-, la notitia -la constitutiva y radical capacidad de
auto-conciencia que la hace apta también para conocer lo otro- y el amor
-entendido aquí no como un acto concreto de unión afectiva o de elección
de determinados objetos queridos, sino como el constitutivo dinamismo de la
substancia espiritual hacia la participación en el bien y la complacencia
en el mismo, anterior y fundante respecto de cualquier consecución de un
bien concreto.
Pero
hay todavía, en el hombre, una imagen más expresa, más desarrollada, de
la divina trinidad: la memoria, la inteligencia y la voluntad son sus
dimensiones. Aquí, por memoria, no entendemos todavía el acto de recuerdo,
sino aquella auto-conciencia, constitutiva de la actualidad del espíritu,
en la que puede ejercerse el recuerdo como memoria que pone en el presente
de la conciencia lo pasado. La memoria de sí mismo, la auto-conciencia, la
posesión de sí mismo, aquello por lo que cada uno de nosotros se sabe
existir, y por lo que es capaz de nombrarse por el pronombre personal
"yo", es ella misma radical respecto del recuerdo y de la expectación
del futuro -ya que no podríamos estar previendo y esperando la vida en los
momentos del tiempo posteriores al ahora sin aquella posesión de nosotros
mismos-. Por esto, San Agustín, hablando del tiempo desde esta perspectiva
de la memoria del espíritu, dice de él que es "quaedam distensio
animae".
Dada
la estructura potencial del alma humana, el hombre puede estar en vigilia o
en sueño, pero sólo en cuanto el hombre que se posee a sí mismo en acto
en la memoria está en el ejercicio actual de su ser de sujeto cognoscente y
moral.
Esta
posesión de sí, Santo Tomás afirma que no es otra cosa que el subsistir
algo en sí mismo. Cuando me siento existir, el acto de ser no es una
representación imaginativa o conceptual, sino el acto mismo que actúa en
la substancia individual humana. Por esto, Santo Tomás habla de una "cognitio
de animae sucundum quod habet esse in tali individuo" (De veritate, Qu.
10, artº 8º, in c.). De esta memoria de sí mismo -en la que están la
mente, la noticia y el amor- surge la inteligencia, afirmó San Agustín y
reafirmó, con completa fidelidad al mismo, Santo Tomás.
La
facultad de entender las cosas en su esencia, y de percibirlas en su
singularidad por la continuidad con las facultades sensibles que pertenecen
al alma intelectiva, y de juzgar acerca de ellas, especulativa y prácticamente,
la capacidad de conocer, en su triple dimensión teorética, práctica y
factiva o artístico-técnica, se origina de la memoria de sí mismo. Un
ente, si no tuviese la constitutiva aptitud para ser consciente de su ser,
no podría abrirse en horizonte abierto infinitamente a "lo otro",
ni sería un sujeto capaz destinado a describir en sí el orden del universo
y de sus causas.
La
voluntad, la facultad de querer, cuyo acto plenario y máximamente
perfectivo es el amor interpersonal, en el que el hombre está llamado nada
menos que a la correspondencia al amor que Dios le ha tenido, también se
origina de la memoria. Sería una decadencia y una ausencia de interioridad
pensar sólo que la voluntad sigue al entendimiento -entendiendo que el
deseo o la elección de un objeto determinado presupone el conocimiento
intelectual del mismo- si olvidamos que "la voluntad no procede
directamente de la inteligencia, sino de la esencia del alma, presupuesta la
inteligencia", afirmación de Santo Tomás fidelísima al pensamiento
de San Agustín. El ordo realizado y actualizado plenamente del ente
personal no puede ser visto como si tuviese su fundamento último en la
apertura del sujeto cognoscente al mundo objetivo, sino como siendo la
realización del orden que se arraiga y sigue al ser de la mente humana,
aquel ser que le da inmediatamente la auto-conciencia personal, y en el que
radica el que emanen del yo las facultades de intencionalidad objetiva.
10.
El texto
de Santo Tomás en S. Th. Iª, Qu. 32, artº 1, ad tertium, que antes he
citado, no podría invocarse para afirmar, en un sentido absoluto, la
imposibilidad de alcanzar racionalmente la verdad acerca de Dios, Creador
libre del universo, pero sugiere, por lo menos, como una cierta necesidad
moral, es decir, el reconocimiento de que podría resultar moralmente
imposible concebir la causalidad divina creadora sin haber podido alcanzar,
por la fe, que "todas las cosas fueron creadas por Él, y sin Él nada
se hizo de cuanto fue hecho", siguiendo a la proclamación de que
"en el principio era el Verbo, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo
era Dios".
La
eficiencia creadora divina puede concebirse, por el hombre, sólo a partir
de una causalidad eficiente no natural, sino "artístico-técnica",
según "palabra mental", aunque removiendo la necesidad de una
materia preexistente a la acción del artífice, necesaria en toda
causalidad creada, e impensable en la causalidad creadora.
El
texto de Santo Tomás tiene la audacia de referir la posibilidad de la fe en
la causalidad divina libre -que
da todo el ser a las criaturas sin que se presuponga necesidad alguna en la
línea de una "emanación", como ha sido característico de tantos
momentos del pensamiento filosófico- al reconocimiento de la poiesis divina, como siendo el ejemplar supremo de una causación meta
logou, es decir, "por la Palabra" y "según la
Palabra". El hecho histórico de que la doctrina de la Creación no ha
surgido inicialmente sino en un contexto bíblico y el que la tradición
cristiana haya visto como por lo menos insinuado el misterio del eterno
nacimiento del Verbo, incluso en los Libros del Antiguo Testamento, y en el
propio Génesis, inclinaría a interpretar la profunda sugerencia de Santo
Tomás en el sentido en que lo hemos hecho y que tenemos por obvio.
En
cuanto a la afirmación de que la fe en la procesión del Espíritu Santo
como Don eterno del Amor divino libera al pensamiento humano de la tendencia
a atribuir la Creación a una comunicación necesaria a modo de emanación
descendente desde el Bien supremo a los bienes revelados del universo,
parece claro, también, que sugiere una comprensión muy profunda de la
afirmación de Santo Tomás que, mientras pone en la liberalidad
comunicativa del bien divino la causa de la Creación del universo de los
bienes finitos, subraya, con la mayor energía, la total contingencia de
esta comunicación del bien al universo, no sólo en la línea de la
eficiencia, sino, precisamente, en la línea de la causalidad final. La
bondad divina es el fin a que Dios ordena el universo entero, pero la bondad
divina no es un fin a adquirir por Dios, sino un fin a comunicar a las
criaturas llamadas a participar del bien divino.
Santo
Tomás llega a la más sublime especulación cuando sugiere que la fe en el
eterno Don del Amor personal, del Espíritu Santo, que no procede como
nacido, sino como dado, y en el que eternamente el Padre y el Hijo se unen
en este Don eterno y primero, que es el Amor subsistente y personal, que es
la persona e hypóstasis tercera de la Trinidad, libera nuestra especulación
de cualquier riesgo de suponer, en una línea u otra, una indigencia divina
en la comunicación del bien al universo creado. El acto creador es dador de
bien a la criatura, no adquisición de bien para Dios mismo, y ni siquiera
tendríamos que caer en la tentación de los panteísmos emanatistas de
forjar una necesidad metafísica de que el primer Bien realice su naturaleza
comunicativa en la causación de los bienes finitos. Diríamos que Dios
"antes de ejercer su liberalidad en la causación de bienes
contingentes, la ha ejercido eternamente en la integridad de su ser, en la
eterna espiración del Amor divino del Don eterno que es el Espíritu
Santo".
11.
"Oye, Israel, Dios, el Señor nuestro, es el Dios uno" (Deuteronomio
6, 4). A partir de la revelación de la unidad y de la unicidad del Dios de
Israel, Santo Tomás desarrolla la afirmación de la trascendentalidad del
atributo de la unidad. Para atribuir a Dios la primacía en la unidad y el
carácter principal y originante del Dios Uno sobre toda pluralidad y
multitud creada, citando a Dionisio, dice:
"No
hay multitud que no participe de lo uno. Las cosas que son muchas en sus
partes, son unas en el todo, las que son múltiples en sus accidentes, son
unas en su sujeto, todas las cosas que son muchas numéricamente, son unas
específicamente, las que son muchas en la especie, son unas en su género
y, finalmente, las cosas que son muchas por sus procesos, son unas en su
principio"
(S. Th.
Iª, Qu. 11, artº 9º,
ad secundum).
Las
afirmaciones de la trascendentalidad de lo uno y su primacía sobre lo múltiple
expresan el contraste radical del pensamiento metafísico de Santo Tomás,
fiel a la sagrada Escritura, y en esto, también, plenamente fiel a Aristóteles,
sobre todas las tradiciones de pensamiento que han postulado polaridades
"dialécticas" y que, desde distintas concepciones, o bien han
puesto en el origen el ser y el no-ser, o la luz y las tinieblas, o lo bueno
y lo malo, como elementos de la realidad, al modo como lo son, entre los
hombres, lo masculino y lo femenino, o, en los números, lo par o la impar,
o lo recto y lo curvo.
Para
Santo Tomás, lo uno como predicado trascendental remueve, precisamente, en
todo ente, en su esencia y en su acto de ser, la negación de aquello mismo
que es. El juicio negativo se requiere, en el lenguaje, precisamente porque,
dándose en el universo multitud de entes, y siendo potencial nuestro
entendimiento en la adquisición de los conocimientos, necesitamos poder
decir que "este ente" no es "aquel ente". Esta oposición
de lo afirmativo y de lo negativo la hemos de poder negar en lo interior de
cada ente, para así afirmarlo como uno. "Materialiter", o como
contenido dado a nuestra experiencia, conocemos primero la multitud de
entes, pero no podemos formalmente afirmarlos como muchos en cualquiera de
las líneas de alteridad que los distinguen, sino después de haber removido
de cada uno de los entes la negación en sí mismos para poder afirmarlos a
cada uno de ellos como uno, sin lo que no se llegaría a la afirmación
formal de la diversidad específica o genérica, o de la alteridad numérica,
o de la heterogeneidad y gradación de niveles perfectivos de los entes. La
afirmación de la unidad de Dios exige el reconocimiento de su trascendencia
respecto de todo lo múltiple del universo.
12. "Propter nos homines".
Los entes que en el universo creado participan de la unidad, la verdad y el
bien divino máximamente en el nivel de imagen de Dios, son sólo los seres
personales. Santo Tomás afirma de ellos dos "capacidades": son
capaces de felicidad; son capaces de Dios. Sólo las criaturas racionales
son aptas para conocer y amar a Dios, es decir, de entrar con Dios en una
convivencia personal, de amistad, una amistad que es filiación. Toda
legislación moral y política se orienta, según santo Tomás, a la
constitución de esta amistad interpersonal. Por esto, cuando se dice que el
fin de la ley es el bien común hay que recordar que el fin de la ley es el
amor, como enseñó el Apóstol, no hay otro bien común interpersonal que
no consista en la amistad. Tal es la virtud teologal de la caridad, que es
una sola virtud en la que el hombre se comunica amistosamente con Dios y que
por Cristo, por correspondencia agradecida al Don de Dios, ama a todos los
semejantes desde Cristo y por Cristo.
Santo Tomás afirma reiteradamente que sólo los seres personales son por sí queridos en el universo, y todas las demás cosas en orden a ellos. Por esto la plenitud de la comunicación del bien al universo se da en la Encarnación redentora. Y si se dice que ésta no se hubiera dado sin la permisión divina del pecado de Adán, habrá que afirmar, con los salmaticenses y con Garrigou-La Grange, que la permisión del pecado no se hubiera dado en el designio providencial sino en orden al máximo bien de la restitución a los hombres de la adopción filial por Cristo y por la misión del Don que es el Espíritu.
Francisco Canals Vidal
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