Jornada Mundial de la Comunicación

Proteger al humano en la era de los espejos digitales

(osservatoreromano.va/it).-El mensaje de León XIV para el LX Día Mundial de las Comunicaciones llega en un momento decisivo y especialmente delicado, también a nivel geopolítico. De una manera especialmente significativa, las palabras, narrativas e imágenes nos llegan inmediatamente a través de las pantallas de nuestros dispositivos y ayudan a moldear el mundo casi sin que nos demos cuenta. No es solo un problema tecnológico: está cambiando la forma en que habitamos la realidad, está cambiando la forma en que la percibimos.

No creas que lo digital es virtual en el sentido de aséptico, abstracto o inmaterial. La web tiene un lenguaje espacial — sitio web, hogar, navegación, ventanas, nube — y nos encontramos habitando un lugar nuevo, gobernado por leyes que rara vez conocemos y dominamos. Debemos asegurarnos de que esto no conduzca a la pérdida de contacto con la realidad, a la desarraigada, a la alucinación colectiva.

Ya no es momento de predicciones: la inteligencia artificial (IA) ya está entre nosotros, omnipresente e invisible, capaz de simular rostros, voces y explicaciones en las que la frontera entre realidad y ficción está peligrosamente difusa.

León XIV identifica claramente los riesgos que corremos: las llamadas «alucinaciones» — un término técnico que indica las respuestas plausibles pero erróneas de los sistemas de IA — pero sobre todo el oligopolio de unas pocas empresas, que constituye una fuerza invisible y poderosa, capaz de dirigir sutilmente el comportamiento e incluso reescribir la historia, incluida la de la Iglesia.

La dependencia acrítica de la inteligencia artificial como «amigo omnisciente», «oráculo de todos los consejos», desgasta nuestra capacidad de pensar analítica y creativamente. Estamos delegando demasiado. Y así, aunque creemos que estamos ganando eficiencia, corremos el riesgo de perder lo que nos hace verdaderamente humanos: el cansancio del pensamiento, el esfuerzo de entender, la lentitud necesaria para la reflexión, la empatía y todas las emociones auténticas y no simuladas.

La IA ciertamente no solo produce negatividad: en muchos aspectos corrige nuestros errores, reorganiza nuestros textos confusos, analiza enormes cantidades de datos y ayuda a diagnósticos médicos complejos. Nos enfrentamos a un pharmakon, lo que es a la vez veneno y remedio. Para ello, se necesitan conocimientos, comparaciones y prácticas válidas de discernimiento.

La pregunta crucial entonces es: ¿cómo proteger al ser humano? ¿Y qué humanidad deberíamos preservar, la que busca la fraternidad o la que busca la dominación? El Papa lo dice claramente: el desafío no es tecnológico sino antropológico. En una era en la que los algoritmos recompensan emociones rápidas y encierran a las personas en burbujas de consenso fácil donde cada vida busca espejos en lugar de rostros y comparaciones reales, proteger al ser humano se convierte en un acto de cuidado y resistencia cultural.

El Papa propone tres pilares para una posible alianza en este tiempo de comunicaciones fáciles y arriesgadas al mismo tiempo: responsabilidad, cooperación, educación. Una vez pronunciadas, las palabras no dejan de ser completamente nuestras y debemos preocuparnos por los efectos que causan. Nadie puede afrontar este desafío solo: es necesario colaborar, crear redes que reúnan sujetos de diferentes habilidades, sin descuidar las habilidades educativas de las que hoy sentimos una necesidad trágica. Pero hay un paso más que no debemos olvidar: no podemos dejar de comunicarnos, todos somos comunicadores. Incluso quienes escuchan, quienes reciben información, deben mantenerse responsables, activos y educadores.

Hay una tarea particular para la Iglesia. Ya en 2010, con Digital Witnesses, la Iglesia italiana habló de la necesidad de «habitar la Red» sin complejos ni pretensiones. Hoy esta necesidad es aún más urgente. No se trata de reclamar privilegios de sabiduría, sino de contribuir con humildad a un discernimiento común. La fe cristiana no nos da respuestas preempaquetadas sobre la tecnología, sino que nos dirige hacia una maduración del ser humano que pasa por el misterio de la Encarnación.

León XIV concluye invitándonos a asegurar que el rostro y la voz vuelvan a expresarse en el lenguaje de la vida personal, dentro de una red de relaciones auténticas. En un mundo de espejos digitales, donde todo corre el riesgo de ser hecho «a nuestra imagen y semejanza», necesitamos encontrarnos con la otredad de vidas, culturas y cosas. No somos algoritmos bioquímicos: somos vocación, apertura, vínculo.

Tocar el suelo con ambos pies: este es el ejercicio de la inteligencia natural que el Papa nos pide. En una época en la que exploramos más Google Earth que la naturaleza y nuestros ojos están más dirigidos a las nubes que al cielo, volver a la inteligencia lúcida y conmovida del mundo no es nostalgia, sino profecía.

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