(osservatoreromano.va/it).-Vivimos en una era en la que la finalización de la tecnología coincide con la finalización de ese largo proceso que ha ido alejando progresivamente al ser humano de los centros que creía ocupar. La tecnología se logra cuando deja de ser meramente un conjunto de herramientas en manos del hombre y se convierte en el entorno en el que él vive, se conoce e interpreta a sí mismo: ya no es una simple extensión de sus facultades, sino un sistema capaz de recoger sus huellas, reorganizarlas y producir nuevas configuraciones de conocimiento. Con la inteligencia artificial, la tecnología ya no opera solo sobre el mundo: habla sobre el mundo.
Este logro viene de lejos. Primero, Copérnico nos sacó del centro del universo: la Tierra no era el eje inmóvil del cielo, sino un planeta entre otros planetas. Luego Darwin nos apartó del centro de la naturaleza: el ser humano no estaba separado de los vivos, sino una rama de su historia. Freud añadió la herida más íntima: el Ego no es «dueño en su propia casa», porque una parte decisiva de lo que somos escapa a la conciencia. Hoy en día, la inteligencia artificial lleva a la descentralización hasta el umbral del conocimiento. Ya no somos los únicos en producir textos, imágenes, conexiones e hipótesis que entran en el circuito social del conocimiento. La máquina no se limita a almacenarla o calcular: cuando se le pregunta, responde. No entiende de la misma manera que entiende a una persona, pero ya ocupa el cargo público de quienes lo saben.
Por tanto, la inteligencia artificial da un paso más. El ser humano ya no es solo el sujeto que construye la máquina: también se convierte en el material del que aprende. Sus palabras, imágenes, descubrimientos, relaciones y contradicciones se recopilan en el gran corpus de datos, procesados por la megamáquina y devueltos en forma de nuevas respuestas. El productor de tecnología se convierte en un componente de su funcionamiento; Quien cuestionó el mundo se encuentra interrogado, clasificado y recompuesto por el dispositivo que ha creado. En el momento en que la tecnología parece alcanzar su plenitud, la humanidad parece llegar al punto extremo de su descentralización.
La Iglesia no se opone a esta descentralización con un retorno a una centralidad antigua, sino que se resiste a la deducción según la cual no estar en el centro significa no tener valor. En cierto sentido, el cristianismo a su vez descentraliza el yo, situándolo en la relación con Dios, con los demás y con la creación. La dignidad de la persona no depende del cargo que ocupa, del poder que tiene o de los servicios que puede ofrecer: precede a todo mérito, porque todo ser humano es querido, creado y amado por Dios. La Encarnación confirma esta dignidad no eliminando a la humanidad del cuerpo, del límite y de la historia, sino asumiéndola. Por tanto, la grandeza cristiana no consiste en estar en el centro, sino en responder a una vocación, porque cada persona es única ante Dios y, al mismo tiempo, miembro de un cuerpo: la comunión no absorbe el rostro, lo protege.
Es en este umbral donde interviene la Magnifica humanitas de León XIV: ante la finalización de la tecnología y la descentralización humana, la encíclica no propone un retorno a una centralidad perdida, sino que indica la forma de habitar la descentralización sin transformarla en deshumanización. La cuestión no es cómo restaurar a la humanidad el monopolio del conocimiento, ahora descifrado, sino cómo preservar esta humanidad dentro de un conocimiento cada vez más impersonal, vasto y automatizado. No cómo devolver a la humanidad al centro de la máquina, sino cómo evitar que la máquina se convierta en la medida de la humanidad.
León XIV observa que la inteligencia artificial está más «cultivada» que «construida»: preparamos su arquitectura y la alimentamos con enormes cantidades de datos; sin conocer plenamente sus procesos internos, su poder permanece vinculado al procesamiento de datos. No poseen cuerpo, no pasan por dolor ni alegría, no maduran a través del error y el perdón; Por encima de todo, no llevan el peso moral de las consecuencias. La IA puede producir contenido que entra en conocimiento sin ser un tema sabio. Su conocimiento no proviene de la experiencia, sino del procesamiento estadístico de nuestras huellas. Si ampliamos nuestra mirada del modelo a su infraestructura, entonces aparece como un sistema de subsistemas: modelos, plataformas, centros informáticos, redes, trabajo humano, energía e intereses económicos que reorganizan la memoria de la humanidad. Somos tanto usuarios como materiales: libros, investigaciones, conversaciones y prejuicios se convierten en partículas de su corpus.
Es para nombrar este informe que, en mi reciente Educene, propuse el término «sinteridad»: la condición del individuo en su conjunto. El individuo es la persona, con su interioridad y singularidad irreductibles; el conjunto es el corpus selectivo e incompleto de huellas humanas recogidas en la red y reprocesadas por la IA. Todos cuestionan la máquina, pero ya está inscrita en ella a través de palabras, imágenes y datos.
Sinterity nombra la tensión entre la unicidad personal y su inscripción en el todo estadístico: un conjunto de datos agrega, pero no acoge; correlaciona, pero no responde. Puede representar a una persona sin haberla conocido y reproducir su pasado como si fuera su destino. Aquí la dignidad ontológica que evoca la encíclica se convierte en el criterio del conocimiento: ninguna predicción agota a una persona, porque su valor precede a cada actuación. Es precisamente esta limitación la que introduce una unión decisiva: si la respuesta producida por la máquina no puede coincidir con la verdad de la persona a la que se refiere, entonces debe permanecer abierta a interpretación.
Por tanto, la transformación no solo se refiere a quienes saben, sino también a cómo nosotros sabemos. Con la IA, el conocimiento se presenta cada vez más en forma de consulta: consultamos un corpus y recibimos una composición. Por esta razón, la respuesta artificial no puede simplemente aceptarse, sino que debe interpretarse. Solo en este sentido regresa el gesto antiguo con el que se cuestionan las Escrituras: no porque el texto artificial posea una autoridad sagrada, sino porque ningún texto se interpreta a sí mismo. La respuesta de la máquina es probabilística, no revelada; Por tanto, debe leerse exegéticamente: ¿de qué fuentes proviene? ¿Qué voces hace audibles y cuáles borra? ¿Quién es responsable de sus efectos?
Las tradiciones rabínica y cristiana del discernimiento comunitario nos recuerdan que interpretar significa situar cada respuesta dentro de una historia, una ética y una comunidad.
Aquí resurge la alternativa indicada por la encíclica: la Babel de los datos o Jerusalén del conocimiento. Babel es la aparente comunidad de acumulación: un único lenguaje técnico, capaz de convertir cada diferencia en un dato y cada misterio en una performance, donde todo está conectado a ello, pero nadie es responsable de nadie. La torre crece a medida que la gente deja de entenderse.
Jerusalén sigue la lógica opuesta: en el libro de Nehemías la ciudad se reconstruye a partir de la responsabilidad compartida del pueblo, el lenguaje común no es el de la uniformidad, sino de la comunión. Para el conocimiento artificial, esto significa que ninguna respuesta es válida por sí sola: debe verificarse, rastrearse hasta las fuentes, compararse con la experiencia y con quienes sufrirán las consecuencias. El conocimiento redescubre así su forma comunitaria. No porque la verdad coincida con una mayoría de votos, sino porque solo en la relación el conocimiento alcanza el límite, el testimonio y la responsabilidad. Se puede generar automáticamente una pieza de información; La verdad requiere a alguien que la busque, alguien que la atestigue y una comunidad dispuesta a dejarse transformar por ella.
Quizá la cuarta herida no sea solo una pérdida. Copérnico, Darwin y Freud han reducido al ser humano, permitiéndole entenderse a sí mismo con mayor verdad. La IA puede hacer lo mismo, si nos libera de la lógica inhumana del poder, según la cual nuestra grandeza consiste en ser la máquina más eficiente del universo. La «humanidad magnífica» no depende del rendimiento: se manifiesta en la capacidad de responder, cuidar y transformar el conocimiento en el bien común.
Por tanto, la sinteridad es una tarea antes de ser un destino: puede convertirse en la absorción del individuo en el todo estadístico, o en la presencia responsable de la persona en el corpus de huellas humanas. En cuanto a Magnifica humanitas, la elección decisiva no es entre el humano y la máquina. Está entre Babel y Jerusalén.
