El Papa León quiere que las artes salvaguarden la imperfección, la singularidad y la irreducibilidad de la experiencia humana
(comunicazione.va).-La pasada primavera, una imagen generada por inteligencia artificial ganó un importante premio de fotografía. Boris Eldagsen, el fotógrafo—si es que esa es la palabra correcta—había escrito una propuesta, la había refinado y enviado el resultado. Los jueces quedaron impresionados.
Cuando se reveló la procedencia, el mundo del arte convulsionó con una pregunta que había estado evitando: ¿Qué hace que un gesto creativo sea humano? Las herramientas han cambiado antes. Pero esta vez, la herramienta dice crear.
Una respuesta llega de un lugar inesperado. En su Mensaje para el Sexagésimo Día Mundial de las Comunicaciones Sociales, el Papa León XIV plantea una cuestión que va más allá tanto de la tecnología como de la teología, tocando el núcleo de la creatividad contemporánea misma.
«Protegiendo los rostros y voces humanas», dice el título. Si se piensa detenidamente, se convierte en algo más que una exhortación pastoral: se lee como un manifiesto estético para la era de las máquinas inteligentes. «El rostro y la voz son rasgos únicos y distintivos de cada persona», escribe Leo.
No son meros instrumentos de comunicación, sino superficies vivas donde surge la identidad y se expone, en riesgo—donde uno «muestra su rostro», como dice el idioma italiano. Toda obra de arte, independientemente del medio, se origina en esta condición corporal.
Incluso cuando el arte se vuelve conceptual, minimalista, digital, lleva consigo un resto irreductible: experiencia vivida, un punto de vista, una tensión interior que busca forma.
La inteligencia artificial puede imitar estilos y recombinar archivos con una experiencia que roza la perfección. Pero no posee rostro ni voz en el sentido que Leo pretende. No conoce la exposición, el riesgo o la responsabilidad de la persona que toma la palabra. No sabe lo que significa ser responsable de lo que uno crea.
Uno de los pasajes más incisivos del Mensaje de Leo trata sobre la capacidad de la IA para «simular voces y rostros humanos, sabiduría y conocimiento, empatía y amistad».
La palabra que elige es reveladora: simular. No crear. La distinción puede parecer pequeña, casi académica, pero lo es todo. En el ámbito del arte, se vuelve decisiva.
‘Muerte del autor’
Los sistemas generativos recombinan lo que ya existe: aprenden patrones, replican estilos y producen variaciones. Los resultados pueden ser deslumbrantes. Pero carecen de memoria vivida, de lucha formativa, del trabajo que moldea y transforma.
El arte, en cambio, siempre surge de un encuentro con la realidad. Incluso cuando rechaza la narrativa, incluso cuando se presenta como un recurso formal puro, lleva una biografía, una herida, un deseo.
Es un gesto situado, realizado por alguien que asume la responsabilidad de ello. Una obra de arte no es simplemente un objeto; Es una postura adoptada en el mundo, una forma de habitar el tiempo y responder a él.
Las reflexiones de Leo tienen un peso significativo en los debates actuales sobre arte e IA, especialmente en el contexto del riesgo de que el arte se disuelva en mera «artificio».
Advierte que «una gran parte de la industria creativa humana corre el riesgo de ser desmantelada y reemplazada por la etiqueta ‘Powered by AI’, transformando a las personas en consumidores pasivos de pensamientos no pensados, productos anónimos sin autoría, sin amor. Mientras tanto, las obras maestras del genio humano en música, arte y literatura se reducen a un campo de entrenamiento para máquinas».
Estas palabras hablan directamente al mundo del arte y, cabe añadir, a la moda y el diseño. ¿Qué ocurre cuando desaparece el autor? ¿Qué ocurre cuando una obra deja de surgir de la visión sino de un proceso automatizado, y cuando las obras maestras se convierten en materia prima para el refinamiento algorítmico?
La historia del arte ha desestabilizado repetidamente la idea tradicional de la autoría. Pero siempre lo ha hecho mediante actos humanos deliberados y arriesgados. Incluso la «muerte del autor» estaba, paradójicamente, firmada.
‘No entierres el talento’
Una obra generada algorítmicamente no responde a nadie. No arriesga nada. No pierde nada. Por esa misma razón, incluso cuando produce imágenes perfectas, sigue alejada de lo que llamamos experiencia artística.
Otra palabra se cuela en el mensaje de Leo, contradiciendo nuestra época obsesionada con la eficiencia: el esfuerzo. Advierte contra delegar a las máquinas «el esfuerzo de su propio pensamiento.»
En el arte, ese esfuerzo no es incidental; es constitutiva. La creatividad no nace de la eficiencia sino de la resistencia—de la gestación prolongada, la duda, el error, la verdadera posibilidad de fracaso. Es a través de este trabajo que el artista forma y transforma, a menudo en contra de sí mismo.
Cuando la inteligencia artificial promete soluciones instantáneas—imágenes listas para usar, texto fluido—corre el riesgo de erosionar no solo el trabajo artístico sino también lo que podría llamarse la educación del crear: la forma en que el acto de crear cambia al creador.
Renunciar a ese proceso, sugiere Leo, es «enterrar los talentos que hemos recibido para crecer como personas.» Quizá haya una elegancia en ese esfuerzo que merece la pena recuperar.
Leo también advierte de un «mundo de espejos», en el que los algoritmos devuelven versiones tranquilizadoras de nosotros mismos, construidas «a nuestra imagen y semejanza». Históricamente, el arte ha hecho lo contrario: introduce alteridad, perturbación y espacio imprevisto.
Cada obra significativa es un encuentro con algo que no coincide con nosotros. Incluso cuando nos reconocemos en él, lo hacemos recorriendo una distancia que nos transforma.
La IA, orientada a la personalización y el gusto predictivo, tiende a colapsar esa distancia. Nos da exactamente lo que queremos, refleja nuestras preferencias y confirma nuestros deseos. Pero sin distancia, no hay deseo. Sin deseo, sin imaginación. Una de las tareas fundamentales del arte —hacer visible lo que aún no habíamos visto, confrontarnos con lo que no anticipamos— se empobrece.
También hay una confusión adicional que resistir: entre la imaginación humana y la «alucinación» artificial. La imaginación es intencionada y responsable; Sabe que está abriendo posibilidades más allá de lo real. La alucinación es la producción involuntaria de falsedades que el sistema no puede distinguir de la verdad.
Las tres tareas radicales de Arts
El mensaje de Leo no se permite la nostalgia por un pasado analógico. No rechaza la tecnología. Ofrece algo más raro: una brújula estética para el futuro. El arte es donde la vida ensaya la libertad—donde el conocimiento no solo se organiza, sino que se pone en marcha, se anticipa, se siente antes de ser comprendido.
Pierre Teilhard de Chardin, el paleontólogo y filósofo jesuita cuyo pensamiento ha influido en la vida intelectual católica durante más de medio siglo, llegó a una versión de la misma idea: cuanto más racionaliza y mecaniza el mundo, escribió, más necesita a los «poetas» como su fermentación y salvaguarda.
Leo propone tres pilares: responsabilidad (identificar claramente el contenido generado por IA y proteger la autoría artística), cooperación (entre industrias tecnológicas, legisladores, artistas y educadores) y educación (desarrollar el pensamiento crítico y la alfabetización digital).
Por encima de todo, insiste: «No somos una especie hecha de algoritmos bioquímicos, predefinidos de antemano. Cada uno de nosotros tiene una vocación insustituible e inimitable.»
Así, el rostro y la voz se convierten en criterios estéticos antes de ser morales. Nos recuerdan que la creatividad no puede reducirse al cálculo, y que el arte—incluso en la era de la inteligencia artificial—sigue siendo un lugar donde el ser humano se expone, se arriesga y habla.
En una época de imágenes impecables y voces sintéticas, Leo sugiere que la tarea más urgente y radical del arte puede ser precisamente esta: salvaguardar la imperfección, la singularidad, la irreducibilidad de la experiencia humana. Defender lo que ninguna máquina podrá replicar jamás: el alma del artista, su búsqueda personal, su amor por la verdad y la belleza—esa dimensión sagrada, como la llama León, en la que reconocemos «un reflejo del amor divino».
El objetivo no es evitar la máquina ni detener la innovación. Es aprender a entablar un diálogo genuino con ella, sin permitirnos quedar encapsulados en filtros algorítmicos.
El futuro del arte no se decidirá compitiendo con los algoritmos, sino en la fidelidad a esa vocación de creación que nos constituye como seres humanos.
Proteger rostros y voces en el arte es salvaguardar nuestra propia humanidad—no frente a la tecnología, sino más allá del algoritmo.
