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Red, comunidad, cuerpo: la tríada de Francisco en el ambiente digital

«Releva esa ‘nostalgia’ del ser humano de vivir en comunión y de pertenecer a una comunidad»

(periodistadigital.com).-El Papa Francisco, el día de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas y comunicadores, divulgó su sexto mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, titulada «‘Somos miembros unos de otros’ (Ef 4, 25): de las comunidades de redes sociales a la comunidad humana».

En su mensaje, el Papa reconoce que «desde que se hizo posible disponer de internet, la Iglesia siempre buscó promover su uso al servicio del encuentro entre las personas y la solidaridad entre todos».

Los gestos pontificios, en ese sentido, son un indicativo interesante. En el año 1995, mientras la internet enganchaba en suelo brasileño, el Vaticano lanzó su sitio oficial (vatican.va). Entre agosto de 1998 y octubre de 1999, el Papa Juan Pablo II llegó a divulgar una dirección de correo electrónico personal, pero que fue cerrada por exceso de e-mails recibidos. En 2001, en un evento público, en la Sala Clementina, en el Vaticano, Juan Pablo II envió el primer «e-mail papal», dirigido a todos los obispos de Oceanía, anexando la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Oceania. Y su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2002 fue el primer documento pontificio que abordó directamente la Internet, titulada justamente «Internet: un nuevo foro para la proclamación del Evangelio».

Benedicto XVI, por su parte, fue el primer papa en tener una cuenta personal en una plataforma sociodigital, Twitter, con el usuario @Pontifex (en varios idiomas), creado en 2012.

Y Francisco también ha innovado en muchos aspectos. Él mantuvo las cuentas @Pontifex y, en 2017, fue el líder mundial más seguido en Twitter (con más de 33 millones de seguidores), de acuerdo con el estudio Twiplomacy. En 2014 y 2015 participó en dos videoconferencias vía Google Hangout, promovidas por la ONG Scholas Ocurrentes, con estudiantes de todo el mundo. En 2016, creó una cuenta personal en el Instagram, con el nombre de usuario @Franciscus, e incentivó el lanzamiento del proyecto «El Vídeo del Papa», que traduce las tradicionales intenciones mensuales del Papa al lenguaje audiovisual de YouTube.

Hoy, por lo tanto, afirma Francisco en el mensaje, «el ambiente medial es tan invasivo hasta el punto de ser indistinguible de la esfera de la vida cotidiana» – y también de la vida eclesial y religiosa. Esto se comprobó en el Ángelus del 20 de enero pasado, en el que Francisco presentó al mundo entero la plataforma oficial de la Red Mundial de Oración del Papa, Click To Pray. «Aquí – afirmó el pontífice – voy a insertar las intenciones y los pedidos de oración por la misión de la Iglesia. Les invito especialmente a ustedes, jóvenes, a bajar la aplicación Click To Pray, y continuar rezando junto conmigo».

En todos estos casos, se percibe «el fundamento y la importancia de nuestro ser-en-relación», como dice Francisco, que se va manifestando y se traduce a lo largo del tiempo, dentro de las lógicas y dinámicas comunicacionales específicas de cada cultura y de cada nivel tecnológico.

En el mensaje, ese ser en relación es abordado por el Papa a partir de tres metáforas principales: la red, la comunidad y el cuerpo.

La metáfora de la red se destaca en la contemporaneidad. Se trata de la «forma organizacional de la Era de la Información» (M. Castells) y de la «episteme de nuestra época» (C. Scolari). El Papa Francisco la define como una «multiplicidad de recorridos y nosotros», una organización que no tiene un centro y no es de tipo jerárquico ni vertical. En cambio, «la red funciona gracias a la coparticipación de todos los elementos». Es decir, ninguno de ellos es fundamental, pues cada uno depende de los otros, y son sus interrelaciones que determinan la estructura de la propia red (F. Capra).

La comunidad, «red solidaria»

A partir de la dimensión antropológica, Francisco trae a la superficie aún «otra figura densa de significados»: la comunidad. Según el Papa, esta será más fuerte cuanto más esté marcada por la cohesión, la solidaridad, la confianza y el compartir. Como «red solidaria», la comunidad requiere «la escucha recíproca y el diálogo, basado en el uso responsable del lenguaje».

Y aquí Francisco hace una diferenciación entre esa noción de comunidad, por él definida así, y la llamada social network community («comunidad de redes sociales»). Su lectura se enfoca principalmente en los límites de la segunda, resaltando los aspectos «no comunitarios» de las redes. Francisco afirma que las comunidades en red frecuentemente son sólo «agregados de individuos» unidos por lazos débiles, lo que alimenta «grupos que excluyen la heterogeneidad», un «individualismo desenfrenado», el ciberbullying, el auto-aislamiento, generando «eremitas sociales» y «espirales del odio».

Aunque sean limitaciones reales, el foco sólo en ellas puede ignorar que tales lógicas distorsionadas de las relaciones humanas no son exclusividad del ambiente digital, pero también se hacen presentes en otros ambientes relacionales, para además de cualquier mediación tecnológica. Por otro lado, tal lectura puede dejar de percibir otros aspectos propiamente comunitarios que emergen en red.

Esto es, se puede presuponer que la «verdadera comunidad» sólo existiera fuera de las redes y que, en red, «en el mejor de los casos», como afirma el mensaje, sólo sería posible construir aproximaciones de comunidad. Pues, según el papa, la social web, en general, presenta una «realidad multiforme e insidiosa», marcada muchas veces por una «dinámica dramática», que puede llevar a «una grave ruptura en el tejido relacional de la sociedad».

Sin embargo, en la constante interacción entre el online y el offline vivida actualmente -o, más propiamente, en el carácter «onlife» (L. Floridi) de la vida contemporánea (en que no importa tanto cuando estamos conectados, sino si llegamos a estar en algún momento desconectados) – es más productivo comprender cómo las relaciones en red posibilitan experiencias comunitarias y de qué nivel ellas son. Y, a partir de eso, percibir que el objeto instituido (la comunidad) sólo se instituye y se mantiene constituido mediante un constante proceso instituyente y constituyente de las relaciones entre las personas, en la Internet y fuera de ella, proceso que es principalmente comunicacional (como las propias conexiones en red, pues el ambiente digital no es «una red de hilos, sino de personas humanas», como afirmó Francisco en el mensaje de 2014).

¿Comunidades eclesiales digitales?

Hoy, en el ambiente católico digital, se manifiestan intentos de modos articulados de ir al encuentro de una catolicidad menos heterónoma. Esto revela, muchas veces, una falta de espacios de compartir y de debate intraeclesiales en que determinadas cuestiones puedan ser planteadas, lo que fomenta esa «migración» al ambiente digital. Esto se da especialmente en el caso de minorías periféricas eclesiales conectadas en redes, como grupos de católicos divorciados en segunda unión, de católicos que practicaron un aborto o crían solas a sus hijos, de católicos migrantes o refugiados que se articulan en red en los países de acogida, de católicos LGBT, etc.

En otro contexto similar, surgió en Brasil, en los años de la dictadura militar, uno de los principales frutos del Concilio Ecuménico Vaticano II en América Latina: las comunidades eclesiales de base (CEBs). Se trataba de una nueva experiencia de Iglesia, de comunidad y de fraternidad, en la que surgió otra forma de ser Iglesia. En tiempos de red, podemos cuestionar si no estaríamos, hoy, ante la emergencia de «comunidades eclesiales digitales» (o CEDs), que actualizarían, en otros «medios» y en otros «ambientes» (ahora mediáticos), la misma búsqueda y necesidad de experiencia religiosa, de vínculo interpersonal, de ciudadanía eclesial, de autonomía para el apostolado laico.

¿No serían tales formaciones en red también «otra forma de ser Iglesia», que emergería a partir de la insuficiencia de las experiencias comunitarias eclesiales existentes ante los nuevos desafíos contemporáneos, o a partir de la inexistencia de ambientes comunitarios eclesiales capaces de acoger e integrar las «periferias existenciales», como en el caso de las CEBs?

De modo más específico, así como las CEBs históricas, algunos ambientes digitales, entendidos como CEDs, también permiten, principalmente, que «las personas se conozcan y reconozcan, [puedan] ser ellas mismas en sus individualidades, [puedan] decir su palabra y ser acogidas y acoger por el nombre propio» (L. Boff). Así, más allá de las configuraciones espacio-temporales de la estructura eclesiástica local, tales ambientes apuntan a una búsqueda de relaciones otras en otros ambientes, a partir de una necesidad de «actualizar» a las comunidades tradicionales, de «traducirlas» a los lenguajes y a las modalidades de comunicación contemporáneas e incluso de «crear / inventar» experiencias innovadoras de vivencia y comunicación de la fe.

Ante la emergencia de las CED, que apuntan hacia un «nuevo-aún-no-experimentado» entre las variaciones históricas de las formas comunitarias de la Iglesia, es importante que la institución eclesiástica y sus autoridades busquen -igual que en las CEBs históricas- «respetar el camino que se inauguró; no querer luego enmarcar el fenómeno con categorías teológico-pastorales nacidas de otros contextos y de otras experiencias eclesiales; se coloca en una actitud de quien quiere ver, comprender y aprender; mantener la vigilancia crítica para poder discernir verdaderos de falsos caminos «(L. Boff).

«Donde dos o más estuvieran reunidos en mi nombre, Yo estoy en medio de ellos» (Mateo 18, 20). El «donde» – en red o fuera de ella; en las bases o en la internet- es casi irrelevante: lo importante es reunirse en comunidad en el nombre de Jesucristo, asumiendo una conciencia-vivencia cristiana y eclesial.

«De la red-encuentro a la red-trampa»

A pesar de la limitación presentada por el mensaje en su lectura del fenómeno de las comunidades en red, el diagnóstico de Francisco es preciso cuando apunta que, al dejar de ser «una oportunidad para promover el encuentro con los otros», la red muchas veces se convierte en su opuesto, en «una tela de araña capaz de capturar». Cuando esto ocurre, «la identidad se funda en la contraposición al otro, a la persona extraña al grupo: se define más a partir de aquello que divide que de lo que une, dando espacio a la sospecha y a la explosión de todo tipo de prejuicio (étnico, sexual, religioso y otros). (…) Y, así, aquella que debería ser una ventana abierta al mundo, se convierte en una vitrina donde se exhibe el propio narcisismo».

Esta construcción de la identidad a partir de la destrucción de la alteridad puede ser vista frecuentemente en nuestras redes personales y especialmente en el mundo de la política, la religión y la propia Iglesia Católica. En la política, el período electoral de 2018 fue abundante en casos de desinformación, mala información, distorsión, difamación y calumnias en red, con el objetivo de aniquilar al adversario transformado en opositor-enemigo. Y el inicio de los mandatos de los nuevos representantes políticos -principalmente a nivel federal- evidencia que esa tendencia al descrédito del otro y al ciberbullying ya forman parte, en la práctica, desgraciadamente, de las propias estrategias de gobierno.

En el caso intracatólico, frecuentemente, la persona que está del otro lado de la pantalla tampoco es percibida como un «hermano o hermana en la fe», sino sólo como alguien sobre en quien se descarga toda la rabia y rencor personales y pseudorreligiosos, camuflados de defensa de la vida tradición, de la sana doctrina y de la liturgia, con citas artificiosamente pintadas de la Biblia y del Catecismo. Nada ni nadie estaría por encima de ese «Tribunal de la Santa Inquisición Digital», ni siquiera el Papa – y especialmente el Papa Francisco. En esas «hogueras digitales», son condenados los supuestos «herejes» actuales, expresión-agresión que circula abundantemente en ciertas páginas y grupos católicos en las redes, dirigida contra todos aquellos que tienen una visión de Iglesia diferente a la del agresor. Estos «linchamientos» simbólicos ocurren a partir de condenas inapelables de grupillos de laicos que se arrogan el derecho -y hasta el deber- de lanzar la primera piedra. Predican la exclusión de todo lo que sea «católicamente diferente» y de todos los «católicamente otros».

En la exhortación apostólica Gaudete et exsultate (2018), sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, Francisco dedicó un párrafo entero a esos «pecados digitales»:

«Puede ocurrir también que los cristianos formen parte de redes de violencia verbal a través de Internet y varios foros o espacios de intercambio digital. Incluso en los medios católicos, es posible sobrepasar los límites, tolerando la difamación y la calumnia y pareciendo excluir cualquier ética y respeto por la fama ajena» (n. 150).

Y el jueves 24, encontrándose con los obispos de Centroamérica, reunidos en Panamá para la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa reiteró:

«Me preocupa ver cómo la compasión ha perdido centralidad en la Iglesia, incluso en grupos católicos, o está perdiendo, para no ser tan pesimistas. Incluso en los medios de comunicación católicos, la compasión no existe. Hay el cisma, la condenación, la crueldad, la valorización de sí mismo, la denuncia de herejía … Que no se pierda la compasión en nuestra Iglesia (…). La Iglesia de Cristo es la Iglesia de la compasión; y eso comienza en casa».

En ese contexto, sin duda, «no basta con multiplicar las conexiones, para ver crecer también la comprensión recíproca», como afirma el Papa. El deseo casi ideal (o incluso el mismo sueño) de Francisco es de una «red libre, abierta y segura» para todos, y él interpela a los gobiernos y a la propia Iglesia en relación a esa tarea. Pero para eso, la pregunta planteada por el mensaje debe resonar constantemente en quien busca construir otras relaciones posibles en red: «¿Cómo reencontrar la verdadera identidad comunitaria en la conciencia de la responsabilidad que tenemos unos con otros incluso en la red online?».

El cuerpo, relación de reciprocidad

Y aquí, como esbozo de respuesta, surge la tercera metáfora de Francisco: el cuerpo y sus miembros. Es decir, una «relación de reciprocidad entre las personas, fundada en un organismo que las une».

Se trata de una actualización de lo que Pablo escribió en su Carta a los Efesios: «Por eso, desháganse de la mentira y diga cada uno la verdad a su prójimo, pues somos miembros unos de otros» (Ef 4, 25). Según el Papa, «el hecho de ser miembros unos de otros es la motivación profunda con la que el Apóstol exhorta a despojarse de la mentira y a decir la verdad: la obligación de preservar la verdad nace de la exigencia de no negar la mutua relación de comunión.

El que se niega egoístamente a entrar en relación con el otro, a formar parte y a construir un mismo cuerpo (comunidad, Iglesia, nación, etc.) habita la soledad de la mentira. Al contrario, «la verdad se revela en la comunión» y, sin comunión, no es posible buscar y encontrar la verdad. La propia identidad personal y colectiva «se funda sobre la comunión y la alteridad», afirma el Papa. No existe un «yo» sin un «tú». Como afirma E. Lévinas, «nosotros» no es el plural de «yo». En el lenguaje de la tradición africana del ubuntu, «Yo soy porque nosotros somos».

Francisco, su vez, releva esa «nostalgia» del ser humano de vivir en comunión y de pertenecer a una comunidad a partir de la tradición cristiana. Esta necesidad, afirma, surge «en virtud de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios que es comunión y comunicación-de-Sí», un Dios que se comunica con nosotros «adaptándose a nuestro lenguaje». Es decir, «de la fe en un Dios que es Trinidad, se sigue que, para ser yo mismo, necesito del otro. Sólo soy verdaderamente humano, verdaderamente personal, si me relaciono con los demás «.

Esta comunión es más que una mera interacción entre individuos, sino se trata de una relación entre las personas, como el propio término «persona» – dijo el Papa en un hermoso juego de palabras que se pierde en la traducción al portugués – denota al ser «humano como «cara» (volteado), volcado (» re-vuelto «) al otro, coinvolucrado (» co-in-vuelto «) con los demás. Según Lévinas, «el otro que me mira me afirma».

Por eso, Francisco convoca – «con mayor razón» – a los cristianos a que «manifiesten esa comunión que marca nuestra identidad de personas de fe», porque «la propia fe es una relación, un encuentro». Es decir, ella nace «bajo el impulso del amor de Dios», que, a su vez, lleva a la persona a «comunicar, acoger y comprender el don del otro y corresponderle».

Complementariedad

A partir de esta evolución metafórica de la red a la comunidad y de la comunidad al cuerpo, el Papa restablece la complementariedad entre «redes y calles» desde el punto de vista de las relaciones humanas. Y lo hace resaltando, «también en la red y a través de la red, el carácter interpersonal de nuestra humanidad».

«La imagen del cuerpo y de los miembros nos recuerda que el uso de la social web es complementario del encuentro en carne y hueso, vivido a través del cuerpo, del corazón, de los ojos, de la contemplación, de la respiración del otro. Si la red fuera usada como prolongación o expectativa de tal encuentro, entonces ella no se trae a sí misma y permanece como un recurso para la comunión», afirma Francisco.

Esta complementariedad no está dada de antemano, pero es una construcción personal, comunitaria y social: en términos digitales, es un «net-work», un trabajo en red. Así, la red puede ser construida «no para capturar, sino para liberar, para preservar una comunión de personas libres». Francisco explicita esto en 3 grandes «si», revelando la libertad humana ante posibilidades en red que demandan elecciones, decisión, discernimiento:

«Si una familia usa la red para estar más conectada, para después encontrarse a la mesa y mirarse los ojos a los ojos, entonces es un recurso. Si una comunidad eclesial coordina su actividad a través de la red, para después celebrar juntos la Eucaristía, entonces es un recurso. Si la red es una oportunidad para acercarme a historias y experiencias de belleza o de sufrimiento físicamente distantes de mí, para rezar juntos y juntos buscar el bien en el descubrimiento de lo que nos une, entonces es un recurso».

Las limitaciones del «uso»

Aquí, sin embargo, se refuerza una cierta lectura utilitarista, instrumental y funcionalista de las redes, pautada por el «uso». Esto permea todo el mensaje (y hasta, se podría decir, el pensamiento comunicacional de la Iglesia de los últimos tiempos) e impide percibir, efectivamente, las interrelaciones complejas (la complementariedad, justamente) entre los fenómenos digitales y socioantropológicos más amplios.

Pensar la red sólo como «recurso de nuestro tiempo» y buscar promover un mero «uso positivo» de ella no permiten comprender el ambiente digital en su complejidad, pues la simplifican y la encuadran como un mero instrumento o herramienta a disposición de la «comunidad humana» .

Si efectivamente podemos hablar, como Francisco hace en el mensaje, de un «ambiente medial», que es «indistinguible de la esfera de la vida cotidiana» , las redes no pueden ser vistas solamente como algo a nuestra disposición, al cual podemos «recurrir» («recurso») cuando sea necesario. Se trata de algo más amplio, que nos envuelve y nos transforma: un ambiente (P. Gomes).

Los dispositivos digitales (en sus virtualidades y potencialidades, así como en sus materialidades y tecnicidades) no pueden ser vistos como meros utensilios al servicio del humano, porque el propio humano se constituye – especialmente hoy y principalmente en relación a la identidad, como afirma el mensaje – en su interrelación con tales dispositivos. Los procesos sociodigitales contemporáneos traen consigo incluso nuevas corporalidades y socialidades que generan mundos-espacio y mundos-tiempo inéditos en la historia humana (D. Holmes).

Hay un arriesgado hábito, especialmente en la reflexión eclesial, de pensar que la influencia de la tecnología en la vida humana sea sólo un problema en el «modo de usar» (R. Marchesini). Por el contrario, la tecnología no es una «esclava» al servicio de lo humano, sino que es «teleonómica», es decir, resignifica y modifica el propio humano. Como afirma T. Lenoir, los lenguajes, los medios y las tecnologías pueden ser consideradas como «especies compañeras que dependen de nosotros, pero también nos moldean poderosamente a través de una espiral coevolutiva».

En el caso del ambiente digital, por lo tanto, las redes no son sólo «fruto» de las relaciones humanas, sino que también generan y fomentan relaciones humanas características de la contemporaneidad, que, en ese sentido, también son «fruto» de la digitalización. Según M. Castells, la cultura digital hace surgir «nuevas formas de relación social, que son fruto de una serie de cambios históricos, pero que no podrían desarrollarse sin internet». Benedicto XVI ya advertía para ello en el mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2013: «Las redes sociales son el fruto de la interacción humana, pero a su vez dan nuevas formas a las dinámicas de la comunicación que crea relaciones». Por lo tanto, es esa complejidad e hibridación humano-digital que merece atención, en la indeterminación e imprevisibilidad de tales procesos.

«Que las redes se transformen en comunidad»

Las redes, en este período histórico, están en profunda interrelación con la construcción de comunidades y con la constitución de un cuerpo. Red, comunidad y cuerpo, hoy, además de las metáforas, se interrelacionan en un mismo «multiproceso retroactivo» (E. Morin), en el que no hay cuerpo sin relaciones comunitarias, ni comunidad sin comunicación en red (sea digital o digital, no).

Lo más importante, en términos eclesiales, no es tanto «cómo» construir relaciones en red en el ambiente digital – dominar estrategias, lenguajes, técnicas, tecnologías. Pero sí «por qué», «para qué» y «con quién» construir tales relaciones.

Una posibilidad de respuesta fue ofrecida por Francisco en la carta dirigida a los obispos del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (Celam), con ocasión del jubileo de 300 años del encuentro de la imagen de Nuestra Señora Aparecida y de la celebración de los 10 años de la Conferencia de Aparecida.

«En la historia de Aparecida (…) María aparece donde los pescadores lanzan las redes (…) Las redes no se llenaron de peces, se convirtieron en comunidad».

Y en otra carta, enviada a los jóvenes brasileños en la clausura del proyecto «Ruta 300», con ocasión del mismo jubileo, el Papa retomó la misma reflexión y completó:

«Invito a que ustedes también dejen que sus corazones sean transformados por el encuentro con Nuestra Madre Aparecida. Que Ella transforme las redes de su vida – redes de amigos, redes sociales, redes materiales y virtuales -, realidades que tantas veces se encuentran divididas, en algo más significativo: que se conviertan en una comunidad! ¡Comunidades misioneras en salida! Comunidades que son luz y fermento de una sociedad más justa y fraterna. ¡Así integrados en sus comunidades, no tengan miedo de arriesgarse y comprometerse en la construcción de una nueva sociedad, permeando con la fuerza del Evangelio los ambientes sociales, políticos, económicos y universitarios!»

Este es el mayor desafío: construir un cuerpo eclesial que no se base sólo en «me gusta», como afirma Francisco, sino en un «amén» manifestado con el testimonio de una vida cristiana, especialmente «acogiendo a los otros» – en las varias redes de las cuales formamos parte.

*Moisés Sbardelotto es periodista. Máster y doctor en Ciencias de la Comunicación, autor de los libros «E o Verbo se fez rede: religiosidades em reconstrução no ambiente digital» (Paulinas, 2017) e «E o Verbo se fez bit: a comunicação e a experiência religiosas na internet» (Santuário, 2012).

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