Nace un nuevo centro especializado para combatir los problemas causados, entre otros factores, por el uso cada vez más extendido de teléfonos móviles, redes sociales y dispositivos tecnológicos entre los jóvenes. Así lo explican Stefano Vicari y Deny Menghini, responsables de sendas áreas del hospital pediátrico del Vaticano, que advierten de los posibles riesgos de ansiedad, depresión y aislamiento social.
(vaticannews.va/).-La luz de la pantalla llega antes que la del amanecer. Sobre la mesilla, el teléfono vibra antes de que suene el despertador, y una mano lo busca casi automáticamente, con los ojos todavía cerrados. El mundo ya ha entrado en la habitación a través de una pequeña pantalla. Sin embargo, el problema no es solo el screen time -el tiempo que se pasa frente a las pantallas-, sino lo que ocurre cuando apagar ese dispositivo significa renunciar a una parte de la propia vida. Cuando lo virtual empieza a sustituir a lo real, la pregunta es: «¿Qué está sustituyendo ese teléfono móvil?».
El pasado 3 de octubre abrió sus puertas en el Hospital Pediátrico Bambino Gesù una nueva consulta dedicada a niños y adolescentes con adicción a los dispositivos digitales, como los teléfonos móviles, las redes sociales y los videojuegos. Este servicio, ofrecido a través del Sistema Nacional de Salud italiano, tiene como objetivo combatir los efectos del uso inadecuado de la tecnología, que a menudo condiciona considerablemente distintos aspectos de la vida de los jóvenes, entre ellos el sueño, los estudios y las relaciones sociales.
Así lo destacan, en una entrevista concedida a los medios de comunicación vaticanos, el profesor Stefano Vicari y la doctora Deny Menghini, responsables, respectivamente, del Servicio de Neuropsiquiatría Infantil y de la Unidad Operativa de Psicología del Hospital Bambino Gesù.
«Es difícil afirmar que lo digital provoque directamente un problema -señala Menghini-, pero sin duda expone a los menores a una serie de situaciones de riesgo. La principal es el aislamiento social, que puede agravar la situación de niños y adolescentes que ya son vulnerables. Quienes sufren ansiedad en las relaciones interpersonales o tienden a alejarse de los demás corren el riesgo de aislarse aún más y de tener dificultades para relacionarse con el mundo real, precisamente debido al uso excesivo de las plataformas digitales».
Por eso, más que distinguir entre la dependencia emocional de los chats de inteligencia artificial y la dependencia compulsiva de las redes sociales, la consulta aborda el fenómeno en su conjunto: el uso exclusivo de internet como único espacio en el que un joven decide vivir y relacionarse. Esta ilusión de refugio genera una trampa, explica Vicari, que facilita el desarrollo de comportamientos ansiosos y depresivos.
La señal de alarma más evidente aparece en el hogar: «Nos damos cuenta cuando los padres intentan quitarles el teléfono móvil a sus hijos y reciben como respuesta crisis de abstinencia, una gran agitación y agresividad».
La dependencia de la tecnología es, en cualquier caso, una realidad muy extendida hoy en día entre los más jóvenes, que a menudo protagonizan dinámicas perjudiciales tanto para ellos mismos como para quienes conviven con ellos y presencian a diario comportamientos similares, incluso dentro de la propia familia.
«Se estima que alrededor del 20 % de los adolescentes -afirma la doctora Menghini- manifiesta un malestar que puede desembocar en un verdadero trastorno psicológico. En estos casos, el uso de la tecnología aumenta el riesgo de alienación y dificulta las interacciones cotidianas. Además, los datos indican que casi el 50 % de los niños menores de dos años ya está expuesto a pantallas y dispositivos, lo que supone una entrada temprana en un contexto de posible vulnerabilidad».
«No deberíamos intervenir cuando un niño o adolescente ya tiene un problema con internet; deberíamos empezar mucho antes», afirma el profesor Vicari. En este sentido, las recomendaciones de la Sociedad Italiana de Pediatría son claras: los teléfonos inteligentes están prohibidos para los menores de trece años y, por debajo de esa edad, no debe permitirse su uso sin la supervisión de un adulto.
Cuando lo virtual ocupa el lugar de lo real
Cuando un adolescente confía sus problemas a un sistema de inteligencia artificial o se aísla en las redes sociales, el problema reside en la calidad de la relación que está buscando. La inteligencia artificial, en particular, ofrece una presencia simulada y siempre disponible que corre el riesgo de sustituir el difícil aprendizaje que requieren las relaciones humanas.
«Las relaciones presenciales son las únicas que ayudan a construir la propia imagen y a desarrollar la conciencia de uno mismo como persona, a diferencia de las relaciones virtuales. Estas últimas están filtradas, son falsas y alteran la calidad de las relaciones, que pierden autenticidad», explica el profesor Vicari.
Cuando las relaciones reales son sustituidas por simulaciones sin fricciones, desaparece el terreno en el que se aprende a relacionarse con el mundo. Y la responsabilidad no recae únicamente en los jóvenes: a menudo, los adultos delegan en las pantallas funciones recreativas y emocionales desde edades muy tempranas, sin advertir el peligro.
De hecho, es necesario desmontar el mito de que exista un perfil «inmune» a este fenómeno. Aunque la presencia de vulnerabilidades o de rasgos de ansiedad desde edades tempranas aumenta el riesgo individual, la propia naturaleza de las plataformas digitales está diseñada para captar la atención de manera generalizada y persistente.
El experto lo explica mediante una comparación: «Puede existir una predisposición natural que favorezca el desarrollo de una adicción, pero, como ocurre con la nicotina, si una persona insiste en fumar muchos cigarrillos al día, tarde o temprano acaba desarrollando una dependencia».
Cómo reconocer una adicción
Pasar bastante tiempo frente a una pantalla no es necesariamente sinónimo de adicción. Sin embargo, la reacción del adolescente cuando se le impone un límite al uso de un dispositivo digital puede ser una señal.
«Podemos hablar de adicción cuando el intento de regular el uso de los dispositivos provoca reacciones emocionales muy intensas, como manifestaciones de ira o agresividad», explica de nuevo la doctora Deny Menghini. «Otra señal evidente es la alteración de las rutinas cotidianas: los jóvenes que presentan una adicción confirmada tienden a acostarse mucho más tarde, utilizan los dispositivos incluso durante las comidas y no consiguen prescindir de ellos».
Por tanto, la señal más clara parece ser la aparición de intensas crisis emocionales cuando se retiran las pantallas, lo que confirma que existe una situación de alarma real.
El proceso de atención en la consulta y cuándo acudir a un especialista
El objetivo del nuevo servicio, según confirma Menghini, no es prohibir el uso de teléfonos móviles, redes sociales y pantallas de distintos tipos, sino detectar a tiempo la gravedad de las señales que manifiestan los jóvenes.
La principal finalidad es acompañar de manera consciente las distintas etapas del crecimiento de los menores mediante un proceso bien definido.
«En primer lugar -explica la responsable-, pedimos a los padres una descripción detallada de los hábitos digitales de sus hijos, de la calidad de su sueño, de su rendimiento escolar y de las relaciones sociales que mantienen».
Se trata de elaborar un perfil claro que permita comprobar si existen situaciones que estén afectando de manera significativa a su vida.
«Posteriormente -continúa Menghini-, el protocolo contempla evaluar si existen verdaderos trastornos psicológicos. Una vez identificada la situación, se establece un programa de apoyo y psicoeducación dirigido a los padres, acompañado de otro programa paralelo destinado a los jóvenes, para ayudarles a comprender los riesgos reales de sus hábitos digitales».
Crear un entorno familiar y emocional sereno es la prioridad del servicio: «El objetivo es fomentar situaciones de interacción positiva -añade Menghini-, en las que las familias puedan recuperar momentos compartidos».
Ante la cuestión fundamental de las señales de alarma que no deben ignorarse, la psicóloga y psicoterapeuta advierte:
«Es fundamental prestar mucha atención a todos aquellos cambios significativos en la vida cotidiana de los jóvenes. Si antes comían y dormían con regularidad, mantenían interacciones sociales satisfactorias y mostraban un rendimiento escolar adecuado, cualquier alteración prolongada de ese equilibrio constituye una señal de alarma. El retraimiento social, la reducción de las interacciones y de la actividad física, así como la inversión del ritmo día-noche, si se prolongan en el tiempo, constituyen importantes factores de riesgo».
La iniciativa del Bambino Gesù, subraya el profesor Vicari, «no nace con la intención de demonizar la tecnología, porque, si se utiliza de forma responsable, puede ser una gran compañía para los jóvenes, siempre que tengan la edad adecuada y suficiente sentido crítico para comprender cuándo se convierte en un peligro. Queremos llamar la atención sobre este fenómeno y responder a las necesidades de tantísimas familias que, a mi parecer, han sido olvidadas por quienes deberían regular todo esto y no lo están haciendo».
La consulta se presenta como una puerta abierta para todos aquellos padres que se encuentran solos a la hora de afrontar la agresividad y el aislamiento de sus hijos. Su objetivo es ofrecerles una vía de salida que ayude a los jóvenes a redescubrir que la vida, esa que merece la pena vivir, siempre sucede más allá de la pantalla.
