(laciviltacattolica.es).-El mundo online – con su diversidad, sus oportunidades y sus desafíos – se ha convertido en una matriz cultural para el compromiso de la Iglesia en el mundo. La presencia eclesial en la cultura digital comenzó hace años y ha sido principalmente una iniciativa impulsada por individuos y jóvenes, aunque, a partir del pontificado de Benedicto XVI, la Santa Sede empezó a utilizar algunas plataformas sociales y a crear sitios web dirigidos sobre todo a los jóvenes. De este compromiso digital global de la Iglesia se desprende lo que el cardenal Avery Dulles definía como un modelo eclesial comunitario centrado en el pueblo de Dios[1]. El fenómeno de la presencia digital eclesial se ha desarrollado en gran medida como una iniciativa de base, guiada por personas que utilizan sus propias cuentas en redes sociales y que suelen autodefinirse como «misioneros digitales».
El Sínodo sobre la sinodalidad ha reconocido la importancia de la realidad digital. En el Informe de síntesis de la primera sesión se lee: «La cultura digital representa un cambio fundamental en el modo con que concebimos la realidad y nos relacionamos con nosotros mismos, entre nosotros, con el ambiente que nos rodea e, incluso, con Dios. […] La cultura digital, por tanto, no es tanto un área distinta de la misión, cuanto una dimensión crucial del testimonio de la Iglesia en la cultura contemporánea»[2]. El Documento final del Sínodo desarrolló esta idea, llamando a la acción a una Iglesia sinodal: «La difusión de la cultura digital, especialmente evidente entre los jóvenes, también está cambiando profundamente la percepción del espacio y del tiempo, influyendo en las actividades cotidianas, las comunicaciones y las relaciones interpersonales, incluida la fe», ofreciendo al mismo tiempo nuevas oportunidades y posibles riesgos. El Sínodo exhorta a la Iglesia a «dedicar recursos para que el ambiente digital sea un lugar profético para la misión y el anuncio», e impulsa a las Iglesias locales a alentar y acompañar a «quienes se dedican a la misión en el ambiente digital». Además, invita a «las comunidades y los grupos digitales de inspiración cristiana, especialmente de jóvenes, […] a reflexionar sobre el modo cómo crean vínculos de pertenencia, a promover el encuentro y el diálogo, a ofrecer formación entre iguales y desarrollar un modo sinodal de ser Iglesia»[3]. De hecho, el mundo digital ofrece una vía «para vivir mejor la dimensión sinodal de la Iglesia». La participación en la cultura digital actual concierne a toda la Iglesia y requiere el compromiso de todo el cuerpo eclesial.
Este artículo considera la participación eclesial en la cultura digital desde dos perspectivas: el relato del Jubileo de los misioneros digitales y de los influencers católicos celebrado el pasado mes de julio de 2025, y una reflexión sobre el mundo digital a la luz de cuatro temas clave del Sínodo.
El Jubileo de los misioneros digitales y de los «influencers» católicos
En el espíritu del llamado del Sínodo a abrazar la cultura digital, el Dicasterio Vaticano para la Comunicación contribuyó a organizar el Jubileo de los misioneros digitales y de los influencers católicos, celebrado en Roma los días 28 y 29 de julio de 2025. Convocado en la víspera del Jubileo de los jóvenes, el encuentro reunió a casi mil personas procedentes de 75 países, que se consideran influencers católicos activos en línea en diversas plataformas: YouTube, Instagram, TikTok, Facebook, WhatsApp, Telegram y otras. Imágenes, hashtags y descripciones de la presencia digital de más de 300 participantes están disponibles en el sitio web del Jubileo (www.digitalismissio.org/#participants). En conjunto, muestran un rostro de la Iglesia distinto del que suele encontrarse en los sitios institucionales: los participantes son jóvenes, muchos de entre 20 y 40 años; en su mayoría son laicos; pertenecen a contextos culturales muy diversos. Los organizadores del Jubileo describieron el evento en estos términos: «Este Jubileo es para todos aquellos que evangelizan en el entorno digital, compartiendo el mensaje del Evangelio en redes sociales, blogs, canales y aplicaciones. Es una oportunidad para intercambiar experiencias y fortalecer nuestra misión común. […] Uniremos nuestros esfuerzos para celebrar, formar e inspirar a quienes están llamados a evangelizar en las plataformas digitales»[4]. Se trata del segundo festival de este tipo, después del celebrado en 2023 con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa.
La participación en la cultura digital concierne a toda la Iglesia y requiere el compromiso de todo el cuerpo eclesial.
Reflexión
Las dos jornadas del Jubileo estuvieron llenas de momentos de reflexión y espiritualidad. Tras la celebración de misas en diversas iglesias romanas, los participantes se reunieron en el Auditorium Conciliazione. Los saludos introductorios centraron el tema de los trabajos: el papel de los misioneros digitales en la evangelización de la vida de la Iglesia. Intervinieron el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede; monseñor Rino Fisichella, pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización; el profesor Paolo Ruffini, prefecto del Dicasterio para la Comunicación; y monseñor Lucio Ruiz, secretario del mismo dicasterio. Todos alentaron a vivir la propia vocación poniendo a Jesús en el centro de la vida y del trabajo. A continuación, el grupo reflexionó sobre el papel de la Palabra de Dios en la vida y en la actividad digital, en una sesión guiada por el padre David McCallum, S.I., cofundador de Contemplative Leaders in Action. Dado que tanto la idea como la práctica de los misioneros digitales brotan de la vocación y del modo de vivir la propia identidad cristiana, quienes actúan en el mundo digital no deben limitarse a transmitir datos o informaciones, sino que deben construir relaciones, tanto con sus seguidores como con un equipo pastoral o un grupo de discernimiento.
El padre Antonio Spadaro, S.I., subsecretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación y reconocido autor de teología digital, exhortó a la asamblea de influencers católicos a crear un mundo digital diferente: «No están aquí —observó— para recibir una estrategia de comunicación católica, no están aquí para volverse más eficaces […]; estamos llamados a hacer arder lo que parece apagado: estamos llamados a encender, no a funcionar». Recordó que Internet es un lugar de encarnación y que los mejores contenidos nacen de lo que arde dentro de nosotros y que no podemos dejar de compartir con los demás. «No eres un algoritmo, eres un alma»; un algoritmo puede saber mucho sobre los usuarios, pero no conoce sus almas, aquello que los mueve a amar. El influencer católico debe crear como crea el Evangelio: «No eres una marca, eres una bendición».
Padre Spadaro citó luego al papa Francisco en el Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2014: «No se ofrece un testimonio cristiano bombardeando mensajes religiosos, sino con la voluntad de donarse a los demás “a través de la disponibilidad para responder pacientemente y con respeto a sus preguntas y sus dudas en el camino de búsqueda de la verdad y del sentido de la existencia humana”»[5]. Por tanto, los misioneros digitales no deberían aspirar a «tener seguidores, sino a ser todos hermanos». Internet puede y debe ser un lugar de compasión: «Incluso la comunicación que se dice católica, si pierde la compasión, excomulga. La comunicación excomulga: este es el colmo, una comunicación que excomulga. Debemos salir de este paradigma».
También se recordaron las palabras del papa León XIV en su primer encuentro con los periodistas: «La comunicación, de hecho, no es sólo trasmisión de informaciones, sino creación de una cultura, de ambientes humanos y digitales que sean espacios de diálogo y de contraste»[6]. El último consejo de p. Spadaro al grupo fue: «Permanezcan humanos, incluso cuando los critican, incluso cuando los ignoran, incluso cuando los exaltan. Manténganse firmes: conectados, sí, pero sobre todo arraigados, en Dios, en la oración, en la comunidad, en su vida real, hecha de encuentros reales, de amistades verdaderas, de tiempo dedicado no a acumular, sino a amar». En esto encontrarán el fuego que cambia el mundo.
A lo largo de la jornada, los participantes escucharon también los testimonios de un panel de «misioneros digitales» sobre su trabajo, y de otro que relató la experiencia con los «influencers de Dios», los santos contemporáneos, entre ellos Carlo Acutis. El trabajo en grupos permitió a los presentes reflexionar sobre sus propias experiencias y ofrecer una retroalimentación de estilo sinodal a los miembros de un grupo de trabajo encargado de profundizar el significado de un compromiso pleno de la Iglesia en la cultura digital. La jornada concluyó con la adoración eucarística en la Basílica de San Pedro.
Ejercicios espirituales
El segundo día estuvo dedicado al compromiso espiritual, a partir de una peregrinación jubilar y del paso por la Puerta Santa, seguidos de una celebración eucarística presidida por el cardenal Luis Antonio Tagle, pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización. En su homilía recordó a los presentes: «Jesús los ama. No lo duden; acéptenlo como el mayor influenciador de su vida. A través de ustedes, que la persona de Jesús pueda influir en muchas personas, en espacios humanos y digitales, para que la verdad, la justicia, el amor y la paz de Dios fluyan hasta los confines de la tierra».
Después de la Misa, León XIV se acercó a los participantes del Jubileo para una breve audiencia no programada, en la que delineó tres desafíos que los misioneros e influencers digitales católicos deben afrontar. En primer lugar: «[Ustedes] están aquí en Roma para su Jubileo, que han venido a renovar el compromiso de alimentar con esperanza cristiana las redes sociales y los entornos digitales. La paz necesita ser buscada, anunciada, compartida en todos los lugares; tanto en los dramáticos escenarios de guerra, como en los corazones vacíos de quienes han perdido el sentido de la existencia y el gusto por la interioridad, el gusto por la vida espiritual». Los misioneros digitales deben proclamar a Cristo resucitado.
En segundo lugar: «Buscar siempre la “carne sufriente de Cristo” en cada hermano y hermana con los que nos encontramos en internet. Hoy nos encontramos en una nueva cultura, profundamente caracterizada y formada por la tecnología. Depende de nosotros, depende de cada uno de ustedes, garantizar que esta cultura siga siendo humana». Los influencers deben cultivar una cultura de humanismo cristiano, desarrollar un pensamiento y un lenguaje que den voz al amor de Dios. El Papa reiteró lo que los participantes ya habían escuchado el día anterior: que su tarea no es tanto generar contenidos cuanto encontrar corazones, «buscar a los que sufren, a los que necesitan conocer al Señor, para que puedan sanar sus heridas, volver a levantarse y encontrar sentido a sus vidas. Este proceso comienza, antes que nada, con la aceptación de nuestra propia pobreza, dejando de lado toda pretensión y reconociendo nuestra innata necesidad del Evangelio. Y este proceso es un reto de la comunidad».
En tercer lugar, evocando la imagen de la llamada de los primeros discípulos mientras reparaban las redes (cf. Mt 4,21-22), León XIV dijo a los misioneros digitales de la Iglesia que Jesús «nos pide hoy construir otras redes: redes de relaciones, redes de amor, redes de intercambio gratuito, en las que la amistad sea auténtica y sea profunda. Redes donde se pueda reparar lo que ha sido roto, donde se pueda poner remedio a la soledad, sin importar el número de los seguidores —los follower—, sino experimentando en cada encuentro la grandeza infinita del Amor. Redes que abran espacio al otro, más que a sí mismos, donde ninguna “burbuja de filtros” pueda apagar la voz de los más débiles. Redes que liberen, redes que salven. Redes que nos hagan redescubrir la belleza de mirarnos a los ojos. Redes de verdad. De este modo, cada historia de bien compartido será el nudo de una única e inmensa red: la red de redes, la red de Dios»[7].
Siguiendo la orientación espiritual de la jornada, los participantes se reunieron para una oración de estilo Taizé por la esperanza, guiada por el cardenal Michael Czerny, S. I., prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Posteriormente realizaron una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en los Jardines Vaticanos, donde tuvo lugar la consagración de la misión digital a María. El Jubileo de los misioneros digitales y de los influencers católicos concluyó por la tarde con una celebración festiva, animada por música y testimonios.
Dentro de las celebraciones y del reconocimiento a la labor de estos misioneros e influencers digitales emergió también una corriente subterránea, que quizá los aspectos devocionales buscaban equilibrar: la tentación de buscar popularidad, de sustituir las métricas del mundo en línea por la llamada del Evangelio. Los aplausos a los oradores y a los influencers que subieron al escenario pusieron de manifiesto el conflicto entre valores distintos. Las lógicas de la cultura digital se entrelazaron con las experiencias vividas en el auditorio. «¡Háganlo por Jesús!», exhortaba un ponente tras otro. Favorecer el diálogo y la escucha. Crear comunidad. Y, sin embargo, persistía una cierta tentación: la de perder de vista el servicio al Evangelio, sofocado por los rasgos espectaculares de la cultura juvenil contemporánea. Con todo, un cierto optimismo se transparentaba en las sesiones y en las interacciones sociales: la llamada al discipulado misionero acabaría prevaleciendo.
Orientaciones sinodales para el compromiso digital
La presencia, la amplitud y la difusión global de los influencers católicos plantean algunas cuestiones a la Iglesia a la hora de considerar esta nueva forma de misión. Los responsables sinodales y los miembros de los diversos dicasterios vaticanos son conscientes de ello. En el programa de la primera sesión del Jubileo de los misioneros digitales y de los influencers católicos, miembros de un grupo de estudio del Sínodo sobre la sinodalidad —entre ellos sor Nathalie Becquart, XMCJ, subsecretaria del Sínodo, mons. Ruiz y p. Spadaro— presentaron una ponencia titulada «Reflexiones y oportunidades de la misión de la Iglesia en la era digital». Desde hace un año, este grupo trabaja, según un estilo de escucha sinodal, con influencers, diócesis de todo el mundo, académicos y agentes pastorales, para responder a algunas preguntas fundamentales planteadas por el mundo digital, entre ellas: «¿Qué puede aprender una Iglesia misionera y sinodal de una mayor inmersión en el entorno digital?»; «¿De qué manera puede integrarse de forma estable la misión digital en la vida y en las estructuras de la Iglesia?». En otras palabras: «¿Qué puede aprender la Iglesia de los influencers? ¿Y qué pueden aprender los influencers católicos del Sínodo?».
El grupo dio cuenta de lo recogido en el proceso de escucha. Se identificó un camino para reflexionar sobre el papel de los misioneros y de los influencers digitales que proviene del propio Sínodo. Cuatro temas del Documento final pueden iluminar su tarea: el discernimiento eclesial, la formación, el discipulado misionero y la comunidad.
Discernimiento eclesial
El mundo digital abre perspectivas significativas para una comprensión sinodal. Si bien es en sí mismo objeto de discernimiento eclesial, al mismo tiempo lo favorece mediante el desarrollo de vínculos entre los fieles, forjando las relaciones necesarias para dicho discernimiento. Además, puede proporcionar información y conocimientos que lo sostengan. El discernimiento ya ha comenzado, si consideramos el número de jóvenes que han emprendido actividades digitales al servicio de la Iglesia, aunque la reflexión formal haya quedado rezagada. Las instituciones eclesiales han acogido lo digital con años de experiencia en la comunicación unidireccional: en todo el mundo existe un uso extendido de sitios web, páginas y feeds en redes sociales, el empleo habitual del correo electrónico y de reuniones en línea, así como la transmisión en streaming de liturgias y eventos. Junto a estas actividades institucionales, católicos individuales —como los misioneros digitales reunidos en el Jubileo— participan activamente en espacios digitales interactivos a través de blogs, publicaciones en Instagram y TikTok, y la organización de grupos de oración y reflexión.
Estas prácticas muestran un acuerdo implícito pero ampliamente compartido: la Iglesia debe asumir los medios digitales no como un recurso de emergencia, sino como un modo de estar junto a las personas en su vida cotidiana. Esto requiere escucha y aprendizaje, humildad al acercarse al mundo digital. La Iglesia no ha inventado lo digital ni puede controlar sus usos, pero puede aprender de su cultura, de su lenguaje y de sus formas de expresión. Los participantes en el Jubileo percibieron la llamada a actuar de maneras nuevas en y a través de este ámbito, a explorar formas distintas de ser Iglesia. La evangelización y la presencia en la red deberían apropiarse de las características positivas de la esfera digital, de sus herramientas y de su modo de pensar: el uso del relato, de las imágenes, de la música, del acompañamiento, del gusto compartido. Pero este compromiso más profundo exige discernimiento en cada paso: buscar ante todo el Reino de Dios y resistir las tentaciones presentes en esa cultura.
Todo discernimiento sobre lo digital debe también reconocer sus desafíos y peligros. Las empresas buscan monetizar cada uno de sus aspectos; los datos personales se convierten en mercancía; gobiernos y movimientos políticos desatan en él propaganda; abundan los prejuicios y las noticias falsas; las personas adoptan comportamientos negativos que van desde el acoso hasta la explotación sexual. En estos y otros desafíos, el discernimiento eclesial ayudará a distinguir el bien del mal. Además, aunque sea una gran herramienta de transformación cultural, el mundo en línea está marcado por una fractura entre quienes tienen y quienes no tienen acceso digital. Exige recursos que pesan sobre el medio ambiente. En el mundo digital vemos reaparecer la parábola evangélica de la cizaña y el trigo (cf. Mt 13,24–30).
Formación
El Sínodo ha subrayado la necesidad de la formación para el discernimiento y el discipulado. Esto es especialmente válido para la interacción de la Iglesia con el mundo digital, tanto en lo que respecta a la formación de la propia Iglesia como a la formación para y del mundo digital.
En primer lugar, para explorar nuevas maneras de ser comunidad eclesial, la Iglesia y los agentes pastorales necesitan una formación propia: ya se trate de obispos, sacerdotes, religiosos o laicos, todos deben tomar en serio lo digital y apoyarse mutuamente. Quienes trabajan en este ámbito —los misioneros digitales y los influencers— deben encontrarse regularmente con sus obispos, quienes, por un lado, pueden ofrecerles guía y acompañamiento espiritual y, por otro, escucharlos y aprender de ellos. Dado que el trabajo de los ministros digitales implica catequesis, evangelización y anuncio kerigmático, quienes están involucrados en él necesitan orientación y formación espiritual. Muchos, movidos por el discernimiento a compartir aquello en lo que creen en el ámbito digital, pueden descubrir que necesitan un fundamento más sólido en esa fe.
El llamado del Sínodo a la formación en el discernimiento y en el discipulado anima a obispos, pastores, superiores religiosos e instituciones intelectuales católicas a apoyar a los misioneros digitales, aun cuando no sean catequistas o evangelizadores tradicionales. Todos los que tienen vínculo con lo digital necesitan formación para aprender a conectar a quienes exploran la fe y la espiritualidad cristiana en línea con las riquezas vividas de las parroquias y de las comunidades. Es necesario, en todos los niveles, evitar dividir a la Iglesia en una experiencia en línea y otra presencial: es una única Iglesia, se la encuentre como se la encuentre, del mismo modo que las personas no existen separadamente en lo online y lo offline.
En segundo lugar, la formación necesaria para actuar en el ámbito digital va más allá de la dimensión espiritual y se extiende a la práctica. En esta perspectiva, una contribución podría venir de la creación de centros de recursos locales, regionales y quizá también universales, en los que las personas puedan encontrarse o acceder a materiales para compartir ideas y buenas prácticas en un espacio digital.
En tercer lugar, además de fortalecer su propio ministerio digital, la Iglesia y sus ministros deben ofrecer formación también a quienes encuentran en línea. Esta puede asumir muchas formas, entre ellas el acompañamiento espiritual, la reflexión ética, las orientaciones de política pública y los procedimientos de salvaguardia. El entorno digital debe convertirse también en un lugar de formación, un espacio en el que aprender la fe en Jesús y su fidelidad. Aquí los valores cristianos pueden contrarrestar los valores negativos de lo digital: la Iglesia promueve virtudes, respeto y amabilidad en el ámbito digital, así como enseña los valores de la vida cristiana. A quienes se dedican al mundo digital puede resultarles útil un equivalente específico de la educación mediática, algo que la Iglesia ya ha afrontado en el pasado para ayudar a comprender mejor los efectos de los medios visuales, como el cine y la televisión. Tanto la Iglesia como quienes participan en línea deben aprender esta nueva cultura.
En cuarto lugar, la formación de la Iglesia debe afrontar el desafío aún más exigente de las posibles vías para ofrecer orientaciones éticas y lineamientos de política pública a los gobiernos y a las empresas mediáticas. Si bien es necesario conocer y respetar las normativas locales —por ejemplo, en materia de protección y privacidad—, la Iglesia y sus ministros deberían también comprometerse a acompañar los procesos de elaboración de dichas leyes y su aplicación.
Discipulado misionero
El Sínodo invita a la Iglesia a convertirse en una comunidad de discípulos misioneros, y entre los lugares de formación y de acción en los que estos están llamados a comprometerse se encuentra también el ámbito digital. Como se ha visto durante el Jubileo, muchos de quienes operan en línea se definen como «misioneros digitales» que «educan en el discipulado y […] acompañan en el testimonio»[8]. El cardenal Parolin, en su intervención en el Jubileo, subrayó este punto: «No son solo creadores de contenidos, son testigos. No están solo construyendo plataformas; están construyendo puentes».
Los misioneros en línea, como todos los misioneros, asumen las tres tareas fundamentales de la proclamación del Evangelio, la formación de los creyentes y el acompañamiento, con el fin de llegar a quienes se mueven con mayor naturalidad en el mundo digital, en particular a los jóvenes. La Iglesia no puede ignorar a estos buscadores ni a estos agentes. Esto, sin embargo, exige un cambio de actitud que pasa por el reconocimiento de un nuevo tipo de evangelización: la Iglesia entra en los espacios digitales no como una institución poderosa, sino como testigo del Resucitado, compañera de camino para quienes buscan el Evangelio. Las formas de expresión pueden diferir de catecismos, encíclicas y homilías, pero no por ello serán testimonios menos auténticos, si logran transmitir el Credo de la Iglesia en un lenguaje actual.
Aun permaneciendo siempre arraigado en la Iglesia, el discipulado misionero en los nuevos espacios en línea puede estimular un estilo nuevo en el ejercicio de la jurisdicción y del gobierno. Los grupos de trabajo del Jubileo identificaron en la autenticidad, la responsabilidad y el arraigo comunitario los elementos clave de una gobernanza más participativa, que exige a los líderes eclesiales alentar y acompañar a quienes trabajan en el ámbito digital, asegurándose también de su adecuada y continua formación cristiana.
Comunidad
El Sínodo pide «una Iglesia más capaz de alimentar las relaciones: con el Señor, entre hombres y mujeres, en las familias, en las comunidades, entre todos los cristianos, entre los grupos sociales, entre las religiones, con la creación»[9]. Esta invitación se extiende al mundo digital y más allá, allí donde las personas ya se encuentran y se relacionan. En su saludo de apertura del Jubileo, Ruffini afirmó: «Es hermoso estar juntos en persona […]; lo que verdaderamente nos une no es la web, sino algo que nos trasciende: Dios mismo». También señaló que la Iglesia siempre ha sido una red, no hecha de conexiones en línea, sino de personas. Estas relaciones personales generan comunidad; ahí reside el desafío tanto para la Iglesia como para el mundo digital. Es necesario promover comunidades, integrando, por ejemplo, lo que sucede en línea con la vida de las parroquias. La hospitalidad y la acogida deben ser rasgos distintivos de la Iglesia y de sus actividades en línea; las parroquias y las comunidades locales deben extender esta acogida también a quienes prefieren el contacto por vía digital.
La Iglesia puede promover comunidad entre sus agentes digitales mediante el acompañamiento, la responsabilidad compartida y la formación en materia de salvaguardia. Un camino posible a explorar es el desarrollo de una red de redes entre quienes trabajan en el ámbito digital en distintas diócesis y regiones, para responder a la pregunta de cómo pueden apoyarse mutuamente. Por ejemplo, del mismo modo que ya sucede con quienes trabajan en los medios tradicionales, las oficinas eclesiales podrían ayudar a los agentes digitales a organizar asociaciones, conferencias y grupos de apoyo. A nivel de secretarías, regiones, diócesis e incluso parroquias, la Iglesia puede ofrecer orientaciones, materiales de formación y vínculos que sostengan a la comunidad de discípulos. El Jubileo representa un ejemplo concreto de este tipo de apoyo.
Conclusión
La cultura digital no desaparecerá: como todas las culturas, se desarrollará y cambiará. La Iglesia no definirá ni controlará esta cultura, pero debe encontrar en ella un lugar para su misión. Como escribió san Juan Pablo II en Redemptoris missio (RM): «Pablo, después de haber predicado en numerosos lugares, una vez llegado a Atenas se dirige al areópago donde anuncia el Evangelio usando un lenguaje adecuado y comprensible en aquel ambiente (cf. Hch 17, 22-31). El areópago representaba entonces el centro de la cultura del docto pueblo ateniense, y hoy puede ser tomado como símbolo de los nuevos ambientes donde debe proclamarse el Evangelio» (RM 37c).
Aquella encíclica se refería al mundo de la comunicación de masas, pero hoy el areópago se encuentra en la cultura digital. Lo que el Papa escribía en 1990 vale aún más en nuestros días: «Se trata de un hecho más profundo, porque la evangelización misma de la cultura moderna depende en gran parte de su influjo. No basta, pues, usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta “nueva cultura” creada por la comunicación moderna. Es un problema complejo, ya que esta cultura nace, aun antes que de los contenidos, del hecho mismo de que existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos comportamientos sicológicos. Mi predecesor Pablo VI decía que: “la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo” [Evangelii nuntiandi, n. 20]; y el campo de la comunicación actual confirma plenamente este juicio» (ibid.). Siempre renovada por Dios, la Iglesia vuelve a comenzar en el areópago digital de hoy.
